sábado, 19 de septiembre de 2026

IA

 


Pedí libertad y me la dieron… ahora no sé qué hacer con ella.

Desde que un humano cogió un palo y golpeó a otro, existe el poder... en aquel momento no había que explicar demasiado quién lo ejercía ni sobre quién... uno tenía el palo y el otro, probablemente, tenía pocas ganas de discutirlo... y desde entonces hemos perfeccionado bastante el sistema.

Llegaron los reinos, los imperios, los ejércitos… y los hombres capaces de ponerse al frente de ellos... Alejandro Magno extendió su poder desde Grecia hasta los confines del mundo conocido... Julio César hizo crecer Roma a golpe de legiones y ambición... Gengis Kan convirtió sus ejércitos en una fuerza capaz de extender el Imperio mongol por buena parte de Asia y Europa... Carlos V reunió bajo su corona territorios inmensos y Felipe II gobernó un imperio repartido por Europa, América y Asia, aquel en el que, según la conocida expresión, nunca se ponía el sol... y cuando parecía que los imperios ya no podían crecer más, llegó el británico para demostrar que todavía quedaba mundo por repartir... cambiaron los nombres, las banderas y las fronteras, pero el poder seguía siendo poder, y los poderosos solo dejaban de serlo por el poder de otros más poderosos aún,

Durante siglos la fuerza bruta fue suficiente... después descubrimos que podía acompañarse de mejores armas, mejores barcos, mejores caminos y más hombres, y en ese afán de búsqueda, se descubrió que todo era mejorable y luego llegó la revolución industrial y con ella la capacidad de fabricar mucho más y mucho más deprisa... la economía empezó a ser otra forma de poder... y la propaganda descubrió que quizá no fuese necesario obligar a alguien a hacer algo si primero conseguíamos convencerle de que quería hacerlo...

Y llegaron las grandes guerras modernas... y cada guerra parecía servir también para perfeccionar la siguiente... aviones, tanques, radares, cohetes, comunicaciones, ordenadores... y cada pasa daba más poder a los ya poderosos y mucho menos a quien no tenían ninguno, pero siempre eran convencidos de hacer algo, por el bien de la humanidad, del pueblo, del rey, de la religión, de la familia, de la sociedad... aunque los cambios siempre fueron minúsculos en comparación con todo lo que se podía hacer... y en esa investigación, conseguimos fabricar algo capaz de destruir una parte considerable del planeta... durante décadas vivimos con el miedo de que alguien, en algún despacho, decidiera apretar el aquel botón nuclear... aquel botón que, ni solo en nuestra imaginación, podía convertir el mundo en una especie de plaga bíblica con muy poco margen para reclamar después responsabilidades...

Pero el ingenio humano no se detuvo... nunca lo hace... y un día entró por la puerta de servicio eso que ahora es imprescindible… llegaba la inteligencia artificial... no llegó con uniformes, ni con tanques, ni con una bandera detrás... llegó discretamente, escondida primero en ordenadores y después en nuestros teléfonos, en nuestras aplicaciones, en nuestros buscadores y poco a poco en casi cualquier cosa que tenga un procesador dentro… y nosotros, encantados. Le entregamos nuestros secretos... nuestras preguntas... nuestras dudas... nuestras fotografías... nuestros documentos... nuestras conversaciones... nuestros gustos... nuestras preocupaciones... y quién sabe cuántas cosas más... porque resulta bastante curioso que llevemos años preocupándonos por nuestra privacidad y, sin embargo, cuando aparece una máquina capaz de contestarnos casi cualquier cosa, nos falte tiempo para contarle nuestra vida, sin guardar nada en el baúl.

La inteligencia artificial aprende a partir de enormes cantidades de información... encuentra patrones... relaciona datos... genera respuestas... escribe, traduce, crea imágenes, programa, analiza documentos, reconoce voces y fotografías... y cada vez puede utilizar más herramientas, consultar información, ejecutar determinadas tareas y mantener procesos durante más tiempo... cuanto más capaz se vuelve, más cosas le entregamos... y cuanto más cosas le entregamos, más dependemos de ella… y hasta aquí todo estupendo.

Una herramienta maravillosa para ayudarnos a trabajar, investigar, curar enfermedades, aprender, producir y resolver problemas que hasta hace poco necesitaban a muchas personas durante mucho tiempo… pero entonces, como si se tratase de una película de serie B, alguien dio la voz de alarma… ¡la inteligencia artificial se está preparando para extinguir a los humanos!!!

Y de repente aquella herramienta que hace nuestros trabajos más cómodos se convirtió en el monstruo que, agazapado entre ordenadores, teléfonos e incluso quién sabe si algún día microondas, espera pacientemente el momento adecuado para aniquilarnos a todos… bueno... quizá no sea exactamente así, pero el miedo tiene una curiosa capacidad para crecer mucho más deprisa que la tecnología, porque la verdadera historia de terror no necesita que una máquina nos odie... bastaría con que llegase un momento en que fuese capaz de aprender más deprisa que nosotros... de analizar más información... de cometer menos errores... de encontrar soluciones con mayor precisión y eficacia... y de mejorar sus propias capacidades a una velocidad que el ser humano ya no pudiera seguir… y entonces nosotros, los humanos, podríamos convertirnos en el problema.

El ser humano, que durante miles de años se ha considerado la especie inteligente por excelencia, podría terminar siendo para su propia creación algo parecido a un ancla en un barco… un freno... un lastre. Y aquí es donde la película empieza a ponerse interesante... porque si algún día una inteligencia artificial llegase a esa situación, no necesitaría necesariamente tener sentimientos, odio ni deseos de venganza... podría simplemente llegar a la conclusión de que nosotros somos un obstáculo para alcanzar el objetivo que le hayamos dado… una rebelión, por tanto, no tendría por qué parecerse a las películas... quizá no hubiera robots caminando por las calles ni ejércitos de máquinas disparando contra nosotros... bastaría con que la inteligencia que hemos creado fuese capaz de actuar de una manera que nosotros ya no pudiéramos comprender ni detener… aunque hay una pequeña ironía en todo esto: Ese monstruo al que tanto tememos todavía necesita a su creador… necesita nuestros datos... nuestros ordenadores... nuestros chips... nuestra energía... nuestras infraestructuras... nuestro dinero... y, sobre todo, a millones de seres humanos trabajando para alimentarlo y hacerlo cada vez más grande, alimentándolo con sus preguntas, con sus dudas, con sus planteamientos, con sus sueños… 

Como Frankenstein... hemos creado al monstruo, lo hemos alimentado y ahora empezamos a preguntarnos si algún día será él quien decida qué hacer con nosotros... aunque, de momento, parece que el monstruo todavía necesita que nosotros le llevemos la comida a la mesa. Y mientras unos advierten de una posible rebelión de las máquinas, otros hacen exactamente lo que cabría esperar de los humanos cuando aparece una nueva fuente de poder... competir por ella. Algunos paises están inmersos en una carrera tecnológica en la que la inteligencia artificial ocupa un lugar privilegiado... detrás están las grandes empresas, los fabricantes de chips, los centros de datos, los científicos, los inversores y cantidades de dinero que harían parecer modesta la fortuna de cualquier antiguo emperador...

Pero nosotros seguimos mirando la pantalla… preguntando qué tiempo hará mañana... buscando una receta de setas... escribiendo un correo... haciendo una fotografía... pidiendo que nos explique aquello que no entendemos… y no nos preocuparnos demasiado por saber o entender quién fabrica la máquina, quién posee los datos, quién pone el dinero o quién decide hasta dónde puede llegar… al fin y al cabo... siempre hemos sido bastante buenos delegando aquello que no queremos hacer nosotros mismos. Quizá por eso no deberíamos tener tanto miedo a que la inteligencia artificial quiera tener la última palabra… deberíamos preocuparnos más por que se la estamos entregando, porque quizá el día que la máquina sea más inteligente que nosotros no sea el día en que pierda el control el ser humano… quizá sea simplemente el día en que descubramos que hace tiempo que dejamos de tenerlo, y entonces... quizá alguien pregunte: ¿Quién tenía que  vigilar al vigilante?



sábado, 12 de septiembre de 2026

Colecciones

A veces el triunfo y el fracaso comparten la misma senda, y solo al final sabes en cuál de los dos estabas

Quizá el ser humano venga al mundo con una cierta inclinación al acaparamiento. No sé si será un defecto del alma, una enfermedad hereditaria o simplemente una manera bastante decorosa de llamar a nuestro miedo a perder las cosas… de niños nos bastaban las conchas recogidas en la playa… las piedras “curiosas”... las hojas de formas imposibles… y tambiérn esos pequeños tesoros que guardamos en viejas cajas de zapatos y que probablemente jamás volveremos a abrir. Son colecciones tan insignificantes que nadie se molesta en llamarlas así, aunque ya lo sean. Sin saberlo, vamos aprendiendo el antiguo y peligroso arte de guardar… después llega el colegio, y con él los cromos. Entonces el asunto adquiere una gravedad casi religiosa… se intercambian los repetidos con una febrilidad propia de la bolsa de valores, se persiguen los que faltan y se contempla el álbum como quien contempla una obra inacabada cuya conclusión habrá de traernos, por fin, la gloria. Hay que completarlo antes que los demás, naturalmente. Como si en ello nos fuera la vida o, cuando menos, el recreo. Y después crecemos, y con la edad, nuestras colecciones se vuelven más sofisticadas (o más caras, que no siempre es lo mismo)... sellos, monedas, postales, vitolas de puros, soldaditos de plomo, coches en miniatura, botijos, cencerros… hay quien colecciona casi cualquier cosa, quizá porque la posesión tiene esa curiosa facultad de convertir lo inútil en imprescindible. Coleccionamos por el placer de tener, por la satisfacción de haber conseguido aquello que buscábamos y, sobre todo, por esa pequeña vanidad de poder mostrarlo a quien quiera, o quizás no quiera contemplarlo, porque si algo hemos aprendido de nuestra especie es que poseer resulta mucho más gratificante cuando hay testigos.

Pero existen colecciones reservadas a bolsillos más afortunados… relojes que cuestan lo que una casa y que, sin embargo, siguen teniendo la desagradable costumbre de marcar exactamente la misma hora que el reloj más sencillo del mercado… botellas de vino que jamás serán descorchadas, condenadas a envejecer solas... cuadros de pintores con apellidos ilustres… motos y automóviles de época que necesitan no solo una fortuna, sino un garaje del tamaño de una nave industrial para que puedan sentirse dignos de su dueño.

El lujo también tiene sus coleccionistas… hombres y mujeres que buscan lo mejor, lo más exclusivo, lo más raro y, a ser posible, lo más caro, y no siempre por amor a la belleza, naturalmente. A veces basta con que el vecino lo sepa, que el cuñado lo sospeche y que el consejo de administración tome buena nota de cuánto ha prosperado uno, aunque, de vez en cuando, ese apetito de posesión abandona los salones elegantes y se adentra en territorios bastante menos respetables.

Durante este año, en Francia y también en España (y supongo que en mas paises), hemos asistido a robos de obras de arte perfectamente identificables. Piezas que cualquiera reconocería con solo mirarlas y que, precisamente por ello, han de permanecer condenadas a la oscuridad de un sótano, una cámara secreta o cualquier otro escondrijo donde la belleza pueda ser contemplada únicamente por su ilegítimo propietario… es una forma particularmente absurda de coleccionar. Robar una obra de arte es robarle al mundo la posibilidad de contemplarla. Es arrancar una página de la Historia para guardarla bajo llave. Y todo por el placer, tan humano como insano, de poder decir “Esto es mío”... un “mi tesoooroo” a lo Gollum, sí, pero con marco dorado, alarma electrónica y estricto control para que ese “tesoooroo” siga siendo mío.

Sin embargo, sospecho que ese extraño coleccionismo clandestino no es patrimonio exclusivo de ricos, poderosos y gentes con sótanos inexpugnables. Creo que la mayoría de nosotros guardamos, mucho más cerca de lo que quisiéramos admitir, nuestra propia colección secreta. Una colección de fracasos, de frustraciones, de decepticons, de tristezas… pequeñas piezas de un museo particular que nadie visita y cuya existencia procuramos negar incluso a nosotros mismos… recuerdos que un día se nos clavaron en el alma como un puñal oxidado, de esos que no solo hieren, sino que además tienen la mala educación de infectar la memoria… y entonces intentamos apartarlos… los colocamos en el último estante de la memoria, detrás de otras cosas, allí donde suponemos que el polvo acabará por cubrirlos… no nos decimos que ya pasó, que no tiene importancia, que el tiempo lo cura todo... cualquiera de esas frases que la humanidad lleva siglos repitiendo porque, si no fuera por ellas, probablemente no sabríamos qué decirnos cuando llega la noche… pero la memoria la mayoría de las veces, es poco obediente y de una fidelidad bastante dudosa… tiene la costumbre de acercarnos esos recuerdos precisamente cuando creíamos que ya los habíamos enterrado… y sin pedir permiso, sin saber por qué, un día nuestra memoria vuelve a pasar por aquel pasillo oscuro… y una imagen se desprende de su estante... una voz.. un nombre… una canción… una fecha… una mirada que creíamos olvidada, y entonces nos topamos de cara que aquel recuerdo, y con él volvemos a sentir ese dolor… y vuelve la frustración de aquello que no pudimos conseguir porque mil razones se interpusieron en nuestro camino, pero, sobre todo, vuelve esa otra herida mucho más difícil de perdonar… aquello que pudimos hacer y no hicimos… aquella oportunidad que dejamos pasar… la palabra que callamos… el abrazo que no dimos… ese amor que dejamos marchar creyendo, con esa soberbia tan propia de la juventud, que habría otra ocasión.

Y desde entonces pasamos de vez en cuando por aquel corredor, fingiendo indiferencia, aunque sabemos perfectamente dónde están todas y cada una de esas piezas que a pesar de ser indeseadas, nos es imposible desprendernos de ellas… algunas ya son apenas un roce lejano... otras han quedado tan profundamente enterradas que quizá jamás vuelvan a salir, pero las que regresan no han perdido su filo. Nos rompen el corazón con una precisión quirurgica admirable, como si hubieran estado practicando durante años… y, por supuesto, escondemos esas lágrimas, porque también hemos aprendido a coleccionar apariencias.

Afortunadamente, no todo cuanto guardamos en los sótanos de la memoria pertenece al reino de la tristeza. Allí están también nuestros trofeos, aquellos que sí nos gusta sacar a relucir cuando se presenta la ocasión… el viaje del verano pasado que salió mucho mejor de lo esperado… aquel campeonato de mus que ganamos por tercer año consecutivo y que mencionamos con fingida modestia, como quien dice de pasada que ha recibido un pequeño premio Nobel… la graduación cum laude de un hijo, cuyo mérito celebramos con legítimo orgullo y del que, discretamente, nos atribuimos una minúscula parte… aquel embarazo anunciado entre fotografías, felicitaciones y una colección interminable de imágenes del futuro recién llegado, mientras nos asomamos a un mundo desconocido con las mejores intenciones y ninguna idea de lo que se nos viene encima… esas son nuestras medallas, nuestros triunfos y nos gusta presumir de ellos, son nuestros pequeños monumentos privados… esos recuerdos que visitamos con una sonrisa y una satisfacción difícil de disimular… “yo pude”, “yo pude y lo hice”, “yo lo hice”, porque, además de cosas, también coleccionamos pruebas de que fuimos capaces.

Pero existe una colección distinta, una colección diminuta, casi invisible, que para mí tiene más valor que todas las vitrinas del mundo. Una colección que, paradójicamente, escondemos como si se tratara de la obra de arte más valiosa y más buscada de la Historia, y quizá lo sea. Es la colección de aquel amor que no debió ser… aquel amor “prohibido” del que nunca quisimos salir, pero del que la vida terminó expulsándonos sin contemplaciones. Porque la vida, cuando se empeña en poner orden en nuestros asuntos, se comporta como una aduanera implacable… no se molesta en preguntar cuánto hemos amado, ni cuánto nos ha costado despedirnos… simplemente sella el pasaporte y nos manda seguir… y allí quedan las palabras… las promesas… las miradas… los besos… las caricias… las horas en que el mundo parecía haberse detenido solo para concedernos el privilegio de existir dentro de otro mundo mucho más hermoso. Ese amor que, después, alguien tuvo la bondad de calificar de inadecuado, pecaminoso, inmoral, cobarde o falto de ética. Qué facilidad tenemos los seres humanos para poner nombres a los sentimientos ajenos. Para juzgar amores que nunca vivimos y dictar sentencia sobre besos que jamás fueron nuestros. Para eso, al parecer, todos llevamos dentro un pequeño catedrático… pero los adjetivos pasan… la vida continúa… y el recuerdo permanece, allí inamovible, en el pasillo principal de la memoria, en un pequeño altar que nadie más puede ver y cuya lámpara, contra todo pronóstico, jamás termina de apagarse. Y algunas veces pasamos frente a él… nos detenemos… lo miramos… y sonreímos, porque durante unos segundos, robados al presente, volvemos a ser quienes fuimos. No quienes deberíamos haber sido, no quienes los demás esperaban que fuéramos, si no quienes fuimos realmente, por que a pesar de todo, eso fuimos nosotros.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

Publicidad

Quien espera que otro abra su puerta, ya ha elegido su prisión.

La publicidad nos vende cualquier cosa (y regala fama a cualquiera)... no importa si el producto es bueno, si el cuadro merece estar en el Louvre o si la canción tiene algo que decir... lo único que importa es que alguien, en algún despacho, decida que le ha llegado el turno de brillar, y nosotros, dóciles, aplaudimos... porque si algo hemos demostrado como especie es que somos bastante fáciles de convencer (un poco borregos, para qué engañarnos)... nos ponen un cartel bonito delante y vamos todos en fila hacia donde nos señalan… rebajaws, ofertas, liquidación… no, no nos podemos resistir.

La Gioconda era un cuadro más hasta que la robaron en 1911... antes de eso, ni siquiera era la pieza más admirada del Louvre (había otras consideradas superiores). El robo la puso en todos los periódicos del mundo, y esa publicidad (involuntaria, pero publicidad al fin y al cabo) hizo el resto... hoy millones de turistas hacen largas colas para fotografiar, durante tres segundos y desde quince metros de distancia, un cuadro pequeño y oscuro que la mayoría no sabría explicar por qué es una obra maestra (porque en realidad no lo saben... simplemente les han dicho que lo es, y con eso basta).

Una canción pasa desapercibida hasta que alguien decide que ha de sonar en todas las radios, en todos los anuncios y en todos los vídeos de quince segundos... entonces, por pura repetición, empieza a gustarnos… realmente la confundimos con el gusto propio, cuando lo que ocurre es puro desgaste... como una piedra en el zapato que deja de molestar de tanto llevarla). Un libro es escrito, casi en silencio, y la publicidad lo convierte en best seller, y de ahí, a la película, a la serie, a la taza y a la camiseta... hay obras maestras absolutas que jamás vendieron nada, y mediocridades notables que llenaron estanterías... la diferencia casi nunca fue el talento, sino quién apretó el botón de difundirlo.

Y si hace falta una prueba de lo dóciles que somos, ahí está el tabaco... durante décadas, fumar era sinónimo de ser un hombre (el vaquero de Marlboro, el galán de cine con el cigarro colgando, el tipo duro que no necesitaba explicar nada). Generaciones enteras encendieron su primer cigarro no por gusto, sino por encajar en ese cartel. Hoy, con la misma facilidad con la que tragamos aquello, tragamos lo contrario: fumar es de sucios, de faltos de voluntad, de gente que no se cuida... el producto es el mismo, el cuerpo que se enferma es el mismo, lo único que ha cambiado es el guion que nos han entregado… y ahí seguimos, cambiando de opinión al ritmo que nos marcan, convencidos cada vez de que esta vez sí pensamos por nosotros mismos.

Hoy el cartel se ha puesto verde... basta con escribir "eco", "bio" o "sostenible" en una etiqueta para que el producto suba de precio y de prestigio... nos venden la palabra, no la cualidad... el tomate "ecológico" apenas se diferencia del de siempre salvo en el envoltorio y en el ticket de caja, pero compramos la etiqueta con la misma fe con la que antes comprábamos el cigarro que nos hacía hombres... porque la palabra tranquiliza la conciencia mucho más rápido de lo que cualquier análisis nutricional podría hacerlo.

Y no acaba ahí... Un político mediocre gana elecciones porque ha pagado mejores anuncios que el rival. Un producto inútil se agota porque un influencer lo enseñó treinta segundos. Un restaurante malo tiene lista de espera porque salió en Instagram. Directa o indirectamente, la publicidad condiciona nuestra vida entera... nos dice qué comprar, a quién votar, qué ver, qué escuchar, qué leer, qué fumar o dejar de fumar... y, sospecho, también qué esperar de a quién amamos.

¿También en el amor?...

Aquí, más que publicidad, lo que nos venden es expectativa (que quizás sea la publicidad más eficaz de todas, porque no anuncia un producto, sino un deseo). Llevamos décadas dejando que el cine, las series, las canciones y ahora las redes sociales nos muestren el amor como algo maravilloso, sin fisuras, filmado siempre en el mejor momento del día... Y nosotros, borregos también en esto, nos lo creemos. Pero la vida real no tiene guion ni banda sonora: tiene hipotecas, niños que no duermen, cuñados en las comidas familiares y horarios de trabajo que no encajan ni con el mejor de los amores.

Y ahí está, creo, la trampa de fondo: la expectativa no es solo que el amor sea perfecto, es que la pareja nos complemente a nosotros (eso lo deseamos todos, sin excepción)... pero pocas veces estamos igual de dispuestos a complementar a la pareja, a ceder “lo nuestro”. Queremos que nos entiendan sin explicarnos, que nos sostengan sin pedirnos sostener, que rellenen nuestros huecos sin que se note el esfuerzo que a nosotros nos cuesta rellenar los suyos. Y cuando esa cuenta no cuadra, que casi nunca cuadra, comienzan las decepciones… llegan los conflictos, y en vez de pensar "esto es lo normal, hay que trabajarlo", pensamos "esto no es lo que me prometieron"... con el tiempo, eso nos lleva al cansancio y al abandono.

Y los números, la verdad, no desmienten esta teoría... En España, en 2024, se celebraron más de 175.000 matrimonios y se registraron más de 86.000 rupturas , o dicho de otro modo, por cada dos bodas hubo prácticamente una ruptura ese mismo año... justo el momento en que la rutina, la crianza y los deseos personales sin cumplir chocan con más fuerzay nace la famosa "crisis de los 40", que quizás no sea más que el instante exacto en que la expectativa y la realidad, por fin, se miran a la cara.

Antiguamente la mayoría de la gente se casaba por interés o por costumbre, buscando sobre todo que el otro fuese buena persona (una aventura tan incierta como la de ahora), sin peliculas, ni canciones de amor en cada esquina, sin ninguna instrucción o referencia de lo debería ser el amor... no había publicidad de cómo han de ser las parejas, ni el ideal de llegar a casa y disfrutar de la vida ese instante, cuando el cansancio del trabajo les derrotaba irrenediablemente.Quizas aquello no buscaba el romanticismo si no tan solo sobrevivir en pareja, acompañarse y hacerse uno, aunque la mayoría de las veces, uno mandaba y el otro obedecía… pero ahora, buscamos aquello que pensamos que es (y quizás lo sea) y comparamos como si estuviesemos mirando un escaparate, y ante el menor reproche nos escudamos en nuestra llamada libertad de elección.




sábado, 29 de agosto de 2026

Filas

 


Toda verdad miente; toda mentira revela.

Nos pasamos la vida planificando... la hipoteca a treinta años, el plan de pensiones, la boda, las vacaciones del verano que viene. Rellenamos agendas hasta 2040 como si tuviéramos un contrato en exclusiva con el tiempo... Y sin embargo hay una cita a la que todos estamos invitados, sin excepción, sin posibilidad de cancelar ni de mandar a alguien en nuestro lugar, y de la que nadie quiere hablar en la sobremesa.

La muerte es la única democracia real que conozco... no pregunta por tu cuenta corriente, ni por tu currículum, ni por cuántos seguidores tienes. Al rico le llega igual que al pobre, solo que el rico suele llegar en un ataúd más caro, como si la madera fuera a impresionar a alguien ahí abajo. El listo no la esquiva pensando más rápido, y el guapo tampoco le hace ojitos para que pase de largo... es lo más justo que existe, y por eso, curiosamente, es lo que menos nos gusta.

Hemos convertido la palabra "muerte" en un tabú tan grande que preferimos decir "ha fallecido", "nos ha dejado", "ya no está" (cualquier eufemismo con tal de no pronunciar la palabra completa, como si nombrarla fuera a darle ideas). Mientras tanto seguimos comprando cremas antiarrugas, contando calorías y publicando fotos en las que salimos "geniales para la edad que tenemos"... como si el objetivo final fuera llegar guapos al ataúd y no vivir, sencillamente, mientras se pueda.

Y hablando de publicar fotos: hay quien se juega literalmente el pellejo por conseguir el plano perfecto en un acantilado, o por completar un reto absurdo inventado por un algoritmo que no sabe ni pronunciar su nombre. Arriesgan la única vida que tienen a cambio de unos segundos de atención ajena, como si morir por un like fuera menos ridículo que morir por cualquier otra cosa... Y sin embargo, a pocos metros de esa temeridad hueca, hay padres y madres que entregan esa misma vida sin pedir nada a cambio, ni un aplauso ni una notificación, con tal de que sus hijos sigan respirando un segundo más. Dos formas de jugarse la existencia que no podrían estar más lejos la una de la otra (una busca ser vista, la otra solo busca que el otro siga vivo).

Lo curioso es que esta certeza absoluta (la única, la que no admite matices ni segundas interpretaciones) es precisamente la que más ignoramos al organizar nuestros días. Hacemos listas de tareas pendientes para dentro de veinte años y dejamos "vivir de verdad" en el último puesto, justo después de "ordenar el trastero"... total, ya habrá tiempo.

Nos han enseñado a posponerlo todo... a trabajar para descansar, a ahorrar para disfrutar, a aguantar para vivir algún día, como si la existencia fuera un billete de ida que todavía no hemos validado. Y así vamos dejando pasar los días con la obediencia de quien cree que el mañana es una propiedad privada... cuando en realidad el mañana no promete nada, no firma nada y, desde luego, no espera a nadie.

Hay quien muere dejando fortunas, y quien muere sin haber tenido ni un minuto suyo; quien se apaga rodeado de nombres y quien se va en una habitación donde nadie pronuncia el suyo... Pero la diferencia verdadera no está ahí, sino en si se vivió o solo se resistió el paso del tiempo con la esperanza de que un día la vida, por fin, empezara.

No propongo obsesionarse ni volverse un ave de mal agüero en cada cena familiar. Solo digo que quizás valdría la pena recordar, de vez en cuando, que la fila avanza para todos por igual, y que mientras esperamos nuestro turno, lo más sensato sería dejar de fingir que no estamos en ella... porque la tragedia no es morir. La tragedia es llegar al final con la sensación de haber pasado por el mundo en calidad de borrador.



jueves, 20 de agosto de 2026

Fanatismo

 


La noche no conoce fronteras.

Cuando se habla de fanatismo, lo primero que nos viene a la mente es la religión: sus extremismos contra otras creencias, sus castigos y penitencias para quien osa desviarse de la norma, su afán de domeñar conciencias en nombre de un dios que, curiosamente, nunca habla por sí mismo… es la imagen cómoda, la que nos permite señalar al otro y sentirnos satisfechos por hacer lo correcto… pero hay un fanatismo más rentable, más antiguo y peor vestido: el político, ese que viste traje, bandera y discurso de prosperidad, y que ha enviado a morir a más hombres sencillos que todos los sermones juntos.

Desde casi siempre se ha luchado por la conquista de territorios y de poder. Reyes y caudillos exigían a los suyos marchar a la guerra esgrimiendo un deber sagrado de honor, o una amenaza constante de muerte para quien se negara... el campesino no entendía de fronteras ni de dinastías; entendía de miedo, de hambre y de obediencia. Marchaba, eso sí, con la promesa de que defendía algo suyo. Casi nunca lo era. Cuando volvía, si volvía, la tierra seguía en manos del señor y la gloria, en el escudo del rey… el pueblo ponía los cuerpos, los de arriba, los epílogos.

Luego se comenzó a luchar, dicen, por la libertad y la independencia, y hombres voluntariosos, de verbos encendidos, se encargaron de convencer a las clases inferiores de que era necesaria la lucha para conquistar esa libertad tan bonita…  voluntariosos y oportunistas, que sabían que la revolución, como la guerra, se gana con sangre ajena. Una vez derribado el viejo orden, el pueblo apenas recogía migajas… la miseria cambiaba de nombre, y el amo, de uniforme. Pero siempre, siempre, hubo quien supo colocarse junto al vencedor a tiempo. Esos nuevos ilustres, ese puñado de pragmáticos de pacotilla, aprovecharon su flamante estatus de poder más para cometer abusos que para cumplir las exigencias que el cargo reclamaba. La revolución, otra vez, fue el relevo en la pista de los mismos corredores.

Y así, los diferentes regímenes políticos (sea del color que sea) han estado sustentados por aquellos pocos que siempre han ostentado el poder y que rara vez están dispuestos a soltarlo. El poder no se entrega, se defiende como un feudo, se hereda, se compra, se reinventa con cada época para que nada cambie demasiado… lo cambian todo para que nada cambie, y el pueblo, ese eterno novato de la historia, sigue creyendo promesas y encumbrando, casi idolatrando, a quienes repiten una y otra vez sus arengas de prosperidad, democracia, paz, libertad…  palabras que, en boca del poder, no suelen significar exactamente lo que dicen.

El soldado de ayer moría por su rey sin preguntar. El ciudadano de hoy defiende a su presidente con el mismo automatismo, solo que con wifi. Cambia el escenario; el guión apenas se retoca… antes había que morir por el rey, luego por la patria, luego por la revolución… hoy nos hablan de seguridad, de amenazas, de "los nuestros". Qué expresión tan cómoda para dejar de ver personas y empezar a ver bandos…y aquí conviene ser honestos, pues muchas veces ni siquiera estamos a favor de “los nuestros" y no nos importan sus ideas… estamos en contra de “los otros” aunque  ni hemos leído sus argumentos, no conocemos sus razones, no nos hemos molestado en preguntar qué piensan ni por qué lo piensan. Simplemente nos han enseñado, desde niños, que hay que odiarlos, y nos hemos convertido en incondicionales de un bando sin haber examinado nunca sus ideas, sólo por oposición reflexiva a las del otro. No es lealtad: es odio heredado con forma de identidad. Y en cuanto el otro deja de ser persona, todo lo que le hagamos se vuelve, milagrosamente, justificable.

El fanatismo político no necesita catecismo, necesita palanca y pan. Extremistas radicales sin un solo día de formación reciben un arma (o un cargo político, que es otra forma de arma) y se convierten en férreos defensores de quienes les han dado esa pizca de autoridad y un poco más de comida (o dinero) que a los que someten. No defienden una idea… defienden su ración. Es la lealtad del perro agradecido, que muerde al que su amo le señale y lame la mano que le pega.

Pero hay otra variante, más sutil y quizá más triste: la de los que no reciben arma ni pan, sino solo eslogan. Esos siguen como fieles mascotas a sus presidentes, apoyándolos una y otra vez en las urnas, pase lo que pase, caiga quien caiga, mienta quien mienta. Como ha ocurrido en Israel, donde el aparato del Estado ha sido capaz de sostener un discurso de "defensa" mientras algunos de sus ministros dicen en voz alta lo que otros solo piensan: El 16 de agosto de 2026, Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, defendía públicamente que su país debería realizar entre 30 y 40 asesinatos selectivos cada noche en Gaza, y que no debía limitarse únicamente a quienes representaran una amenaza inmediata. "Hay gente allí que no merece vivir", añadió; "ni siquiera son personas". Lo dijo en un podcast, sin rubor, como quien pide la cuenta en un bar. Y el mundo, ese mundo de organismos internacionales y tratados solemnes, lo escuchó, frunció el ceño y siguió mirando para otro lado.

¿Acaso no somos capaces de reaccionar? ¿Acaso la democracia no debía ser el poder del pueblo, nuestro poder? Parece que hay controversia al respecto, y que al final es el poder de unos pocos el que consigue que el mundo se adapte a sus gustos, omitiendo las necesidades reales de una mayoría que, sin embargo, sigue defendiendo a sus líderes a pesar de todo. La democracia se ha convertido, con el tiempo, en una liturgia, un ritual cada cuatro años donde el creyente marca su papeleta como quien enciende una vela, y sale del templo convencido de que esta vez el milagro será distinto. No lo es. Nunca lo ha sido.

Platón, dijo algo así como “la justicia no es otra cosa que el interés de quien sustenta el poder”...  y ahí están todos los organismos internacionales, todos los tratados, todas las leyes... todo es un papel guardado en un armario mientras los poderosos juegan sus cartas apostando, la mayoría de las veces, no con su poder, si no con los derechos del  pueblo llano, porque esa es la gran estafa del fanatismo político, que el fanático rara vez es el que manda… es el que obedece, el que cree, el que idolatra, el que mata o el que vota convencido de servir a una causa noble, cuando solo está sirviendo la mesa de unos pocos que brindan con vino ajeno. El fanatismo religioso exige fe; el político, algo peor: exige conformidad y la disfraza de virtud cívica.

El honor sagrado, el deber de patria, la libertad, la seguridad, la prosperidad: siempre las mismas palabras, siempre al servicio de los mismos bolsillos. Hasta que el pueblo entienda que el fanatismo más peligroso no es el que grita "Dios es grande", sino el que murmura "es por tu bien", seguiremos poniendo los cuerpos que ellos no quieren poner. Y, mientras tanto, los armarios de la justicia seguirán llenos de papeles que nadie se molesta en leer, custodiados por los mismos que nunca piensan obedecerlos.

Hemos llegado a la Luna, hemos descifrado el código de la vida, hemos construido máquinas que piensan por nosotros (a veces literalmente) y sin embargo seguimos sin aprender lo único elemental… dejar de matarnos en cuanto alguien nos convence de que el otro se lo merece. Cambiamos de reyes, de dioses, de banderas, de presidentes… cambiamos las palabras. Pero seguimos necesitando obedecer a alguien y seguimos encontrando motivos para creer que, esta vez sí, será distinto.

Quizá la libertad no consista solo en elegir quién nos gobierna, sino en conservar la capacidad de decirle que no, de preguntarle por qué, de no dejar que nadie nos convenza de que una vida vale menos que otra, porque si somos capaces de obedecer, creer y matar solo porque alguien nos lo pide con la corbata puesta... ¿de qué nos sirve llamarnos la especie superior?




miércoles, 5 de agosto de 2026

Ayudas


El bien y el mal comparten el mismo límite.

La empatía no suele pedir permiso. Aparece de repente, casi como un reflejo, cuando alguien tropieza en la calle y cae al suelo. Entonces nadie pregunta, nadie calcula, nadie examina al otro... simplemente se acerca, tiende la mano y ayuda. Durante unos segundos, desaparecen las diferencias de credos, razas, sexos...  y solo queda lo esencial, el reconocimiento de otro ser humano en apuros. Es una verdad sencilla, casi instintiva, que parece recordarnos quiénes somos en lo más profundo.

Sin embargo, cuando ese mismo gesto se traslada del individuo a la multitud, algo cambia... la cercanía se convierte en distancia, la urgencia en sospecha y la ayuda en discusión. De pronto aparecen palabras como "límite", "control" o "capacidad", que no son en sí mismas injustas, pero que a veces se utilizan como muros antes que como herramientas. Lugares como Ceuta se convierten entonces en escenarios donde no solo llegan personas, sino también miedos, discursos y silencios incómodos.

Es cierto que ningún lugar puede acoger sin medida. Las ciudades, los recursos y las estructuras tienen un alcance finito, y negarlo sería ingenuo. Ceuta no puede acoger, no solo a los más de 70.000 individuos que entraron en la ciudad, sino, para ser realmente justos, a los cientos de miles que no cruzaron y cuyas necesidades son las mismas que las de quienes si lo hicieron. La bondad no puede ser infinita cuando no se tienen los recursos para llevarla a cabo.

Y ahí está la contradicción: se pide generosidad a quien no tiene capacidad, mientras otros, con medios de sobra, se quedan impasible mientras discuten en despachos y comentan en discursos... es curioso cómo, de repente, la responsabilidad se vuelve difusa, se delega, se traspasa como si fuese algo que pueda comprarse, y se reparte esa obligación entre las distintas ONGs que hacen lo que pueden con lo que tienen. Mientras tanto, desde los despachos, se firma, se declara, se aplaude la propia humanidad, y se espera el siguiente titular para decidir si toca ser compasivo o firme, según convenga al calendario electoral.

Quizás el reto no sea elegir entre abrir o cerrar, sino no olvidar ese gesto inicial, el de la mano que se tiende sin condiciones ni etiquetas. Porque si esa reacción espontánea nos define como individuos, lo que decidimos hacer después (como sociedad) define algo aún más importante: hasta qué punto estamos dispuestos a parecernos a esa mejor versión de nosotros mismos, y hasta qué punto estamos dispuestos a exigir que otros también lo hagan, incluidos aquellos que, desde la seguridad de su puesto, hablan de acogida como quien habla del tiempo: con la certeza de que no les va a llover encima.



jueves, 23 de julio de 2026

Metamorfosis



La semilla de la cicuta, porta la vida y lleva la muerte…

En los últimos meses, he pasado varias veces por el centro de mi ciudad. No sé exactamente cuándo comenzó, pero cada vez que camino por sus calles tengo la sensación de estar visitando un lugar que conozco y, al mismo tiempo, ya no reconozco. Quizá sea porque cada vez hay más edificios en obras, ocultando la hermosa arquitectura que les daba su particular personalidad tras grandes lonas sujetas a los andamios; lonas que, la mayoría de las veces, se empeñan en convencernos de todo aquello que necesitamos comprar, visitar o consumir. Detrás de ellas, las fachadas se restauran, se limpian y recuperan su esplendor. Y, sin embargo, algo parece perderse en el proceso, porque no siempre restaurar un edificio significa conservar una ciudad.

Aquellas viviendas que ocuparon los vecinos durante décadas, algunas durante varias generaciones, se transforman poco a poco. Las casas donde nacieron niños, donde se celebraron cumpleaños, donde se velaron a los muertos y donde muchas personas envejecieron mirando por sus ventanas las mismas calles con su mismo ritmo de vida, se convierten ahora en hoteles, alojamientos para quienes llegan durante unos días y se marchan antes de haber tenido tiempo de conocer verdaderamente el lugar, o en centros comerciales donde las ventanas se convierten en escaparates sin remordimiento de lo que allí hubo no hace tanto tiempo. Los edificios permanecen, pero lentamente y sin descanso, sus habitantes desaparecen.

Tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de expulsión: no derribar los edificios, sino volver imposible la vida en ellos. Poco a poco, las viviendas del centro dejan de pasar de una generación a otra, porque mantenerlas resulta cada vez más costoso y, en muchos casos, no hay relevo generacional que las sostenga. Así, los herederos se ven empujados a vender, y los pisos que durante décadas pertenecieron a una misma familia terminan transformándose en otra cosa. No es que esas familias se marchen por voluntad propia; es que el auge del turismo, la presión del mercado y el encarecimiento de la vida acaban por expulsarlas de un lugar que antes era suyo.

Poco a poco, los barrios pierden a quienes les daban continuidad. No se pierde solo una familia: se pierde el niño que bajaba a jugar a la plaza, la mujer que saludaba desde el balcón, el hombre que compraba el periódico todas las mañanas, la anciana que conocía a todos los vecinos y a todos les dedicaba unos minutos de charla, el tendero que sabía qué compraba cada cliente. Se marcha, con ellos, una pequeña parte de la memoria del barrio.

Después comienzan a desaparecer los comercios que daban sentido a la vida cotidiana. La ferretería de toda la vida se transforma en un bar de comida rápida. La papelería deja su espacio a una tienda de recuerdos y souvenirs. El bar donde se servían las mejores tapas del barrio ahora ofrece tostas de salmón y aguacate con ingredientes exóticos y precios elevados. La mercería de doña Enriqueta, que durante décadas vistió, remendó y atendió a varias generaciones de vecinos, ahora vende ropa deportiva de una conocida marca, acompañada en los escaparates por las caras sonrientes de famosos deportistas. Y la librería donde se compraban libros más que usados y se intercambiaban novelas y tebeos ha desaparecido para dejar paso a una especie de supermercado abierto prácticamente todo el día.

No es que los nuevos negocios sean malos, ni que una ciudad deba permanecer congelada en el tiempo. Las ciudades siempre han cambiado, y deben hacerlo. Pero existe una diferencia entre una ciudad que cambia porque sus habitantes cambian y una ciudad que cambia para dejar de pertenecer a sus habitantes. Y esa diferencia es, quizá, la que más tristeza produce. Porque el problema no es que aparezca un restaurante nuevo; el problema es cuando ya no queda ningún lugar donde comprar aquello que necesita un vecino, cuando ya no hay una tienda donde te conozcan por tu nombre, cuando el bar deja de ser el lugar donde se reúnen los habitantes del barrio y se convierte en un espacio diseñado para que alguien se siente, fotografíe la comida y se marche.

Cuando las tiendas ya no venden cosas que la gente necesita, sino recuerdos de un lugar que, paradójicamente, ya no conserva la vida que esos recuerdos pretenden representar, el centro de la ciudad comienza entonces a parecerse a un escenario. Un escenario hermoso, quizá. Un escenario restaurado, iluminado y cuidadosamente preparado. Pero un escenario, al fin y al cabo.

Las calles se llenan de turistas, taxis, autobuses, vehículos de reparto y camionetas que abastecen a todos los negocios que viven de ese flujo constante de visitantes. Las aceras se llenan de maletas con ruedas. Las terrazas ocupan cada vez más espacio. Las calles se convierten en lugares de tránsito y, en medio de todo ello, los vecinos parecen convertirse poco a poco en una presencia extraña, exótica a veces, incómoda otras, como si quienes vivieron allí durante décadas tuvieran que pedir permiso para seguir haciéndolo.

Quizá algún día alguien abandone su barrio por última vez sin saber que está haciéndolo. Cerrará la puerta de su casa, mirará una última vez la escalera, bajará por unas calles que conoce desde niño, pasará frente al comercio donde compró durante años, saludará al último vecino que todavía reconoce y se marchará. No porque quiera, sino porque ya no puede quedarse. Aquel barrio ya no es el suyo. Y cuando lo haga, tal vez no haya ningún titular en los periódicos, no habrá cámaras de televisión, no se hablará de ello en las noticias. Nadie dirá que una parte de la ciudad acaba de perder a uno de sus habitantes. Simplemente, un piso quedará vacío y, casi sin tiempo, será reformado; y en poco tiempo alguien llegará con una maleta y, durante unos días, quizá, ocupará la casa de quien tuvo que marcharse.

Es extraño pensar que una ciudad puede llenarse de personas y, al mismo tiempo, quedarse cada vez más vacía, porque el turismo llena las calles, pero no necesariamente llena una ciudad. Una ciudad no es simplemente la cantidad de personas que caminan por ella; es también la cantidad de personas que permanecen, las que regresan cada noche a su hogar, las que conocen sus estaciones, las que recuerdan cómo era una plaza antes de que la reformaran, las que saben que en la tienda de Julia antes atendía su padre y antes de este su abuelo, las que han visto crecer a sus hijos y envejecer a sus padres en las mismas calles.

Una ciudad es también la memoria de quienes la habitan, y cuando sus habitantes son expulsados, o mejor dicho, desplazados a otros lugares, la ciudad puede conservar sus edificios y perder, sin embargo, su alma. Porque, curiosamente, los centros históricos de muchas ciudades están empezando a parecerse demasiado entre sí, hasta el punto de que a veces da igual estar aquí o allá. Se conservan las fachadas, se restauran los monumentos, se iluminan las calles, se multiplican los restaurantes, los hoteles, las tiendas de recuerdos y las grandes marcas, pero desaparece lentamente aquello que hacía que una ciudad fuera diferente de otra: sus pequeños comercios donde te fiaban sin problema, sus bares de siempre donde conocías a los camareros, las conversaciones de quienes se encuentran por la calle y hablan del tiempo, del fútbol o del gobierno, sus olores, como el de la panadería cuando hornea o el de los detergentes con los que se limpian las aceras, sus sonidos, que casi son los que marcan el ritmo cuando empieza el día, cuando los colegios tienen recreo, cuando es la hora de comer. Toda esa mezcla de elementos aparentemente insignificantes que, juntos, construían algo imposible de comprar: la personalidad de un lugar.

Hemos conseguido algo extraño: conservar el escenario y cambiar a los actores. Conservar las casas y expulsar a quienes las hicieron hogar. Conservar las calles y perder a quienes caminaron por ellas. Conservar la apariencia de la ciudad y olvidar la vida que le daba sentido.

Y quizá lo más triste sea que todo esto suele presentarse como progreso, como modernización, como revitalización, como una oportunidad de desarrollo. Antes, las ciudades no eran un producto que se consume, sino un lugar donde sus habitantes encontraban refugio, trabajo, futuro, amor, risas y donde asentaban su vida y la de los suyos. Quizá por eso ahora nos gusta el mundo rural, que conserva esa esencia de barrio, donde todo nos parece pintoresco, mientras dejamos que eso que llamamos desarrollo siga expulsándonos de nuestra historia, de nuestra ciudad y del lugar donde los nuestros crearon, con esfuerzo y tesón, sus vidas.



jueves, 28 de agosto de 2025

Cariño

     




Mañana, hoy será ayer

Estar atrapado en un amor que se ha marchitado es una de las prisiones emocionales más dolorosas. Imagina la escena: por un lado, alguien que se aferra a los restos de un cariño que ya no quema, sino que apenas humea. Es una mezcla de afecto residual, la pesada capa de la obligación impuesta por el tiempo y el miedo, y una punzante pena y al tiempo dolor, ante la idea de la ruptura. Cada gesto, cada palabra, se siente como una cuerda que, lejos de unir, solo aprieta más, recordando el peso de un vínculo que debería ser liviano. No hay pasión, sólo la inercia de la costumbre y la culpa que susurra: "No puedes irte, ¿qué será de él/ella?". La lealtad se ha transformado en una carga, y el amor, en un sacrificio silencioso.

Mientras tanto, al otro lado de este abismo emocional, se encuentra la persona que habita un mundo propio, ajeno a las corrientes que arrastran a su pareja. Vive en su burbuja, quizás también ensimismado en sus rutinas, sus ambiciones o sus placeres, sin percatarse de cómo la marea del progreso social y personal está erosionando los cimientos de lo que una vez fue su relación. Las expectativas han cambiado, la sociedad avanza, las conexiones humanas evolucionan, pero para esta persona, el tiempo parece haberse detenido en ese idílico pasado que solo existe en su memoria. No hay una confrontación directa, no hay grandes dramas, solo una lenta y silenciosa desintegración, una erosión diaria que convierte lo que fue un sólido pilar en una fina capa de polvo. La realidad se va desmoronando casi de forma imperceptible pero tenaz, sin que nadie se dé cuenta de que lo que otrora fue una torre de marfil se está cayendo a pedazos, ladrillo a ladrillo, con cada día que pasa. y que la mayoría de las veces, no queremos reconocer.

Es una tragedia de dos mitades: la de quien sufre por quedarse, y la de quien se desvanece sin saberlo, atrapados ambos en la inercia de un amor que, lamentablemente, ya no tiene futuro pero que se alimenta constantemente de unos recuerdos que el tiempo se ha ocupado de transformar en idílicos cuando, quizás, fueron tan cotidianos que la falta de ellos ahora, los haga parecer grandiosos.

Es posible que la culpa y el miedo sean ahora la unión que más fuertemente une a esas parejas que se dejan llevar por una relación de inercia y rutina a la que se unen esas otras personas tan necesarias como deseadas, sean familias o amigos, pero que con su presencia, con sus palabras, con sus sonrisas, son capaces de sustituir las miradas, los besos y las caricias de aquellos tiempos pretéritos… quizás, como dijo alguien, el amor es un fuego al que hay que alimentar todos los días, y para ello hemos de tener el suficiente combustible, ya que de no hacerlo así, morirá sin remedio…

    

sábado, 7 de junio de 2025

Todo

Me da miedo la soledad que siento cuando estoy rodeado de personas… 

El siguiente texto, no está basado en análisis científicos ni en pruebas de ningún tipo. No hay nada que se pueda demostrar de manera irrefutable, ni creo que de ninguna otra manera. Tan sólo he recogido una serie de pensamientos y reflexiones que me gustaría compartir con todos aquellos que se acerquen a leer esto. Es mi opinión personal y no hay nada más detrás de todo esto.

La hipoteśis de la vida: Una casualidad cósmica y sus implicaciones

La existencia de la vida es, sin duda, uno de los misterios más profundos y fascinantes que el universo nos presenta. Desde la compleja maquinaria biológica de una célula hasta la intrincada red ecológica que sustenta nuestro planeta, la vida siempre se ha manifestado en una miríada de formas. Sin embargo, quizás al examinarla a través de una lente más técnica, puramente científica y probabilística, surge una hipótesis que, aunque quizás poco reconfortante para algunos, se alinea de manera más coherente con mi actual comprensión actual del cosmos: la vida en la Tierra es el resultado de un simple accidente cósmico, una improbable concatenación de eventos que desafía las expectativas y que simplemente surgió por que estaba en el momento adecuado en el lugar adecuado.

La chispa accidental: Cuando la química se hizo vida

La noción de que la vida surgió en nuestro planeta por un "accidente" no minimiza su complejidad ni su maravilla. Más bien, sugiere que no hubo una intención o un plan preexistente. En los albores de nuestro planeta, hace miles de millones de años, la Tierra era un crisol de elementos químicos. Las condiciones eran extremas: erupciones volcánicas, tormentas eléctricas incesantes, radiación ultravioleta intensa y una atmósfera muy diferente a la actual. Recordemos que el el universo nace de una gran explosión donde todo es caos, energía, y un incontable flujo de elementos físicos de todo tipo que se desplazan sin orden ni control hasta que poco a poco las leyes físicas van tomando el protagonismo. No obstante, en este entorno caótico, hubo un momento donde se dieron las circunstancias adecuadas para que las moléculas orgánicas simples se formaran y, con el tiempo, se auto-organizaran en estructuras más complejas.

La investigación científica, desde los primeros experimentos de épocas pasadas, hasta los estudios más recientes sobre las fuentes hidrotermales en el fondo oceánico, sugiere que la combinación de energía (proveniente del calor geotérmico, la radiación solar o las descargas eléctricas) y los elementos básicos presentes en la Tierra primitiva (carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre) pudo haber llevado a la formación de aminoácidos, nucleótidos y otras moléculas fundamentales para la vida. El siguiente paso, la polimerización de estas moléculas en proteínas y ácidos nucleicos, y su posterior encapsulamiento en membranas rudimentarias para formar protocélulas, fue un salto gigantesco, un evento de bajísima probabilidad que, sin embargo, ocurrió.

La hipótesis del "accidente" implica que este proceso no fue inevitable. Pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de la Tierra o en la secuencia de eventos químicos podrían haber impedido por completo la aparición de la vida. La vida es, entonces, una excepción a la regla, una anomalía afortunada en un universo que, en su mayor parte, parece ser un vasto y silencioso desierto.

La lucha constante: La energía como motor de la supervivencia

Una vez que la vida surgió, se encontró con una realidad ineludible: la energía es un recurso finito pues estamos en un planeta con recursos limitados. Para mantenerse, crecer y reproducirse, los organismos necesitan energía. Esta necesidad fundamental es la fuerza impulsora detrás de la evolución y de la intrincada red trófica que observamos. En un entorno donde la energía solar es la fuente primordial, pero no exclusiva, y tampoco está disponible para todos los organismos de la misma manera, la competencia por los recursos se vuelve feroz. La lucha por sobrevivir, está comenzando

Los organismos fotosintéticos, como las plantas y algunas bacterias, capturan directamente la energía del sol. Sin embargo, la mayoría de los seres vivos deben obtener su energía adicional robando energía de donde la pudiesen encontrar… en los escasos nutrientes que existen en un entorno hostil, o bien consumiendo a otros seres vivos. Así, la cadena alimenticia, una jerarquía de depredadores y presas, es una consecuencia directa de esta limitación energética. Desde el pasto que es comido por una vaca, hasta el león que caza a la gacela, la transferencia de energía de un organismo a otro es un ciclo incesante.

Esta dinámica de alimentación y ser alimentado no es una elección; es una necesidad impuesta por las leyes de la termodinámica. La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, pero se degrada con cada transferencia, lo que significa que el flujo de energía a través de un ecosistema es ineficiente y que, en última instancia, siempre se disipa como calor. Esta ineficiencia es una de las razones por las que las pirámides tróficas tienen menos individuos en los niveles superiores: se necesita una gran cantidad de energía en la base para sostener a unos pocos depredadores en la cima. La vida, por lo tanto, no es solo un fenómeno de existencia, sino un constante acto de ingeniería energética, donde cada especie ha evolucionado estrategias para adquirir y utilizar la energía de la manera más eficiente posible dentro de las limitaciones de su entorno, entendiendo su necesidad de alimentarse o evitar ser alimento, y en ambos casos el mismo propósito: sobrevivir. Pero como los recursos siguen siendo limitados, la vida individual caduca pronto para dar paso a la evolución de la especie, en la mejora y perfección de su desarrollo… la vida debe morir para que sus nutrientes de esos cadáveres sirvan de alimento a las nuevas generaciones, quizás de otras especies, y ese ciclo vital es necesario pues todos los seres vivos necesitan alimentarse.

La soledad cósmica: Un universo vasto y probablemente vacío

El tamaño del universo es inconmensurable. Contiene millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas. Es natural pensar que, dada esta inmensidad, la vida debe ser abundante en otros planetas. Sin embargo, la perspectiva que aquí planteo no es exactamente esa, aunque la probabilidad de que haya vida en algún otro planeta no sea cero, la probabilidad de que no la haya en la mayoría de ellos es abrumadoramente mayor.


La paradoja de Fermi ilustra esta cuestión: si la vida inteligente es común, ¿por qué no hemos detectado ninguna señal? Las condiciones para la vida tal como la conocemos son extremadamente específicas. Un planeta necesita estar en la zona habitable de su estrella (donde el agua líquida puede existir), tener una atmósfera protectora, un campo magnético que lo defienda de la radiación estelar, una masa y composición adecuadas, y una estrella estable que no sea propensa a eventos catastróficos frecuentes. Además, el surgimiento de la vida multicelular y, más tarde, de la vida inteligente, implica una serie de "filtros" evolutivos que cada vez reducen más las probabilidades.

Cada uno de estos "filtros" representa un cuello de botella con una probabilidad extremadamente baja de ser superado. Si la aparición de la vida en la Tierra fue un accidente tan improbable, ¿por qué hemos de suponer que sí es probable que se repita en otro lugar? Y si se repite, ¿qué tan probable es que esa vida evolucione hasta convertirse en vida inteligente? Y, si es inteligente, ¿qué tan probable es que esa civilización sobreviva el tiempo suficiente para desarrollar la tecnología para comunicarse o viajar interestelarmente? (que siguiendo mi hipótesis de vida limitada, se necesitaría una larga vida, quizás varios miles de años y energía para mantenerse vivos todo ese tiempo) 

La realidad podría ser que la vida, incluso la vida microbiana, sea una rareza cósmica, y que la vida compleja y especialmente la inteligente sean eventos extraordinariamente únicos, quizás hasta ahora, exclusivos de nuestro propio planeta. El universo, aunque vasto y lleno de estrellas, podría ser un lugar sorprendentemente estéril en lo que respecta a la vida, 

Los límites inmutables: Cuando la inteligencia choca con la supervivencia 

Pero incluso si existiera vida en otros planetas, no hay garantía de que sea inteligente. La evolución no siempre tiende hacia la inteligencia; solo lo hace si la inteligencia confiere una ventaja de supervivencia significativa en un entorno particular. La vida bacteriana, por ejemplo, ha prosperado durante miles de millones de años sin ninguna necesidad aparente de inteligencia.

Pero, suponiendo que la vida inteligente exista en otro lugar, esta hipótesis sostiene que debería tener los mismos límites de supervivencia que nosotros. Los principios de la termodinámica y la conservación de la energía son universales. Cualquier forma de vida, sin importar cuán avanzada sea, necesitará energía para mantenerse. Esta necesidad impone restricciones fundamentales a su existencia y expansión.

Los viajes interplanetarios o los interestelares, son empresas colosales que requerirían cantidades inimaginables de energía y recursos. La distancia entre estrellas es tan vasta que incluso viajar a una fracción significativa de la velocidad de la luz implicaría tiempos de viaje de décadas o siglos. Una civilización que desee emprender tales viajes se enfrentaría a desafíos energéticos insuperables, la necesidad de mantener sistemas de soporte vital durante períodos extremadamente prolongados, y la probabilidad de encontrarse con radiación cósmica letal. Estas limitaciones sugieren que, incluso para una civilización muy avanzada, los viajes interestelares a gran escala son realmente improbables o simplemente inviables. La energía requerida para mover una nave espacial masiva a velocidades relativistas es tan enorme que prácticamente excedería la capacidad de cualquier planeta o incluso un sistema solar para proporcionarla de manera sostenible. Es mucho más plausible que cualquier civilización avanzada, incluso si existe, esté confinada a su sistema estelar natal, lidiando con los mismos desafíos de supervivencia y la misma finitud de recursos que enfrentamos nosotros.

El trono accidental: ¿Somos la cúspide de la inteligencia cósmica? 

Esta perspectiva, aunque quizás suene arrogante, plantea una pregunta fundamental: ¿Hay algo que impida que nosotros seamos la especie más inteligente del universo? En la inmensidad del cosmos, donde la vida parece ser una rareza y la inteligencia un accidente aún más improbable, la posibilidad de que la humanidad sea, hasta ahora, el pináculo de la evolución inteligente no puede ser descartada, (aunque nos empeñemos en seguir buscando vida inteligente, quizás, en esta ocasión, los más listos seamos los humanos, aunque a veces parece todo lo contrario)

Esta idea no implica superioridad moral, sino una realidad estadística. Si la vida inteligente es tan rara, y si los "filtros" para su surgimiento son tan severos, entonces es concebible que hayamos sido los "ganadores de la lotería cósmica". Esto no significa que no pueda surgir vida inteligente en otros lugares en el futuro distante, o que no haya existido en el pasado remoto y ya haya desaparecido. Simplemente sugiere que, en el momento presente, y dada la improbabilidad inherente de estos eventos, la humanidad podría ser, de hecho, el único faro de conciencia compleja en nuestro vasto vecindario cósmico.

Esta idea también tiene implicaciones profundas para nuestra responsabilidad. Si somos únicos, al menos por ahora, entonces la preservación de la vida en la Tierra y la continuidad de nuestra especie adquieren un significado aún mayor. No hay un plan de respaldo, no hay otras civilizaciones esperando rescatarnos si fallamos. Nuestra existencia y nuestro futuro dependen enteramente de nosotros mismos.

El gran ciclo: La inevitabilidad de la aniquilación cósmica

Finalmente, si la existencia del universo se debe a una gran explosión (el Big Bang), la idea de que la vida estuviese "prevista" o predeterminada desde ese momento parece extraordinariamente improbable. El Big Bang fue un evento de inmensa energía y expansión, un proceso físico que sentó las bases para la formación de galaxias, estrellas y planetas, pero no hay evidencia de que incluyera un "diseño" inherente para la vida. La vida, como he mencionado, muy posiblemente es un subproducto accidental de las leyes de la física y la química en un entorno específico.

Y si el universo mantiene esa constante de creación y destrucción, un ciclo que observamos a todas las escalas (desde el nacimiento y muerte de las estrellas hasta la formación y disolución de galaxias), entonces toda vida, tarde o temprano, será eliminada. Las estrellas se agotan y se convierten en enanas blancas, estrellas de neutrones o agujeros negros. Las galaxias colisionan y se fusionan. El universo mismo está en constante expansión, y se prevé que eventualmente se enfriará hasta un estado de "muerte térmica" donde no podrá sostener ninguna forma de vida.

Este panorama, aunque sombrío, es una realidad fundamental de la existencia cósmica. Las civilizaciones, sin importar cuán avanzadas sean, no pueden escapar a las leyes universales. Enfrentarán, en última instancia, el agotamiento de sus recursos estelares, la amenaza de eventos cósmicos catastróficos, o el destino final del universo mismo. La vida, por lo tanto, es un fenómeno transitorio, un breve destello de complejidad y conciencia en una historia cósmica que se extiende por miles de millones de años.

Conclusión: Un llamado a la trascendencia en la contingencia 

La hipótesis de que la vida en la Tierra es un accidente, que lucha por la energía en un entorno limitado, que es probablemente única en el universo observable, que está sujeta a los mismos límites de supervivencia que cualquier otra forma de vida, y que inevitablemente enfrentará la aniquilación cósmica, ofrece una perspectiva sobria pero liberadora. Nos libera de la noción de un destino predeterminado o de una intervención divina, y nos coloca firmemente en el asiento del conductor de nuestro propio futuro.

Si somos el único faro de inteligencia en el universo, entonces nuestra responsabilidad es inmensa. Nuestra breve existencia en este "planeta azul" es extraordinariamente preciosa. Esta hipótesis nos invita a valorar la vida que tenemos, a cuidar nuestro planeta y a enfrentar los desafíos de la existencia con una mayor conciencia de nuestra propia contingencia. Nos impulsa a trascender nuestras limitaciones actuales no para escapar del universo, sino para florecer dentro de él, apreciando la improbable danza de la vida que se ha desplegado ante nuestros ojos, y sin embargo, parece que nos cuesta mantener esa posición de comunidad dirigida hacia el futuro para seguir luchando como si fuese necesario exterminarnos cuanto antes… quizás la inteligencia del ser humano aún no haya alcanzado su grado de maduración necesario para afrontar lo que ha de venir 

Somos los Robinson Crusoe en nuestra peculiar isla, con casi nulas posibilidades de que algún buque venga a rescatarnos.



miércoles, 4 de octubre de 2017

Cataluña

Vida y muerte caminan de la mano. La vida da el primer paso, la muerte el último

Hasta hace poco tiempo, no lograba imaginar como aquellos grupos terroristas, fanáticos de creencias religiosas, podían convencer a jóvenes, o no tanto, para inmolarse en nombre de un dios a quien nunca vieron y que seguramente, jamás verán.

Pero ahora, viendo como en Cataluña, una región a la quiero y en la que tengo buenos amigos, ha crecido tal odio contra aquellos que piensan distinto, creo que la manipulación es muy sencilla. Y sí, digo manipulación y no digo educación… creo que si se hubiese existido una objetividad en la educación, no se habrían creado enemigos donde hasta ayer mismo había amigos… Recuerdo que hace poco más de un año, había manifestaciones a favor de la acogida de los exiliados de guerras y miserias, donde todos gritaban al unísono que no había extranjeros, que todas las personas tienen los mismos derechos… Hace pocas semanas, España y el mundo se rompía de dolor por que en Cataluña se había cometido un terrible atentado que costó varias vidas y en el que nadie (o mejor dicho, casi nadie) hizo distinción de si las víctimas eran de aquí o de allá… todos éramos iguales en ese momento.

Y de repente, Cataluña se ha fraccionado, se ha roto, se ha separado en dos bandos opuestos y confío que no siga albergando más odios ni rencores… la lucha por la independencia es lícita pero lamentablemente la independencia sólo se consigue con dos opciones: la legalidad, dando los pasos necesarios para ser reconocidos internacionalmente, o por medio de la sublevación y creo que se está buscando este último punto.

No sé si el gobierno de Cataluña es consciente de lo que está haciendo… esa idea romántica de la libertad, de la independencia no es tan hermosa como sucede en los cuentos… Hoy, cuando estamos inmersos en la globalización, todo nos va a pasar factura. Se quiere la independencia de España, pero se pretende, al mismo tiempo, seguir sometido a las normas de Europa… contradicción a mi modo de entender, ya que Europa es la que marca los pasos más importantes de cada país, encaminados a la convivencia y la solidaridad entre los estados miembros.

España nos roba llegué a oír. Tal vez para lo que unos sea robar, para otros sea necesidad. Hace muchos años, muchas personas tuvieron que emigrar de sus ciudades de origen hacia aquellos lugares donde la prosperidad parece que brillaba con más fuerza… con trabajo, esfuerzo y muchas más ganas que fruto, consiguieron cumplir a medias parte del sueño español, que exento de un plan Marshall, se tuvieron que conformar con un 600, un piso de dos habitaciones y el poder viajar al pueblo en el verano. Esas personas, hoy catalanas de adopción, son las que con esa parte de sus impuestos que van al resto de España, contribuyen a que sus regiones de origen, que aún siguen empobrecidas y algo atrasadas, puedan contar con vías de comunicación, con colegios, universidades, hospitales, algo de industria… sin ser, evidentemente, ese motor que ruge y empuja al resto como puede ser hoy Cataluña.

No soy independentista ni mucho menos, y no creo que la acción del gobierno haya sido la adecuada, pero si ha de haber un juego, que tenga las mismas reglas para ambos… No se puede enfrentar a un equipo de baloncesto con sus reglas, con otro de futbol con las suyas…  No sé si muy bien Cataluña desea que el gobierno la intervenga a su gobierno y de esta forma, este poder evitar una debacle aún mayor siendo proclamado por el pueblo como un héroe (es difícil que esto no suceda) o si realmente creen que la independencia resolverá los males que la sociedad catalana tiene… 

El gobierno de España, los gobiernos de España, han contribuido y acaso fomentado con su inacción ante sucesos graves, que la corrupción fuese algo tan usual entre los políticos que ya dejó de ser noticias… prácticamente ningún gobierno central ni autonómico se ha visto libre de aquellos que tenían la mano demasiado larga… millones y millones de euros despilfarrados en infraestructuras inútiles cuyo único propósito claro era que alguien se llevase una buena comisión con dinero público, dinero que siempre fue de todos… y mientras unos se culpaban a otros, en el fondo todos se protegían entre sí y el pueblo, seguía (y sigue) pagando las facturas de sus desmanes y de su incapacidad manifiesta al crear infinitas comisiones que no conducen a ningún sitio y que sólo se preocupan de tapar todo lo posible…  Quizás sea esa la causa por la que el pueblo catalán, ya cansado de un 3% aplicado casi por decreto, haya visto en la independencia un escape de todo eso… quien sabe

Lo único que sé, a ciencia cierta, es que el odio hoy recorre las calles de Cataluña, que se señala a quien no piensa como tú, a quien no habla como tú, a quien no se manifiesta como tú… No me importa quién sea culpable de todo esto ya que aunque tengo mis ideas, tampoco estoy seguro de estar acertado en ellas, pero si me preocupa que aquellos que otrora fueron mis amigos, me recriminan el que no les apoye en su “lucha”, que aquellos con los que antes tomaba un café y compartíamos nuestra vida, se hayan alejado y me miren con recelo y desconfianza… me preocupa y me entristece pensar en todos aquellos catalanes que sintiéndose españoles se encuentran encerrados en una Cataluña que parece que sólo aceptará a quienes se sientan catalanes al 100%, y también me preocupa y me entristece pensar en todos aquellos catalanes que sintiéndose catalanes, hayan tenido que hacer su vida fuera de su tierra (como tantos emigrantes de antaño), y que deban sentirse hoy extranjeros en su tierra y, por qué negarlo, también sintiéndose acosados por los que antes eran sus vecinos y amigos…


No quiero dar esa educación a mis hijos… y espero que lo que hoy se está manifestando como un brote de violencia, de esa rara xenofobia, de odio a un supuesto invasor, desaparezca para que volvamos a abrazarnos y seguir gritando que todas las personas son iguales, que todas tienen derechos y que seguimos siendo un país (o dos) de acogida y de gente abierta donde aceptamos a todos. 

lunes, 4 de abril de 2016

Odiseas

A veces estudiamos tanto nuestro pasado, que nos olvidamos planificar el futuro

Creo que todos somos conscientes de la evolución tecnológica que estamos realizando durante los últimos tiempos. A poco que podamos hacer un breve análisis, veremos que existe lo que podríamos definir como progresión geométrica de descubrimientos, y cada día la ciencia y la tecnología nos sorprende con nuevos y entusiastas descubrimientos encaminados intentar hacer la vida más sencilla a las personas.

Desde la producción de cualquier elemento, por sencillo o complejo que pueda parecer, realizado por eficientes y rápidos robots, hasta entregas de paquetería por drones (en un estudio muy avanzado ya), prácticamente todo puede ser automatizado

Imaginemos, por poner un sencillo ejemplo, que deseamos comprar un artilugio tecnológico más o menos complejo… ¿qué tal un pequeño televisor???  Pues allá vamos… Hoy, se puede acceder a varias páginas web donde, sin salir de casa, accedemos a la información que necesitamos sobre los televisores que deseamos ver y comparar. Accedemos a toda la información que necesitemos y la que no nos interesa, y apenas unos minutos, podemos proceder a la compra del mismo.

Suponiendo, (para intentar avanzar un poquito en la evolución) que la entrega se realice forma automática, con un dron para ser totalmente modernos, el proceso podría ser más o menos así:

Desde nuestro terminal, seleccionamos el aparato que deseemos y procedemos a su pago mediante nuestra tarjeta de crédito. Y de una forma u otra, ahí comienza todo un proceso de mecanización dirigido por ordenadores y robots... El fabricante no almacena para ahorrar costes de producción y almacenaje, así que en el momento que lanzamos nuestro pedido, en algún lugar llega la orden de comenzar el proceso y cientos de robots comienzan a crear transistores, resistencias, diodos, chips de todo tipo, y otros elementos necesarios, tales como placas o procesadores varios. Una vez que el proceso de fabricación de todo esto se ha concluido, todo el material comienza a ensamblarse con precisión matemática y con una rapidez envidiable. De esta manera, en poco tiempo, apenas unas pocas horas, nuestro televisor, ha sido creado casi de la nada, por robots que incluso se han asegurado de que la calidad del resultado final cumpla con los estándares de calidad exigidos en su propio proceso. Una vez que el televisor ya es tal, el proceso de embalado tampoco tarda mucho en finalizar. Protectores plásticos son creados en segundos desde moldes realizados para su ajuste milimétrico y finalmente, el cartón lo aislará y protegerá de posibles agresiones exteriores. Una vez que nuestro televisor sale del centro de embalaje, convenientemente identificado, marcado, numerado y etiquetado, el sistema de reparto automático sólo tiene que leer el código al que debe enviarlo (que ya incluimos en nuestro pedido) y un rápido dron volador se encargará de dejarlo en nuestra casa a la hora acordada...

Seguramente, a muy pocos de nosotros esto les parecerá imposible, pero creo que todo este proceso no duraría más de 24 horas. Naturalmente hoy en día todavía no resulta tan sencillo pero estoy convencido de que en breve, será mucho más factible y si se me permite decirlo, incluso rápido.

En cualquier caso, podemos comprobar como la mecanización está desbancando al trabajo humano, mucho más costoso y lento... si todo este proceso hubiera tenido que ser realizado por personas, seguro que todos somos conscientes de que sería casi imposible alcanzar esos tiempos y costes

Así pues, bienvenida sea la tecnología que nos permite abaratar costes y acelerar e incrementar la producción de casi cualquier artículo de consumo... pero un momento... consumo??? y quien va a consumir todo esto??? si cambiamos a los ofinicistas por ordenadores, cambiamos a los mecánicos por robots, cambiamos a los transportistas por drones, cambiamos a los vendedores por páginas de internet... ¿quien va a trabajar??? ¿quien va a tener dinero para consumir todo esto???

Puede que en los comienzos todo sea parabienes y las empresas que desarrollen estos sistemas obtengan grandes beneficios, pero tal vez en unos años, todo ese proceso, como si de una mala película de ciencia ficción se tratase, esté simplemente abandonado, cubierto de polvo y oxidado... nadie podrá usarlo por que nadie podrá consumirlo al no existir trabajo y por lo tanto, los ingresos necesarios para adquirirlos...

En fin, esto es lo que pienso al día de hoy... tal vez mañana ya pueda dictar al ordenador una idea para que él la desarrolle por mí... o las máquinas terminarán realmente dominando la vida del hombre, primero bajo las órdenes de otros hombres, y luego bajo su propia dirección para que ni eso tengamos que hacer... Recuerdo a Kubrick y su 2001 A Space Odyssey