Toda verdad miente; toda mentira revela.
Nos pasamos la vida planificando... la hipoteca a treinta años, el plan de pensiones, la boda, las vacaciones del verano que viene. Rellenamos agendas hasta 2040 como si tuviéramos un contrato en exclusiva con el tiempo... Y sin embargo hay una cita a la que todos estamos invitados, sin excepción, sin posibilidad de cancelar ni de mandar a alguien en nuestro lugar, y de la que nadie quiere hablar en la sobremesa.
La muerte es la única democracia real que conozco... no pregunta por tu cuenta corriente, ni por tu currículum, ni por cuántos seguidores tienes. Al rico le llega igual que al pobre, solo que el rico suele llegar en un ataúd más caro, como si la madera fuera a impresionar a alguien ahí abajo. El listo no la esquiva pensando más rápido, y el guapo tampoco le hace ojitos para que pase de largo... es lo más justo que existe, y por eso, curiosamente, es lo que menos nos gusta.
Hemos convertido la palabra "muerte" en un tabú tan grande que preferimos decir "ha fallecido", "nos ha dejado", "ya no está" (cualquier eufemismo con tal de no pronunciar la palabra completa, como si nombrarla fuera a darle ideas). Mientras tanto seguimos comprando cremas antiarrugas, contando calorías y publicando fotos en las que salimos "geniales para la edad que tenemos"... como si el objetivo final fuera llegar guapos al ataúd y no vivir, sencillamente, mientras se pueda.
Y hablando de publicar fotos: hay quien se juega literalmente el pellejo por conseguir el plano perfecto en un acantilado, o por completar un reto absurdo inventado por un algoritmo que no sabe ni pronunciar su nombre. Arriesgan la única vida que tienen a cambio de unos segundos de atención ajena, como si morir por un like fuera menos ridículo que morir por cualquier otra cosa... Y sin embargo, a pocos metros de esa temeridad hueca, hay padres y madres que entregan esa misma vida sin pedir nada a cambio, ni un aplauso ni una notificación, con tal de que sus hijos sigan respirando un segundo más. Dos formas de jugarse la existencia que no podrían estar más lejos la una de la otra (una busca ser vista, la otra solo busca que el otro siga vivo).
Lo curioso es que esta certeza absoluta (la única, la que no admite matices ni segundas interpretaciones) es precisamente la que más ignoramos al organizar nuestros días. Hacemos listas de tareas pendientes para dentro de veinte años y dejamos "vivir de verdad" en el último puesto, justo después de "ordenar el trastero"... total, ya habrá tiempo.
Nos han enseñado a posponerlo todo... a trabajar para descansar, a ahorrar para disfrutar, a aguantar para vivir algún día, como si la existencia fuera un billete de ida que todavía no hemos validado. Y así vamos dejando pasar los días con la obediencia de quien cree que el mañana es una propiedad privada... cuando en realidad el mañana no promete nada, no firma nada y, desde luego, no espera a nadie.
Hay quien muere dejando fortunas, y quien muere sin haber tenido ni un minuto suyo; quien se apaga rodeado de nombres y quien se va en una habitación donde nadie pronuncia el suyo... Pero la diferencia verdadera no está ahí, sino en si se vivió o solo se resistió el paso del tiempo con la esperanza de que un día la vida, por fin, empezara.
No propongo obsesionarse ni volverse un ave de mal agüero en cada cena familiar. Solo digo que quizás valdría la pena recordar, de vez en cuando, que la fila avanza para todos por igual, y que mientras esperamos nuestro turno, lo más sensato sería dejar de fingir que no estamos en ella... porque la tragedia no es morir. La tragedia es llegar al final con la sensación de haber pasado por el mundo en calidad de borrador.
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