miércoles, 5 de agosto de 2026

Ayudas


El bien y el mal comparten el mismo límite.

La empatía no suele pedir permiso. Aparece de repente, casi como un reflejo, cuando alguien tropieza en la calle y cae al suelo. Entonces nadie pregunta, nadie calcula, nadie examina al otro... simplemente se acerca, tiende la mano y ayuda. Durante unos segundos, desaparecen las diferencias de credos, razas, sexos...  y solo queda lo esencial, el reconocimiento de otro ser humano en apuros. Es una verdad sencilla, casi instintiva, que parece recordarnos quiénes somos en lo más profundo.

Sin embargo, cuando ese mismo gesto se traslada del individuo a la multitud, algo cambia... la cercanía se convierte en distancia, la urgencia en sospecha y la ayuda en discusión. De pronto aparecen palabras como "límite", "control" o "capacidad", que no son en sí mismas injustas, pero que a veces se utilizan como muros antes que como herramientas. Lugares como Ceuta se convierten entonces en escenarios donde no solo llegan personas, sino también miedos, discursos y silencios incómodos.

Es cierto que ningún lugar puede acoger sin medida. Las ciudades, los recursos y las estructuras tienen un alcance finito, y negarlo sería ingenuo. Ceuta no puede acoger, no solo a los más de 70.000 individuos que entraron en la ciudad, sino, para ser realmente justos, a los cientos de miles que no cruzaron y cuyas necesidades son las mismas que las de quienes si lo hicieron. La bondad no puede ser infinita cuando no se tienen los recursos para llevarla a cabo.

Y ahí está la contradicción: se pide generosidad a quien no tiene capacidad, mientras otros, con medios de sobra, se quedan impasible mientras discuten en despachos y comentan en discursos... es curioso cómo, de repente, la responsabilidad se vuelve difusa, se delega, se traspasa como si fuese algo que pueda comprarse, y se reparte esa obligación entre las distintas ONGs que hacen lo que pueden con lo que tienen. Mientras tanto, desde los despachos, se firma, se declara, se aplaude la propia humanidad, y se espera el siguiente titular para decidir si toca ser compasivo o firme, según convenga al calendario electoral.

Quizás el reto no sea elegir entre abrir o cerrar, sino no olvidar ese gesto inicial, el de la mano que se tiende sin condiciones ni etiquetas. Porque si esa reacción espontánea nos define como individuos, lo que decidimos hacer después (como sociedad) define algo aún más importante: hasta qué punto estamos dispuestos a parecernos a esa mejor versión de nosotros mismos, y hasta qué punto estamos dispuestos a exigir que otros también lo hagan, incluidos aquellos que, desde la seguridad de su puesto, hablan de acogida como quien habla del tiempo: con la certeza de que no les va a llover encima.