jueves, 23 de julio de 2026



La semilla de la cicuta, porta la vida y lleva la muerte…

En los últimos meses, he pasado varias veces por el centro de mi ciudad. No sé exactamente cuándo comenzó, pero cada vez que camino por sus calles tengo la sensación de estar visitando un lugar que conozco y, al mismo tiempo, ya no reconozco. Quizá sea porque cada vez hay más edificios en obras, ocultando la hermosa arquitectura que les daba su particular personalidad tras grandes lonas sujetas a los andamios; lonas que, la mayoría de las veces, se empeñan en convencernos de todo aquello que necesitamos comprar, visitar o consumir. Detrás de ellas, las fachadas se restauran, se limpian y recuperan su esplendor. Y, sin embargo, algo parece perderse en el proceso, porque no siempre restaurar un edificio significa conservar una ciudad.

Aquellas viviendas que ocuparon los vecinos durante décadas, algunas durante varias generaciones, se transforman poco a poco. Las casas donde nacieron niños, donde se celebraron cumpleaños, donde se velaron a los muertos y donde muchas personas envejecieron mirando por sus ventanas las mismas calles con su mismo ritmo de vida, se convierten ahora en hoteles, alojamientos para quienes llegan durante unos días y se marchan antes de haber tenido tiempo de conocer verdaderamente el lugar, o en centros comerciales donde las ventanas se convierten en escaparates sin remordimiento de lo que allí hubo no hace tanto tiempo. Los edificios permanecen, pero lentamente y sin descanso, sus habitantes desaparecen.

Tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de expulsión: no derribar los edificios, sino volver imposible la vida en ellos. Poco a poco, las viviendas del centro dejan de pasar de una generación a otra, porque mantenerlas resulta cada vez más costoso y, en muchos casos, no hay relevo generacional que las sostenga. Así, los herederos se ven empujados a vender, y los pisos que durante décadas pertenecieron a una misma familia terminan transformándose en otra cosa. No es que esas familias se marchen por voluntad propia; es que el auge del turismo, la presión del mercado y el encarecimiento de la vida acaban por expulsarlas de un lugar que antes era suyo.

Poco a poco, los barrios pierden a quienes les daban continuidad. No se pierde solo una familia: se pierde el niño que bajaba a jugar a la plaza, la mujer que saludaba desde el balcón, el hombre que compraba el periódico todas las mañanas, la anciana que conocía a todos los vecinos y a todos les dedicaba unos minutos de charla, el tendero que sabía qué compraba cada cliente. Se marcha, con ellos, una pequeña parte de la memoria del barrio.

Después comienzan a desaparecer los comercios que daban sentido a la vida cotidiana. La ferretería de toda la vida se transforma en un bar de comida rápida. La papelería deja su espacio a una tienda de recuerdos y souvenirs. El bar donde se servían las mejores tapas del barrio ahora ofrece tostas de salmón y aguacate con ingredientes exóticos y precios elevados. La mercería de doña Enriqueta, que durante décadas vistió, remendó y atendió a varias generaciones de vecinos, ahora vende ropa deportiva de una conocida marca, acompañada en los escaparates por las caras sonrientes de famosos deportistas. Y la librería donde se compraban libros más que usados y se intercambiaban novelas y tebeos ha desaparecido para dejar paso a una especie de supermercado abierto prácticamente todo el día.

No es que los nuevos negocios sean malos, ni que una ciudad deba permanecer congelada en el tiempo. Las ciudades siempre han cambiado, y deben hacerlo. Pero existe una diferencia entre una ciudad que cambia porque sus habitantes cambian y una ciudad que cambia para dejar de pertenecer a sus habitantes. Y esa diferencia es, quizá, la que más tristeza produce. Porque el problema no es que aparezca un restaurante nuevo; el problema es cuando ya no queda ningún lugar donde comprar aquello que necesita un vecino, cuando ya no hay una tienda donde te conozcan por tu nombre, cuando el bar deja de ser el lugar donde se reúnen los habitantes del barrio y se convierte en un espacio diseñado para que alguien se siente, fotografíe la comida y se marche.

Cuando las tiendas ya no venden cosas que la gente necesita, sino recuerdos de un lugar que, paradójicamente, ya no conserva la vida que esos recuerdos pretenden representar, el centro de la ciudad comienza entonces a parecerse a un escenario. Un escenario hermoso, quizá. Un escenario restaurado, iluminado y cuidadosamente preparado. Pero un escenario, al fin y al cabo.

Las calles se llenan de turistas, taxis, autobuses, vehículos de reparto y camionetas que abastecen a todos los negocios que viven de ese flujo constante de visitantes. Las aceras se llenan de maletas con ruedas. Las terrazas ocupan cada vez más espacio. Las calles se convierten en lugares de tránsito y, en medio de todo ello, los vecinos parecen convertirse poco a poco en una presencia extraña, exótica a veces, incómoda otras, como si quienes vivieron allí durante décadas tuvieran que pedir permiso para seguir haciéndolo.

Quizá algún día alguien abandone su barrio por última vez sin saber que está haciéndolo. Cerrará la puerta de su casa, mirará una última vez la escalera, bajará por unas calles que conoce desde niño, pasará frente al comercio donde compró durante años, saludará al último vecino que todavía reconoce y se marchará. No porque quiera, sino porque ya no puede quedarse. Aquel barrio ya no es el suyo. Y cuando lo haga, tal vez no haya ningún titular en los periódicos, no habrá cámaras de televisión, no se hablará de ello en las noticias. Nadie dirá que una parte de la ciudad acaba de perder a uno de sus habitantes. Simplemente, un piso quedará vacío y, casi sin tiempo, será reformado; y en poco tiempo alguien llegará con una maleta y, durante unos días, quizá, ocupará la casa de quien tuvo que marcharse.

Es extraño pensar que una ciudad puede llenarse de personas y, al mismo tiempo, quedarse cada vez más vacía, porque el turismo llena las calles, pero no necesariamente llena una ciudad. Una ciudad no es simplemente la cantidad de personas que caminan por ella; es también la cantidad de personas que permanecen, las que regresan cada noche a su hogar, las que conocen sus estaciones, las que recuerdan cómo era una plaza antes de que la reformaran, las que saben que en la tienda de Julia antes atendía su padre y antes de este su abuelo, las que han visto crecer a sus hijos y envejecer a sus padres en las mismas calles.

Una ciudad es también la memoria de quienes la habitan, y cuando sus habitantes son expulsados, o mejor dicho, desplazados a otros lugares, la ciudad puede conservar sus edificios y perder, sin embargo, su alma. Porque, curiosamente, los centros históricos de muchas ciudades están empezando a parecerse demasiado entre sí, hasta el punto de que a veces da igual estar aquí o allá. Se conservan las fachadas, se restauran los monumentos, se iluminan las calles, se multiplican los restaurantes, los hoteles, las tiendas de recuerdos y las grandes marcas, pero desaparece lentamente aquello que hacía que una ciudad fuera diferente de otra: sus pequeños comercios donde te fiaban sin problema, sus bares de siempre donde conocías a los camareros, las conversaciones de quienes se encuentran por la calle y hablan del tiempo, del fútbol o del gobierno, sus olores, como el de la panadería cuando hornea o el de los detergentes con los que se limpian las aceras, sus sonidos, que casi son los que marcan el ritmo cuando empieza el día, cuando los colegios tienen recreo, cuando es la hora de comer. Toda esa mezcla de elementos aparentemente insignificantes que, juntos, construían algo imposible de comprar: la personalidad de un lugar.

Hemos conseguido algo extraño: conservar el escenario y cambiar a los actores. Conservar las casas y expulsar a quienes las hicieron hogar. Conservar las calles y perder a quienes caminaron por ellas. Conservar la apariencia de la ciudad y olvidar la vida que le daba sentido.

Y quizá lo más triste sea que todo esto suele presentarse como progreso, como modernización, como revitalización, como una oportunidad de desarrollo. Antes, las ciudades no eran un producto que se consume, sino un lugar donde sus habitantes encontraban refugio, trabajo, futuro, amor, risas y donde asentaban su vida y la de los suyos. Quizá por eso ahora nos gusta el mundo rural, que conserva esa esencia de barrio, donde todo nos parece pintoresco, mientras dejamos que eso que llamamos desarrollo siga expulsándonos de nuestra historia, de nuestra ciudad y del lugar donde los nuestros crearon, con esfuerzo y tesón, sus vidas.