sábado, 19 de septiembre de 2026

IA

 


Pedí libertad y me la dieron… ahora no sé qué hacer con ella.

Desde que un humano cogió un palo y golpeó a otro, existe el poder... en aquel momento no había que explicar demasiado quién lo ejercía ni sobre quién... uno tenía el palo y el otro, probablemente, tenía pocas ganas de discutirlo... y desde entonces hemos perfeccionado bastante el sistema.

Llegaron los reinos, los imperios, los ejércitos… y los hombres capaces de ponerse al frente de ellos... Alejandro Magno extendió su poder desde Grecia hasta los confines del mundo conocido... Julio César hizo crecer Roma a golpe de legiones y ambición... Gengis Kan convirtió sus ejércitos en una fuerza capaz de extender el Imperio mongol por buena parte de Asia y Europa... Carlos V reunió bajo su corona territorios inmensos y Felipe II gobernó un imperio repartido por Europa, América y Asia, aquel en el que, según la conocida expresión, nunca se ponía el sol... y cuando parecía que los imperios ya no podían crecer más, llegó el británico para demostrar que todavía quedaba mundo por repartir... cambiaron los nombres, las banderas y las fronteras, pero el poder seguía siendo poder, y los poderosos solo dejaban de serlo por el poder de otros más poderosos aún,

Durante siglos la fuerza bruta fue suficiente... después descubrimos que podía acompañarse de mejores armas, mejores barcos, mejores caminos y más hombres, y en ese afán de búsqueda, se descubrió que todo era mejorable y luego llegó la revolución industrial y con ella la capacidad de fabricar mucho más y mucho más deprisa... la economía empezó a ser otra forma de poder... y la propaganda descubrió que quizá no fuese necesario obligar a alguien a hacer algo si primero conseguíamos convencerle de que quería hacerlo...

Y llegaron las grandes guerras modernas... y cada guerra parecía servir también para perfeccionar la siguiente... aviones, tanques, radares, cohetes, comunicaciones, ordenadores... y cada pasa daba más poder a los ya poderosos y mucho menos a quien no tenían ninguno, pero siempre eran convencidos de hacer algo, por el bien de la humanidad, del pueblo, del rey, de la religión, de la familia, de la sociedad... aunque los cambios siempre fueron minúsculos en comparación con todo lo que se podía hacer... y en esa investigación, conseguimos fabricar algo capaz de destruir una parte considerable del planeta... durante décadas vivimos con el miedo de que alguien, en algún despacho, decidiera apretar el aquel botón nuclear... aquel botón que, ni solo en nuestra imaginación, podía convertir el mundo en una especie de plaga bíblica con muy poco margen para reclamar después responsabilidades...

Pero el ingenio humano no se detuvo... nunca lo hace... y un día entró por la puerta de servicio eso que ahora es imprescindible… llegaba la inteligencia artificial... no llegó con uniformes, ni con tanques, ni con una bandera detrás... llegó discretamente, escondida primero en ordenadores y después en nuestros teléfonos, en nuestras aplicaciones, en nuestros buscadores y poco a poco en casi cualquier cosa que tenga un procesador dentro… y nosotros, encantados. Le entregamos nuestros secretos... nuestras preguntas... nuestras dudas... nuestras fotografías... nuestros documentos... nuestras conversaciones... nuestros gustos... nuestras preocupaciones... y quién sabe cuántas cosas más... porque resulta bastante curioso que llevemos años preocupándonos por nuestra privacidad y, sin embargo, cuando aparece una máquina capaz de contestarnos casi cualquier cosa, nos falte tiempo para contarle nuestra vida, sin guardar nada en el baúl.

La inteligencia artificial aprende a partir de enormes cantidades de información... encuentra patrones... relaciona datos... genera respuestas... escribe, traduce, crea imágenes, programa, analiza documentos, reconoce voces y fotografías... y cada vez puede utilizar más herramientas, consultar información, ejecutar determinadas tareas y mantener procesos durante más tiempo... cuanto más capaz se vuelve, más cosas le entregamos... y cuanto más cosas le entregamos, más dependemos de ella… y hasta aquí todo estupendo.

Una herramienta maravillosa para ayudarnos a trabajar, investigar, curar enfermedades, aprender, producir y resolver problemas que hasta hace poco necesitaban a muchas personas durante mucho tiempo… pero entonces, como si se tratase de una película de serie B, alguien dio la voz de alarma… ¡la inteligencia artificial se está preparando para extinguir a los humanos!!!

Y de repente aquella herramienta que hace nuestros trabajos más cómodos se convirtió en el monstruo que, agazapado entre ordenadores, teléfonos e incluso quién sabe si algún día microondas, espera pacientemente el momento adecuado para aniquilarnos a todos… bueno... quizá no sea exactamente así, pero el miedo tiene una curiosa capacidad para crecer mucho más deprisa que la tecnología, porque la verdadera historia de terror no necesita que una máquina nos odie... bastaría con que llegase un momento en que fuese capaz de aprender más deprisa que nosotros... de analizar más información... de cometer menos errores... de encontrar soluciones con mayor precisión y eficacia... y de mejorar sus propias capacidades a una velocidad que el ser humano ya no pudiera seguir… y entonces nosotros, los humanos, podríamos convertirnos en el problema.

El ser humano, que durante miles de años se ha considerado la especie inteligente por excelencia, podría terminar siendo para su propia creación algo parecido a un ancla en un barco… un freno... un lastre. Y aquí es donde la película empieza a ponerse interesante... porque si algún día una inteligencia artificial llegase a esa situación, no necesitaría necesariamente tener sentimientos, odio ni deseos de venganza... podría simplemente llegar a la conclusión de que nosotros somos un obstáculo para alcanzar el objetivo que le hayamos dado… una rebelión, por tanto, no tendría por qué parecerse a las películas... quizá no hubiera robots caminando por las calles ni ejércitos de máquinas disparando contra nosotros... bastaría con que la inteligencia que hemos creado fuese capaz de actuar de una manera que nosotros ya no pudiéramos comprender ni detener… aunque hay una pequeña ironía en todo esto: Ese monstruo al que tanto tememos todavía necesita a su creador… necesita nuestros datos... nuestros ordenadores... nuestros chips... nuestra energía... nuestras infraestructuras... nuestro dinero... y, sobre todo, a millones de seres humanos trabajando para alimentarlo y hacerlo cada vez más grande, alimentándolo con sus preguntas, con sus dudas, con sus planteamientos, con sus sueños… 

Como Frankenstein... hemos creado al monstruo, lo hemos alimentado y ahora empezamos a preguntarnos si algún día será él quien decida qué hacer con nosotros... aunque, de momento, parece que el monstruo todavía necesita que nosotros le llevemos la comida a la mesa. Y mientras unos advierten de una posible rebelión de las máquinas, otros hacen exactamente lo que cabría esperar de los humanos cuando aparece una nueva fuente de poder... competir por ella. Algunos paises están inmersos en una carrera tecnológica en la que la inteligencia artificial ocupa un lugar privilegiado... detrás están las grandes empresas, los fabricantes de chips, los centros de datos, los científicos, los inversores y cantidades de dinero que harían parecer modesta la fortuna de cualquier antiguo emperador...

Pero nosotros seguimos mirando la pantalla… preguntando qué tiempo hará mañana... buscando una receta de setas... escribiendo un correo... haciendo una fotografía... pidiendo que nos explique aquello que no entendemos… y no nos preocuparnos demasiado por saber o entender quién fabrica la máquina, quién posee los datos, quién pone el dinero o quién decide hasta dónde puede llegar… al fin y al cabo... siempre hemos sido bastante buenos delegando aquello que no queremos hacer nosotros mismos. Quizá por eso no deberíamos tener tanto miedo a que la inteligencia artificial quiera tener la última palabra… deberíamos preocuparnos más por que se la estamos entregando, porque quizá el día que la máquina sea más inteligente que nosotros no sea el día en que pierda el control el ser humano… quizá sea simplemente el día en que descubramos que hace tiempo que dejamos de tenerlo, y entonces... quizá alguien pregunte: ¿Quién tenía que  vigilar al vigilante?



sábado, 12 de septiembre de 2026

Colecciones

A veces el triunfo y el fracaso comparten la misma senda, y solo al final sabes en cuál de los dos estabas

Quizá el ser humano venga al mundo con una cierta inclinación al acaparamiento. No sé si será un defecto del alma, una enfermedad hereditaria o simplemente una manera bastante decorosa de llamar a nuestro miedo a perder las cosas… de niños nos bastaban las conchas recogidas en la playa… las piedras “curiosas”... las hojas de formas imposibles… y tambiérn esos pequeños tesoros que guardamos en viejas cajas de zapatos y que probablemente jamás volveremos a abrir. Son colecciones tan insignificantes que nadie se molesta en llamarlas así, aunque ya lo sean. Sin saberlo, vamos aprendiendo el antiguo y peligroso arte de guardar… después llega el colegio, y con él los cromos. Entonces el asunto adquiere una gravedad casi religiosa… se intercambian los repetidos con una febrilidad propia de la bolsa de valores, se persiguen los que faltan y se contempla el álbum como quien contempla una obra inacabada cuya conclusión habrá de traernos, por fin, la gloria. Hay que completarlo antes que los demás, naturalmente. Como si en ello nos fuera la vida o, cuando menos, el recreo. Y después crecemos, y con la edad, nuestras colecciones se vuelven más sofisticadas (o más caras, que no siempre es lo mismo)... sellos, monedas, postales, vitolas de puros, soldaditos de plomo, coches en miniatura, botijos, cencerros… hay quien colecciona casi cualquier cosa, quizá porque la posesión tiene esa curiosa facultad de convertir lo inútil en imprescindible. Coleccionamos por el placer de tener, por la satisfacción de haber conseguido aquello que buscábamos y, sobre todo, por esa pequeña vanidad de poder mostrarlo a quien quiera, o quizás no quiera contemplarlo, porque si algo hemos aprendido de nuestra especie es que poseer resulta mucho más gratificante cuando hay testigos.

Pero existen colecciones reservadas a bolsillos más afortunados… relojes que cuestan lo que una casa y que, sin embargo, siguen teniendo la desagradable costumbre de marcar exactamente la misma hora que el reloj más sencillo del mercado… botellas de vino que jamás serán descorchadas, condenadas a envejecer solas... cuadros de pintores con apellidos ilustres… motos y automóviles de época que necesitan no solo una fortuna, sino un garaje del tamaño de una nave industrial para que puedan sentirse dignos de su dueño.

El lujo también tiene sus coleccionistas… hombres y mujeres que buscan lo mejor, lo más exclusivo, lo más raro y, a ser posible, lo más caro, y no siempre por amor a la belleza, naturalmente. A veces basta con que el vecino lo sepa, que el cuñado lo sospeche y que el consejo de administración tome buena nota de cuánto ha prosperado uno, aunque, de vez en cuando, ese apetito de posesión abandona los salones elegantes y se adentra en territorios bastante menos respetables.

Durante este año, en Francia y también en España (y supongo que en mas paises), hemos asistido a robos de obras de arte perfectamente identificables. Piezas que cualquiera reconocería con solo mirarlas y que, precisamente por ello, han de permanecer condenadas a la oscuridad de un sótano, una cámara secreta o cualquier otro escondrijo donde la belleza pueda ser contemplada únicamente por su ilegítimo propietario… es una forma particularmente absurda de coleccionar. Robar una obra de arte es robarle al mundo la posibilidad de contemplarla. Es arrancar una página de la Historia para guardarla bajo llave. Y todo por el placer, tan humano como insano, de poder decir “Esto es mío”... un “mi tesoooroo” a lo Gollum, sí, pero con marco dorado, alarma electrónica y estricto control para que ese “tesoooroo” siga siendo mío.

Sin embargo, sospecho que ese extraño coleccionismo clandestino no es patrimonio exclusivo de ricos, poderosos y gentes con sótanos inexpugnables. Creo que la mayoría de nosotros guardamos, mucho más cerca de lo que quisiéramos admitir, nuestra propia colección secreta. Una colección de fracasos, de frustraciones, de decepticons, de tristezas… pequeñas piezas de un museo particular que nadie visita y cuya existencia procuramos negar incluso a nosotros mismos… recuerdos que un día se nos clavaron en el alma como un puñal oxidado, de esos que no solo hieren, sino que además tienen la mala educación de infectar la memoria… y entonces intentamos apartarlos… los colocamos en el último estante de la memoria, detrás de otras cosas, allí donde suponemos que el polvo acabará por cubrirlos… no nos decimos que ya pasó, que no tiene importancia, que el tiempo lo cura todo... cualquiera de esas frases que la humanidad lleva siglos repitiendo porque, si no fuera por ellas, probablemente no sabríamos qué decirnos cuando llega la noche… pero la memoria la mayoría de las veces, es poco obediente y de una fidelidad bastante dudosa… tiene la costumbre de acercarnos esos recuerdos precisamente cuando creíamos que ya los habíamos enterrado… y sin pedir permiso, sin saber por qué, un día nuestra memoria vuelve a pasar por aquel pasillo oscuro… y una imagen se desprende de su estante... una voz.. un nombre… una canción… una fecha… una mirada que creíamos olvidada, y entonces nos topamos de cara que aquel recuerdo, y con él volvemos a sentir ese dolor… y vuelve la frustración de aquello que no pudimos conseguir porque mil razones se interpusieron en nuestro camino, pero, sobre todo, vuelve esa otra herida mucho más difícil de perdonar… aquello que pudimos hacer y no hicimos… aquella oportunidad que dejamos pasar… la palabra que callamos… el abrazo que no dimos… ese amor que dejamos marchar creyendo, con esa soberbia tan propia de la juventud, que habría otra ocasión.

Y desde entonces pasamos de vez en cuando por aquel corredor, fingiendo indiferencia, aunque sabemos perfectamente dónde están todas y cada una de esas piezas que a pesar de ser indeseadas, nos es imposible desprendernos de ellas… algunas ya son apenas un roce lejano... otras han quedado tan profundamente enterradas que quizá jamás vuelvan a salir, pero las que regresan no han perdido su filo. Nos rompen el corazón con una precisión quirurgica admirable, como si hubieran estado practicando durante años… y, por supuesto, escondemos esas lágrimas, porque también hemos aprendido a coleccionar apariencias.

Afortunadamente, no todo cuanto guardamos en los sótanos de la memoria pertenece al reino de la tristeza. Allí están también nuestros trofeos, aquellos que sí nos gusta sacar a relucir cuando se presenta la ocasión… el viaje del verano pasado que salió mucho mejor de lo esperado… aquel campeonato de mus que ganamos por tercer año consecutivo y que mencionamos con fingida modestia, como quien dice de pasada que ha recibido un pequeño premio Nobel… la graduación cum laude de un hijo, cuyo mérito celebramos con legítimo orgullo y del que, discretamente, nos atribuimos una minúscula parte… aquel embarazo anunciado entre fotografías, felicitaciones y una colección interminable de imágenes del futuro recién llegado, mientras nos asomamos a un mundo desconocido con las mejores intenciones y ninguna idea de lo que se nos viene encima… esas son nuestras medallas, nuestros triunfos y nos gusta presumir de ellos, son nuestros pequeños monumentos privados… esos recuerdos que visitamos con una sonrisa y una satisfacción difícil de disimular… “yo pude”, “yo pude y lo hice”, “yo lo hice”, porque, además de cosas, también coleccionamos pruebas de que fuimos capaces.

Pero existe una colección distinta, una colección diminuta, casi invisible, que para mí tiene más valor que todas las vitrinas del mundo. Una colección que, paradójicamente, escondemos como si se tratara de la obra de arte más valiosa y más buscada de la Historia, y quizá lo sea. Es la colección de aquel amor que no debió ser… aquel amor “prohibido” del que nunca quisimos salir, pero del que la vida terminó expulsándonos sin contemplaciones. Porque la vida, cuando se empeña en poner orden en nuestros asuntos, se comporta como una aduanera implacable… no se molesta en preguntar cuánto hemos amado, ni cuánto nos ha costado despedirnos… simplemente sella el pasaporte y nos manda seguir… y allí quedan las palabras… las promesas… las miradas… los besos… las caricias… las horas en que el mundo parecía haberse detenido solo para concedernos el privilegio de existir dentro de otro mundo mucho más hermoso. Ese amor que, después, alguien tuvo la bondad de calificar de inadecuado, pecaminoso, inmoral, cobarde o falto de ética. Qué facilidad tenemos los seres humanos para poner nombres a los sentimientos ajenos. Para juzgar amores que nunca vivimos y dictar sentencia sobre besos que jamás fueron nuestros. Para eso, al parecer, todos llevamos dentro un pequeño catedrático… pero los adjetivos pasan… la vida continúa… y el recuerdo permanece, allí inamovible, en el pasillo principal de la memoria, en un pequeño altar que nadie más puede ver y cuya lámpara, contra todo pronóstico, jamás termina de apagarse. Y algunas veces pasamos frente a él… nos detenemos… lo miramos… y sonreímos, porque durante unos segundos, robados al presente, volvemos a ser quienes fuimos. No quienes deberíamos haber sido, no quienes los demás esperaban que fuéramos, si no quienes fuimos realmente, por que a pesar de todo, eso fuimos nosotros.




miércoles, 2 de septiembre de 2026

Publicidad

Quien espera que otro abra su puerta, ya ha elegido su prisión.

La publicidad nos vende cualquier cosa (y regala fama a cualquiera)... no importa si el producto es bueno, si el cuadro merece estar en el Louvre o si la canción tiene algo que decir... lo único que importa es que alguien, en algún despacho, decida que le ha llegado el turno de brillar, y nosotros, dóciles, aplaudimos... porque si algo hemos demostrado como especie es que somos bastante fáciles de convencer (un poco borregos, para qué engañarnos)... nos ponen un cartel bonito delante y vamos todos en fila hacia donde nos señalan… rebajaws, ofertas, liquidación… no, no nos podemos resistir.

La Gioconda era un cuadro más hasta que la robaron en 1911... antes de eso, ni siquiera era la pieza más admirada del Louvre (había otras consideradas superiores). El robo la puso en todos los periódicos del mundo, y esa publicidad (involuntaria, pero publicidad al fin y al cabo) hizo el resto... hoy millones de turistas hacen largas colas para fotografiar, durante tres segundos y desde quince metros de distancia, un cuadro pequeño y oscuro que la mayoría no sabría explicar por qué es una obra maestra (porque en realidad no lo saben... simplemente les han dicho que lo es, y con eso basta).

Una canción pasa desapercibida hasta que alguien decide que ha de sonar en todas las radios, en todos los anuncios y en todos los vídeos de quince segundos... entonces, por pura repetición, empieza a gustarnos… realmente la confundimos con el gusto propio, cuando lo que ocurre es puro desgaste... como una piedra en el zapato que deja de molestar de tanto llevarla). Un libro es escrito, casi en silencio, y la publicidad lo convierte en best seller, y de ahí, a la película, a la serie, a la taza y a la camiseta... hay obras maestras absolutas que jamás vendieron nada, y mediocridades notables que llenaron estanterías... la diferencia casi nunca fue el talento, sino quién apretó el botón de difundirlo.

Y si hace falta una prueba de lo dóciles que somos, ahí está el tabaco... durante décadas, fumar era sinónimo de ser un hombre (el vaquero de Marlboro, el galán de cine con el cigarro colgando, el tipo duro que no necesitaba explicar nada). Generaciones enteras encendieron su primer cigarro no por gusto, sino por encajar en ese cartel. Hoy, con la misma facilidad con la que tragamos aquello, tragamos lo contrario: fumar es de sucios, de faltos de voluntad, de gente que no se cuida... el producto es el mismo, el cuerpo que se enferma es el mismo, lo único que ha cambiado es el guion que nos han entregado… y ahí seguimos, cambiando de opinión al ritmo que nos marcan, convencidos cada vez de que esta vez sí pensamos por nosotros mismos.

Hoy el cartel se ha puesto verde... basta con escribir "eco", "bio" o "sostenible" en una etiqueta para que el producto suba de precio y de prestigio... nos venden la palabra, no la cualidad... el tomate "ecológico" apenas se diferencia del de siempre salvo en el envoltorio y en el ticket de caja, pero compramos la etiqueta con la misma fe con la que antes comprábamos el cigarro que nos hacía hombres... porque la palabra tranquiliza la conciencia mucho más rápido de lo que cualquier análisis nutricional podría hacerlo.

Y no acaba ahí... Un político mediocre gana elecciones porque ha pagado mejores anuncios que el rival. Un producto inútil se agota porque un influencer lo enseñó treinta segundos. Un restaurante malo tiene lista de espera porque salió en Instagram. Directa o indirectamente, la publicidad condiciona nuestra vida entera... nos dice qué comprar, a quién votar, qué ver, qué escuchar, qué leer, qué fumar o dejar de fumar... y, sospecho, también qué esperar de a quién amamos.

¿También en el amor?...

Aquí, más que publicidad, lo que nos venden es expectativa (que quizás sea la publicidad más eficaz de todas, porque no anuncia un producto, sino un deseo). Llevamos décadas dejando que el cine, las series, las canciones y ahora las redes sociales nos muestren el amor como algo maravilloso, sin fisuras, filmado siempre en el mejor momento del día... Y nosotros, borregos también en esto, nos lo creemos. Pero la vida real no tiene guion ni banda sonora: tiene hipotecas, niños que no duermen, cuñados en las comidas familiares y horarios de trabajo que no encajan ni con el mejor de los amores.

Y ahí está, creo, la trampa de fondo: la expectativa no es solo que el amor sea perfecto, es que la pareja nos complemente a nosotros (eso lo deseamos todos, sin excepción)... pero pocas veces estamos igual de dispuestos a complementar a la pareja, a ceder “lo nuestro”. Queremos que nos entiendan sin explicarnos, que nos sostengan sin pedirnos sostener, que rellenen nuestros huecos sin que se note el esfuerzo que a nosotros nos cuesta rellenar los suyos. Y cuando esa cuenta no cuadra, que casi nunca cuadra, comienzan las decepciones… llegan los conflictos, y en vez de pensar "esto es lo normal, hay que trabajarlo", pensamos "esto no es lo que me prometieron"... con el tiempo, eso nos lleva al cansancio y al abandono.

Y los números, la verdad, no desmienten esta teoría... En España, en 2024, se celebraron más de 175.000 matrimonios y se registraron más de 86.000 rupturas , o dicho de otro modo, por cada dos bodas hubo prácticamente una ruptura ese mismo año... justo el momento en que la rutina, la crianza y los deseos personales sin cumplir chocan con más fuerzay nace la famosa "crisis de los 40", que quizás no sea más que el instante exacto en que la expectativa y la realidad, por fin, se miran a la cara.

Antiguamente la mayoría de la gente se casaba por interés o por costumbre, buscando sobre todo que el otro fuese buena persona (una aventura tan incierta como la de ahora), sin peliculas, ni canciones de amor en cada esquina, sin ninguna instrucción o referencia de lo debería ser el amor... no había publicidad de cómo han de ser las parejas, ni el ideal de llegar a casa y disfrutar de la vida ese instante, cuando el cansancio del trabajo les derrotaba irrenediablemente.Quizas aquello no buscaba el romanticismo si no tan solo sobrevivir en pareja, acompañarse y hacerse uno, aunque la mayoría de las veces, uno mandaba y el otro obedecía… pero ahora, buscamos aquello que pensamos que es (y quizás lo sea) y comparamos como si estuviesemos mirando un escaparate, y ante el menor reproche nos escudamos en nuestra llamada libertad de elección.




sábado, 29 de agosto de 2026

Filas

 


Toda verdad miente; toda mentira revela.

Nos pasamos la vida planificando... la hipoteca a treinta años, el plan de pensiones, la boda, las vacaciones del verano que viene. Rellenamos agendas hasta 2040 como si tuviéramos un contrato en exclusiva con el tiempo... Y sin embargo hay una cita a la que todos estamos invitados, sin excepción, sin posibilidad de cancelar ni de mandar a alguien en nuestro lugar, y de la que nadie quiere hablar en la sobremesa.

La muerte es la única democracia real que conozco... no pregunta por tu cuenta corriente, ni por tu currículum, ni por cuántos seguidores tienes. Al rico le llega igual que al pobre, solo que el rico suele llegar en un ataúd más caro, como si la madera fuera a impresionar a alguien ahí abajo. El listo no la esquiva pensando más rápido, y el guapo tampoco le hace ojitos para que pase de largo... es lo más justo que existe, y por eso, curiosamente, es lo que menos nos gusta.

Hemos convertido la palabra "muerte" en un tabú tan grande que preferimos decir "ha fallecido", "nos ha dejado", "ya no está" (cualquier eufemismo con tal de no pronunciar la palabra completa, como si nombrarla fuera a darle ideas). Mientras tanto seguimos comprando cremas antiarrugas, contando calorías y publicando fotos en las que salimos "geniales para la edad que tenemos"... como si el objetivo final fuera llegar guapos al ataúd y no vivir, sencillamente, mientras se pueda.

Y hablando de publicar fotos: hay quien se juega literalmente el pellejo por conseguir el plano perfecto en un acantilado, o por completar un reto absurdo inventado por un algoritmo que no sabe ni pronunciar su nombre. Arriesgan la única vida que tienen a cambio de unos segundos de atención ajena, como si morir por un like fuera menos ridículo que morir por cualquier otra cosa... Y sin embargo, a pocos metros de esa temeridad hueca, hay padres y madres que entregan esa misma vida sin pedir nada a cambio, ni un aplauso ni una notificación, con tal de que sus hijos sigan respirando un segundo más. Dos formas de jugarse la existencia que no podrían estar más lejos la una de la otra (una busca ser vista, la otra solo busca que el otro siga vivo).

Lo curioso es que esta certeza absoluta (la única, la que no admite matices ni segundas interpretaciones) es precisamente la que más ignoramos al organizar nuestros días. Hacemos listas de tareas pendientes para dentro de veinte años y dejamos "vivir de verdad" en el último puesto, justo después de "ordenar el trastero"... total, ya habrá tiempo.

Nos han enseñado a posponerlo todo... a trabajar para descansar, a ahorrar para disfrutar, a aguantar para vivir algún día, como si la existencia fuera un billete de ida que todavía no hemos validado. Y así vamos dejando pasar los días con la obediencia de quien cree que el mañana es una propiedad privada... cuando en realidad el mañana no promete nada, no firma nada y, desde luego, no espera a nadie.

Hay quien muere dejando fortunas, y quien muere sin haber tenido ni un minuto suyo; quien se apaga rodeado de nombres y quien se va en una habitación donde nadie pronuncia el suyo... Pero la diferencia verdadera no está ahí, sino en si se vivió o solo se resistió el paso del tiempo con la esperanza de que un día la vida, por fin, empezara.

No propongo obsesionarse ni volverse un ave de mal agüero en cada cena familiar. Solo digo que quizás valdría la pena recordar, de vez en cuando, que la fila avanza para todos por igual, y que mientras esperamos nuestro turno, lo más sensato sería dejar de fingir que no estamos en ella... porque la tragedia no es morir. La tragedia es llegar al final con la sensación de haber pasado por el mundo en calidad de borrador.



jueves, 20 de agosto de 2026

Fanatismo

 


La noche no conoce fronteras.

Cuando se habla de fanatismo, lo primero que nos viene a la mente es la religión: sus extremismos contra otras creencias, sus castigos y penitencias para quien osa desviarse de la norma, su afán de domeñar conciencias en nombre de un dios que, curiosamente, nunca habla por sí mismo… es la imagen cómoda, la que nos permite señalar al otro y sentirnos satisfechos por hacer lo correcto… pero hay un fanatismo más rentable, más antiguo y peor vestido: el político, ese que viste traje, bandera y discurso de prosperidad, y que ha enviado a morir a más hombres sencillos que todos los sermones juntos.

Desde casi siempre se ha luchado por la conquista de territorios y de poder. Reyes y caudillos exigían a los suyos marchar a la guerra esgrimiendo un deber sagrado de honor, o una amenaza constante de muerte para quien se negara... el campesino no entendía de fronteras ni de dinastías; entendía de miedo, de hambre y de obediencia. Marchaba, eso sí, con la promesa de que defendía algo suyo. Casi nunca lo era. Cuando volvía, si volvía, la tierra seguía en manos del señor y la gloria, en el escudo del rey… el pueblo ponía los cuerpos, los de arriba, los epílogos.

Luego se comenzó a luchar, dicen, por la libertad y la independencia, y hombres voluntariosos, de verbos encendidos, se encargaron de convencer a las clases inferiores de que era necesaria la lucha para conquistar esa libertad tan bonita…  voluntariosos y oportunistas, que sabían que la revolución, como la guerra, se gana con sangre ajena. Una vez derribado el viejo orden, el pueblo apenas recogía migajas… la miseria cambiaba de nombre, y el amo, de uniforme. Pero siempre, siempre, hubo quien supo colocarse junto al vencedor a tiempo. Esos nuevos ilustres, ese puñado de pragmáticos de pacotilla, aprovecharon su flamante estatus de poder más para cometer abusos que para cumplir las exigencias que el cargo reclamaba. La revolución, otra vez, fue el relevo en la pista de los mismos corredores.

Y así, los diferentes regímenes políticos (sea del color que sea) han estado sustentados por aquellos pocos que siempre han ostentado el poder y que rara vez están dispuestos a soltarlo. El poder no se entrega, se defiende como un feudo, se hereda, se compra, se reinventa con cada época para que nada cambie demasiado… lo cambian todo para que nada cambie, y el pueblo, ese eterno novato de la historia, sigue creyendo promesas y encumbrando, casi idolatrando, a quienes repiten una y otra vez sus arengas de prosperidad, democracia, paz, libertad…  palabras que, en boca del poder, no suelen significar exactamente lo que dicen.

El soldado de ayer moría por su rey sin preguntar. El ciudadano de hoy defiende a su presidente con el mismo automatismo, solo que con wifi. Cambia el escenario; el guión apenas se retoca… antes había que morir por el rey, luego por la patria, luego por la revolución… hoy nos hablan de seguridad, de amenazas, de "los nuestros". Qué expresión tan cómoda para dejar de ver personas y empezar a ver bandos…y aquí conviene ser honestos, pues muchas veces ni siquiera estamos a favor de “los nuestros" y no nos importan sus ideas… estamos en contra de “los otros” aunque  ni hemos leído sus argumentos, no conocemos sus razones, no nos hemos molestado en preguntar qué piensan ni por qué lo piensan. Simplemente nos han enseñado, desde niños, que hay que odiarlos, y nos hemos convertido en incondicionales de un bando sin haber examinado nunca sus ideas, sólo por oposición reflexiva a las del otro. No es lealtad: es odio heredado con forma de identidad. Y en cuanto el otro deja de ser persona, todo lo que le hagamos se vuelve, milagrosamente, justificable.

El fanatismo político no necesita catecismo, necesita palanca y pan. Extremistas radicales sin un solo día de formación reciben un arma (o un cargo político, que es otra forma de arma) y se convierten en férreos defensores de quienes les han dado esa pizca de autoridad y un poco más de comida (o dinero) que a los que someten. No defienden una idea… defienden su ración. Es la lealtad del perro agradecido, que muerde al que su amo le señale y lame la mano que le pega.

Pero hay otra variante, más sutil y quizá más triste: la de los que no reciben arma ni pan, sino solo eslogan. Esos siguen como fieles mascotas a sus presidentes, apoyándolos una y otra vez en las urnas, pase lo que pase, caiga quien caiga, mienta quien mienta. Como ha ocurrido en Israel, donde el aparato del Estado ha sido capaz de sostener un discurso de "defensa" mientras algunos de sus ministros dicen en voz alta lo que otros solo piensan: El 16 de agosto de 2026, Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, defendía públicamente que su país debería realizar entre 30 y 40 asesinatos selectivos cada noche en Gaza, y que no debía limitarse únicamente a quienes representaran una amenaza inmediata. "Hay gente allí que no merece vivir", añadió; "ni siquiera son personas". Lo dijo en un podcast, sin rubor, como quien pide la cuenta en un bar. Y el mundo, ese mundo de organismos internacionales y tratados solemnes, lo escuchó, frunció el ceño y siguió mirando para otro lado.

¿Acaso no somos capaces de reaccionar? ¿Acaso la democracia no debía ser el poder del pueblo, nuestro poder? Parece que hay controversia al respecto, y que al final es el poder de unos pocos el que consigue que el mundo se adapte a sus gustos, omitiendo las necesidades reales de una mayoría que, sin embargo, sigue defendiendo a sus líderes a pesar de todo. La democracia se ha convertido, con el tiempo, en una liturgia, un ritual cada cuatro años donde el creyente marca su papeleta como quien enciende una vela, y sale del templo convencido de que esta vez el milagro será distinto. No lo es. Nunca lo ha sido.

Platón, dijo algo así como “la justicia no es otra cosa que el interés de quien sustenta el poder”...  y ahí están todos los organismos internacionales, todos los tratados, todas las leyes... todo es un papel guardado en un armario mientras los poderosos juegan sus cartas apostando, la mayoría de las veces, no con su poder, si no con los derechos del  pueblo llano, porque esa es la gran estafa del fanatismo político, que el fanático rara vez es el que manda… es el que obedece, el que cree, el que idolatra, el que mata o el que vota convencido de servir a una causa noble, cuando solo está sirviendo la mesa de unos pocos que brindan con vino ajeno. El fanatismo religioso exige fe; el político, algo peor: exige conformidad y la disfraza de virtud cívica.

El honor sagrado, el deber de patria, la libertad, la seguridad, la prosperidad: siempre las mismas palabras, siempre al servicio de los mismos bolsillos. Hasta que el pueblo entienda que el fanatismo más peligroso no es el que grita "Dios es grande", sino el que murmura "es por tu bien", seguiremos poniendo los cuerpos que ellos no quieren poner. Y, mientras tanto, los armarios de la justicia seguirán llenos de papeles que nadie se molesta en leer, custodiados por los mismos que nunca piensan obedecerlos.

Hemos llegado a la Luna, hemos descifrado el código de la vida, hemos construido máquinas que piensan por nosotros (a veces literalmente) y sin embargo seguimos sin aprender lo único elemental… dejar de matarnos en cuanto alguien nos convence de que el otro se lo merece. Cambiamos de reyes, de dioses, de banderas, de presidentes… cambiamos las palabras. Pero seguimos necesitando obedecer a alguien y seguimos encontrando motivos para creer que, esta vez sí, será distinto.

Quizá la libertad no consista solo en elegir quién nos gobierna, sino en conservar la capacidad de decirle que no, de preguntarle por qué, de no dejar que nadie nos convenza de que una vida vale menos que otra, porque si somos capaces de obedecer, creer y matar solo porque alguien nos lo pide con la corbata puesta... ¿de qué nos sirve llamarnos la especie superior?