La noche no conoce fronteras.
Cuando se habla de fanatismo, lo primero que nos viene a la mente es la religión: sus extremismos contra otras creencias, sus castigos y penitencias para quien osa desviarse de la norma, su afán de domeñar conciencias en nombre de un dios que, curiosamente, nunca habla por sí mismo… es la imagen cómoda, la que nos permite señalar al otro y sentirnos satisfechos por hacer lo correcto… pero hay un fanatismo más rentable, más antiguo y peor vestido: el político, ese que viste traje, bandera y discurso de prosperidad, y que ha enviado a morir a más hombres sencillos que todos los sermones juntos.
Desde casi siempre se ha luchado por la conquista de territorios y de poder. Reyes y caudillos exigían a los suyos marchar a la guerra esgrimiendo un deber sagrado de honor, o una amenaza constante de muerte para quien se negara... el campesino no entendía de fronteras ni de dinastías; entendía de miedo, de hambre y de obediencia. Marchaba, eso sí, con la promesa de que defendía algo suyo. Casi nunca lo era. Cuando volvía, si volvía, la tierra seguía en manos del señor y la gloria, en el escudo del rey… el pueblo ponía los cuerpos, los de arriba, los epílogos.
Luego se comenzó a luchar, dicen, por la libertad y la independencia, y hombres voluntariosos, de verbos encendidos, se encargaron de convencer a las clases inferiores de que era necesaria la lucha para conquistar esa libertad tan bonita… voluntariosos y oportunistas, que sabían que la revolución, como la guerra, se gana con sangre ajena. Una vez derribado el viejo orden, el pueblo apenas recogía migajas… la miseria cambiaba de nombre, y el amo, de uniforme. Pero siempre, siempre, hubo quien supo colocarse junto al vencedor a tiempo. Esos nuevos ilustres, ese puñado de pragmáticos de pacotilla, aprovecharon su flamante estatus de poder más para cometer abusos que para cumplir las exigencias que el cargo reclamaba. La revolución, otra vez, fue el relevo en la pista de los mismos corredores.
Y así, los diferentes regímenes políticos (sea del color que sea) han estado sustentados por aquellos pocos que siempre han ostentado el poder y que rara vez están dispuestos a soltarlo. El poder no se entrega, se defiende como un feudo, se hereda, se compra, se reinventa con cada época para que nada cambie demasiado… lo cambian todo para que nada cambie, y el pueblo, ese eterno novato de la historia, sigue creyendo promesas y encumbrando, casi idolatrando, a quienes repiten una y otra vez sus arengas de prosperidad, democracia, paz, libertad… palabras que, en boca del poder, no suelen significar exactamente lo que dicen.
El soldado de ayer moría por su rey sin preguntar. El ciudadano de hoy defiende a su presidente con el mismo automatismo, solo que con wifi. Cambia el escenario; el guión apenas se retoca… antes había que morir por el rey, luego por la patria, luego por la revolución… hoy nos hablan de seguridad, de amenazas, de "los nuestros". Qué expresión tan cómoda para dejar de ver personas y empezar a ver bandos…y aquí conviene ser honestos, pues muchas veces ni siquiera estamos a favor de “los nuestros" y no nos importan sus ideas… estamos en contra de “los otros” aunque ni hemos leído sus argumentos, no conocemos sus razones, no nos hemos molestado en preguntar qué piensan ni por qué lo piensan. Simplemente nos han enseñado, desde niños, que hay que odiarlos, y nos hemos convertido en incondicionales de un bando sin haber examinado nunca sus ideas, sólo por oposición reflexiva a las del otro. No es lealtad: es odio heredado con forma de identidad. Y en cuanto el otro deja de ser persona, todo lo que le hagamos se vuelve, milagrosamente, justificable.
El fanatismo político no necesita catecismo, necesita palanca y pan. Extremistas radicales sin un solo día de formación reciben un arma (o un cargo político, que es otra forma de arma) y se convierten en férreos defensores de quienes les han dado esa pizca de autoridad y un poco más de comida (o dinero) que a los que someten. No defienden una idea… defienden su ración. Es la lealtad del perro agradecido, que muerde al que su amo le señale y lame la mano que le pega.
Pero hay otra variante, más sutil y quizá más triste: la de los que no reciben arma ni pan, sino solo eslogan. Esos siguen como fieles mascotas a sus presidentes, apoyándolos una y otra vez en las urnas, pase lo que pase, caiga quien caiga, mienta quien mienta. Como ha ocurrido en Israel, donde el aparato del Estado ha sido capaz de sostener un discurso de "defensa" mientras algunos de sus ministros dicen en voz alta lo que otros solo piensan: El 16 de agosto de 2026, Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, defendía públicamente que su país debería realizar entre 30 y 40 asesinatos selectivos cada noche en Gaza, y que no debía limitarse únicamente a quienes representaran una amenaza inmediata. "Hay gente allí que no merece vivir", añadió; "ni siquiera son personas". Lo dijo en un podcast, sin rubor, como quien pide la cuenta en un bar. Y el mundo, ese mundo de organismos internacionales y tratados solemnes, lo escuchó, frunció el ceño y siguió mirando para otro lado.
¿Acaso no somos capaces de reaccionar? ¿Acaso la democracia no debía ser el poder del pueblo, nuestro poder? Parece que hay controversia al respecto, y que al final es el poder de unos pocos el que consigue que el mundo se adapte a sus gustos, omitiendo las necesidades reales de una mayoría que, sin embargo, sigue defendiendo a sus líderes a pesar de todo. La democracia se ha convertido, con el tiempo, en una liturgia, un ritual cada cuatro años donde el creyente marca su papeleta como quien enciende una vela, y sale del templo convencido de que esta vez el milagro será distinto. No lo es. Nunca lo ha sido.
Platón, dijo algo así como “la justicia no es otra cosa que el interés de quien sustenta el poder”... y ahí están todos los organismos internacionales, todos los tratados, todas las leyes... todo es un papel guardado en un armario mientras los poderosos juegan sus cartas apostando, la mayoría de las veces, no con su poder, si no con los derechos del pueblo llano, porque esa es la gran estafa del fanatismo político, que el fanático rara vez es el que manda… es el que obedece, el que cree, el que idolatra, el que mata o el que vota convencido de servir a una causa noble, cuando solo está sirviendo la mesa de unos pocos que brindan con vino ajeno. El fanatismo religioso exige fe; el político, algo peor: exige conformidad y la disfraza de virtud cívica.
El honor sagrado, el deber de patria, la libertad, la seguridad, la prosperidad: siempre las mismas palabras, siempre al servicio de los mismos bolsillos. Hasta que el pueblo entienda que el fanatismo más peligroso no es el que grita "Dios es grande", sino el que murmura "es por tu bien", seguiremos poniendo los cuerpos que ellos no quieren poner. Y, mientras tanto, los armarios de la justicia seguirán llenos de papeles que nadie se molesta en leer, custodiados por los mismos que nunca piensan obedecerlos.
Hemos llegado a la Luna, hemos descifrado el código de la vida, hemos construido máquinas que piensan por nosotros (a veces literalmente) y sin embargo seguimos sin aprender lo único elemental… dejar de matarnos en cuanto alguien nos convence de que el otro se lo merece. Cambiamos de reyes, de dioses, de banderas, de presidentes… cambiamos las palabras. Pero seguimos necesitando obedecer a alguien y seguimos encontrando motivos para creer que, esta vez sí, será distinto.
Quizá la libertad no consista solo en elegir quién nos gobierna, sino en conservar la capacidad de decirle que no, de preguntarle por qué, de no dejar que nadie nos convenza de que una vida vale menos que otra, porque si somos capaces de obedecer, creer y matar solo porque alguien nos lo pide con la corbata puesta... ¿de qué nos sirve llamarnos la especie superior?





