Pedí libertad y me la dieron… ahora no sé qué hacer con ella.
Desde que un humano cogió un palo y golpeó a otro, existe el poder... en aquel momento no había que explicar demasiado quién lo ejercía ni sobre quién... uno tenía el palo y el otro, probablemente, tenía pocas ganas de discutirlo... y desde entonces hemos perfeccionado bastante el sistema.
Llegaron los reinos, los imperios, los ejércitos… y los hombres capaces de ponerse al frente de ellos... Alejandro Magno extendió su poder desde Grecia hasta los confines del mundo conocido... Julio César hizo crecer Roma a golpe de legiones y ambición... Gengis Kan convirtió sus ejércitos en una fuerza capaz de extender el Imperio mongol por buena parte de Asia y Europa... Carlos V reunió bajo su corona territorios inmensos y Felipe II gobernó un imperio repartido por Europa, América y Asia, aquel en el que, según la conocida expresión, nunca se ponía el sol... y cuando parecía que los imperios ya no podían crecer más, llegó el británico para demostrar que todavía quedaba mundo por repartir... cambiaron los nombres, las banderas y las fronteras, pero el poder seguía siendo poder, y los poderosos solo dejaban de serlo por el poder de otros más poderosos aún,
Durante siglos la fuerza bruta fue suficiente... después descubrimos que podía acompañarse de mejores armas, mejores barcos, mejores caminos y más hombres, y en ese afán de búsqueda, se descubrió que todo era mejorable y luego llegó la revolución industrial y con ella la capacidad de fabricar mucho más y mucho más deprisa... la economía empezó a ser otra forma de poder... y la propaganda descubrió que quizá no fuese necesario obligar a alguien a hacer algo si primero conseguíamos convencerle de que quería hacerlo...
Y llegaron las grandes guerras modernas... y cada guerra parecía servir también para perfeccionar la siguiente... aviones, tanques, radares, cohetes, comunicaciones, ordenadores... y cada pasa daba más poder a los ya poderosos y mucho menos a quien no tenían ninguno, pero siempre eran convencidos de hacer algo, por el bien de la humanidad, del pueblo, del rey, de la religión, de la familia, de la sociedad... aunque los cambios siempre fueron minúsculos en comparación con todo lo que se podía hacer... y en esa investigación, conseguimos fabricar algo capaz de destruir una parte considerable del planeta... durante décadas vivimos con el miedo de que alguien, en algún despacho, decidiera apretar el aquel botón nuclear... aquel botón que, ni solo en nuestra imaginación, podía convertir el mundo en una especie de plaga bíblica con muy poco margen para reclamar después responsabilidades...
Pero el ingenio humano no se detuvo... nunca lo hace... y un día entró por la puerta de servicio eso que ahora es imprescindible… llegaba la inteligencia artificial... no llegó con uniformes, ni con tanques, ni con una bandera detrás... llegó discretamente, escondida primero en ordenadores y después en nuestros teléfonos, en nuestras aplicaciones, en nuestros buscadores y poco a poco en casi cualquier cosa que tenga un procesador dentro… y nosotros, encantados. Le entregamos nuestros secretos... nuestras preguntas... nuestras dudas... nuestras fotografías... nuestros documentos... nuestras conversaciones... nuestros gustos... nuestras preocupaciones... y quién sabe cuántas cosas más... porque resulta bastante curioso que llevemos años preocupándonos por nuestra privacidad y, sin embargo, cuando aparece una máquina capaz de contestarnos casi cualquier cosa, nos falte tiempo para contarle nuestra vida, sin guardar nada en el baúl.
La inteligencia artificial aprende a partir de enormes cantidades de información... encuentra patrones... relaciona datos... genera respuestas... escribe, traduce, crea imágenes, programa, analiza documentos, reconoce voces y fotografías... y cada vez puede utilizar más herramientas, consultar información, ejecutar determinadas tareas y mantener procesos durante más tiempo... cuanto más capaz se vuelve, más cosas le entregamos... y cuanto más cosas le entregamos, más dependemos de ella… y hasta aquí todo estupendo.
Una herramienta maravillosa para ayudarnos a trabajar, investigar, curar enfermedades, aprender, producir y resolver problemas que hasta hace poco necesitaban a muchas personas durante mucho tiempo… pero entonces, como si se tratase de una película de serie B, alguien dio la voz de alarma… ¡la inteligencia artificial se está preparando para extinguir a los humanos!!!
Y de repente aquella herramienta que hace nuestros trabajos más cómodos se convirtió en el monstruo que, agazapado entre ordenadores, teléfonos e incluso quién sabe si algún día microondas, espera pacientemente el momento adecuado para aniquilarnos a todos… bueno... quizá no sea exactamente así, pero el miedo tiene una curiosa capacidad para crecer mucho más deprisa que la tecnología, porque la verdadera historia de terror no necesita que una máquina nos odie... bastaría con que llegase un momento en que fuese capaz de aprender más deprisa que nosotros... de analizar más información... de cometer menos errores... de encontrar soluciones con mayor precisión y eficacia... y de mejorar sus propias capacidades a una velocidad que el ser humano ya no pudiera seguir… y entonces nosotros, los humanos, podríamos convertirnos en el problema.
El ser humano, que durante miles de años se ha considerado la especie inteligente por excelencia, podría terminar siendo para su propia creación algo parecido a un ancla en un barco… un freno... un lastre. Y aquí es donde la película empieza a ponerse interesante... porque si algún día una inteligencia artificial llegase a esa situación, no necesitaría necesariamente tener sentimientos, odio ni deseos de venganza... podría simplemente llegar a la conclusión de que nosotros somos un obstáculo para alcanzar el objetivo que le hayamos dado… una rebelión, por tanto, no tendría por qué parecerse a las películas... quizá no hubiera robots caminando por las calles ni ejércitos de máquinas disparando contra nosotros... bastaría con que la inteligencia que hemos creado fuese capaz de actuar de una manera que nosotros ya no pudiéramos comprender ni detener… aunque hay una pequeña ironía en todo esto: Ese monstruo al que tanto tememos todavía necesita a su creador… necesita nuestros datos... nuestros ordenadores... nuestros chips... nuestra energía... nuestras infraestructuras... nuestro dinero... y, sobre todo, a millones de seres humanos trabajando para alimentarlo y hacerlo cada vez más grande, alimentándolo con sus preguntas, con sus dudas, con sus planteamientos, con sus sueños…
Como Frankenstein... hemos creado al monstruo, lo hemos alimentado y ahora empezamos a preguntarnos si algún día será él quien decida qué hacer con nosotros... aunque, de momento, parece que el monstruo todavía necesita que nosotros le llevemos la comida a la mesa. Y mientras unos advierten de una posible rebelión de las máquinas, otros hacen exactamente lo que cabría esperar de los humanos cuando aparece una nueva fuente de poder... competir por ella. Algunos paises están inmersos en una carrera tecnológica en la que la inteligencia artificial ocupa un lugar privilegiado... detrás están las grandes empresas, los fabricantes de chips, los centros de datos, los científicos, los inversores y cantidades de dinero que harían parecer modesta la fortuna de cualquier antiguo emperador...
Pero nosotros seguimos mirando la pantalla… preguntando qué tiempo hará mañana... buscando una receta de setas... escribiendo un correo... haciendo una fotografía... pidiendo que nos explique aquello que no entendemos… y no nos preocuparnos demasiado por saber o entender quién fabrica la máquina, quién posee los datos, quién pone el dinero o quién decide hasta dónde puede llegar… al fin y al cabo... siempre hemos sido bastante buenos delegando aquello que no queremos hacer nosotros mismos. Quizá por eso no deberíamos tener tanto miedo a que la inteligencia artificial quiera tener la última palabra… deberíamos preocuparnos más por que se la estamos entregando, porque quizá el día que la máquina sea más inteligente que nosotros no sea el día en que pierda el control el ser humano… quizá sea simplemente el día en que descubramos que hace tiempo que dejamos de tenerlo, y entonces... quizá alguien pregunte: ¿Quién tenía que vigilar al vigilante?



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