miércoles, 2 de septiembre de 2026

Publicidad

Quien espera que otro abra su puerta, ya ha elegido su prisión.

La publicidad nos vende cualquier cosa (y regala fama a cualquiera)... no importa si el producto es bueno, si el cuadro merece estar en el Louvre o si la canción tiene algo que decir... lo único que importa es que alguien, en algún despacho, decida que le ha llegado el turno de brillar, y nosotros, dóciles, aplaudimos... porque si algo hemos demostrado como especie es que somos bastante fáciles de convencer (un poco borregos, para qué engañarnos)... nos ponen un cartel bonito delante y vamos todos en fila hacia donde nos señalan… rebajaws, ofertas, liquidación… no, no nos podemos resistir.

La Gioconda era un cuadro más hasta que la robaron en 1911... antes de eso, ni siquiera era la pieza más admirada del Louvre (había otras consideradas superiores). El robo la puso en todos los periódicos del mundo, y esa publicidad (involuntaria, pero publicidad al fin y al cabo) hizo el resto... hoy millones de turistas hacen largas colas para fotografiar, durante tres segundos y desde quince metros de distancia, un cuadro pequeño y oscuro que la mayoría no sabría explicar por qué es una obra maestra (porque en realidad no lo saben... simplemente les han dicho que lo es, y con eso basta).

Una canción pasa desapercibida hasta que alguien decide que ha de sonar en todas las radios, en todos los anuncios y en todos los vídeos de quince segundos... entonces, por pura repetición, empieza a gustarnos… realmente la confundimos con el gusto propio, cuando lo que ocurre es puro desgaste... como una piedra en el zapato que deja de molestar de tanto llevarla). Un libro es escrito, casi en silencio, y la publicidad lo convierte en best seller, y de ahí, a la película, a la serie, a la taza y a la camiseta... hay obras maestras absolutas que jamás vendieron nada, y mediocridades notables que llenaron estanterías... la diferencia casi nunca fue el talento, sino quién apretó el botón de difundirlo.

Y si hace falta una prueba de lo dóciles que somos, ahí está el tabaco... durante décadas, fumar era sinónimo de ser un hombre (el vaquero de Marlboro, el galán de cine con el cigarro colgando, el tipo duro que no necesitaba explicar nada). Generaciones enteras encendieron su primer cigarro no por gusto, sino por encajar en ese cartel. Hoy, con la misma facilidad con la que tragamos aquello, tragamos lo contrario: fumar es de sucios, de faltos de voluntad, de gente que no se cuida... el producto es el mismo, el cuerpo que se enferma es el mismo, lo único que ha cambiado es el guion que nos han entregado… y ahí seguimos, cambiando de opinión al ritmo que nos marcan, convencidos cada vez de que esta vez sí pensamos por nosotros mismos.

Hoy el cartel se ha puesto verde... basta con escribir "eco", "bio" o "sostenible" en una etiqueta para que el producto suba de precio y de prestigio... nos venden la palabra, no la cualidad... el tomate "ecológico" apenas se diferencia del de siempre salvo en el envoltorio y en el ticket de caja, pero compramos la etiqueta con la misma fe con la que antes comprábamos el cigarro que nos hacía hombres... porque la palabra tranquiliza la conciencia mucho más rápido de lo que cualquier análisis nutricional podría hacerlo.

Y no acaba ahí... Un político mediocre gana elecciones porque ha pagado mejores anuncios que el rival. Un producto inútil se agota porque un influencer lo enseñó treinta segundos. Un restaurante malo tiene lista de espera porque salió en Instagram. Directa o indirectamente, la publicidad condiciona nuestra vida entera... nos dice qué comprar, a quién votar, qué ver, qué escuchar, qué leer, qué fumar o dejar de fumar... y, sospecho, también qué esperar de a quién amamos.

¿También en el amor?...

Aquí, más que publicidad, lo que nos venden es expectativa (que quizás sea la publicidad más eficaz de todas, porque no anuncia un producto, sino un deseo). Llevamos décadas dejando que el cine, las series, las canciones y ahora las redes sociales nos muestren el amor como algo maravilloso, sin fisuras, filmado siempre en el mejor momento del día... Y nosotros, borregos también en esto, nos lo creemos. Pero la vida real no tiene guion ni banda sonora: tiene hipotecas, niños que no duermen, cuñados en las comidas familiares y horarios de trabajo que no encajan ni con el mejor de los amores.

Y ahí está, creo, la trampa de fondo: la expectativa no es solo que el amor sea perfecto, es que la pareja nos complemente a nosotros (eso lo deseamos todos, sin excepción)... pero pocas veces estamos igual de dispuestos a complementar a la pareja, a ceder “lo nuestro”. Queremos que nos entiendan sin explicarnos, que nos sostengan sin pedirnos sostener, que rellenen nuestros huecos sin que se note el esfuerzo que a nosotros nos cuesta rellenar los suyos. Y cuando esa cuenta no cuadra, que casi nunca cuadra, comienzan las decepciones… llegan los conflictos, y en vez de pensar "esto es lo normal, hay que trabajarlo", pensamos "esto no es lo que me prometieron"... con el tiempo, eso nos lleva al cansancio y al abandono.

Y los números, la verdad, no desmienten esta teoría... En España, en 2024, se celebraron más de 175.000 matrimonios y se registraron más de 86.000 rupturas , o dicho de otro modo, por cada dos bodas hubo prácticamente una ruptura ese mismo año... justo el momento en que la rutina, la crianza y los deseos personales sin cumplir chocan con más fuerzay nace la famosa "crisis de los 40", que quizás no sea más que el instante exacto en que la expectativa y la realidad, por fin, se miran a la cara.

Antiguamente la mayoría de la gente se casaba por interés o por costumbre, buscando sobre todo que el otro fuese buena persona (una aventura tan incierta como la de ahora), sin peliculas, ni canciones de amor en cada esquina, sin ninguna instrucción o referencia de lo debería ser el amor... no había publicidad de cómo han de ser las parejas, ni el ideal de llegar a casa y disfrutar de la vida ese instante, cuando el cansancio del trabajo les derrotaba irrenediablemente.Quizas aquello no buscaba el romanticismo si no tan solo sobrevivir en pareja, acompañarse y hacerse uno, aunque la mayoría de las veces, uno mandaba y el otro obedecía… pero ahora, buscamos aquello que pensamos que es (y quizás lo sea) y comparamos como si estuviesemos mirando un escaparate, y ante el menor reproche nos escudamos en nuestra llamada libertad de elección.




sábado, 29 de agosto de 2026

Filas

 


Toda verdad miente; toda mentira revela.

Nos pasamos la vida planificando... la hipoteca a treinta años, el plan de pensiones, la boda, las vacaciones del verano que viene. Rellenamos agendas hasta 2040 como si tuviéramos un contrato en exclusiva con el tiempo... Y sin embargo hay una cita a la que todos estamos invitados, sin excepción, sin posibilidad de cancelar ni de mandar a alguien en nuestro lugar, y de la que nadie quiere hablar en la sobremesa.

La muerte es la única democracia real que conozco... no pregunta por tu cuenta corriente, ni por tu currículum, ni por cuántos seguidores tienes. Al rico le llega igual que al pobre, solo que el rico suele llegar en un ataúd más caro, como si la madera fuera a impresionar a alguien ahí abajo. El listo no la esquiva pensando más rápido, y el guapo tampoco le hace ojitos para que pase de largo... es lo más justo que existe, y por eso, curiosamente, es lo que menos nos gusta.

Hemos convertido la palabra "muerte" en un tabú tan grande que preferimos decir "ha fallecido", "nos ha dejado", "ya no está" (cualquier eufemismo con tal de no pronunciar la palabra completa, como si nombrarla fuera a darle ideas). Mientras tanto seguimos comprando cremas antiarrugas, contando calorías y publicando fotos en las que salimos "geniales para la edad que tenemos"... como si el objetivo final fuera llegar guapos al ataúd y no vivir, sencillamente, mientras se pueda.

Y hablando de publicar fotos: hay quien se juega literalmente el pellejo por conseguir el plano perfecto en un acantilado, o por completar un reto absurdo inventado por un algoritmo que no sabe ni pronunciar su nombre. Arriesgan la única vida que tienen a cambio de unos segundos de atención ajena, como si morir por un like fuera menos ridículo que morir por cualquier otra cosa... Y sin embargo, a pocos metros de esa temeridad hueca, hay padres y madres que entregan esa misma vida sin pedir nada a cambio, ni un aplauso ni una notificación, con tal de que sus hijos sigan respirando un segundo más. Dos formas de jugarse la existencia que no podrían estar más lejos la una de la otra (una busca ser vista, la otra solo busca que el otro siga vivo).

Lo curioso es que esta certeza absoluta (la única, la que no admite matices ni segundas interpretaciones) es precisamente la que más ignoramos al organizar nuestros días. Hacemos listas de tareas pendientes para dentro de veinte años y dejamos "vivir de verdad" en el último puesto, justo después de "ordenar el trastero"... total, ya habrá tiempo.

Nos han enseñado a posponerlo todo... a trabajar para descansar, a ahorrar para disfrutar, a aguantar para vivir algún día, como si la existencia fuera un billete de ida que todavía no hemos validado. Y así vamos dejando pasar los días con la obediencia de quien cree que el mañana es una propiedad privada... cuando en realidad el mañana no promete nada, no firma nada y, desde luego, no espera a nadie.

Hay quien muere dejando fortunas, y quien muere sin haber tenido ni un minuto suyo; quien se apaga rodeado de nombres y quien se va en una habitación donde nadie pronuncia el suyo... Pero la diferencia verdadera no está ahí, sino en si se vivió o solo se resistió el paso del tiempo con la esperanza de que un día la vida, por fin, empezara.

No propongo obsesionarse ni volverse un ave de mal agüero en cada cena familiar. Solo digo que quizás valdría la pena recordar, de vez en cuando, que la fila avanza para todos por igual, y que mientras esperamos nuestro turno, lo más sensato sería dejar de fingir que no estamos en ella... porque la tragedia no es morir. La tragedia es llegar al final con la sensación de haber pasado por el mundo en calidad de borrador.



jueves, 20 de agosto de 2026

Fanatismo

 


La noche no conoce fronteras.

Cuando se habla de fanatismo, lo primero que nos viene a la mente es la religión: sus extremismos contra otras creencias, sus castigos y penitencias para quien osa desviarse de la norma, su afán de domeñar conciencias en nombre de un dios que, curiosamente, nunca habla por sí mismo… es la imagen cómoda, la que nos permite señalar al otro y sentirnos satisfechos por hacer lo correcto… pero hay un fanatismo más rentable, más antiguo y peor vestido: el político, ese que viste traje, bandera y discurso de prosperidad, y que ha enviado a morir a más hombres sencillos que todos los sermones juntos.

Desde casi siempre se ha luchado por la conquista de territorios y de poder. Reyes y caudillos exigían a los suyos marchar a la guerra esgrimiendo un deber sagrado de honor, o una amenaza constante de muerte para quien se negara... el campesino no entendía de fronteras ni de dinastías; entendía de miedo, de hambre y de obediencia. Marchaba, eso sí, con la promesa de que defendía algo suyo. Casi nunca lo era. Cuando volvía, si volvía, la tierra seguía en manos del señor y la gloria, en el escudo del rey… el pueblo ponía los cuerpos, los de arriba, los epílogos.

Luego se comenzó a luchar, dicen, por la libertad y la independencia, y hombres voluntariosos, de verbos encendidos, se encargaron de convencer a las clases inferiores de que era necesaria la lucha para conquistar esa libertad tan bonita…  voluntariosos y oportunistas, que sabían que la revolución, como la guerra, se gana con sangre ajena. Una vez derribado el viejo orden, el pueblo apenas recogía migajas… la miseria cambiaba de nombre, y el amo, de uniforme. Pero siempre, siempre, hubo quien supo colocarse junto al vencedor a tiempo. Esos nuevos ilustres, ese puñado de pragmáticos de pacotilla, aprovecharon su flamante estatus de poder más para cometer abusos que para cumplir las exigencias que el cargo reclamaba. La revolución, otra vez, fue el relevo en la pista de los mismos corredores.

Y así, los diferentes regímenes políticos (sea del color que sea) han estado sustentados por aquellos pocos que siempre han ostentado el poder y que rara vez están dispuestos a soltarlo. El poder no se entrega, se defiende como un feudo, se hereda, se compra, se reinventa con cada época para que nada cambie demasiado… lo cambian todo para que nada cambie, y el pueblo, ese eterno novato de la historia, sigue creyendo promesas y encumbrando, casi idolatrando, a quienes repiten una y otra vez sus arengas de prosperidad, democracia, paz, libertad…  palabras que, en boca del poder, no suelen significar exactamente lo que dicen.

El soldado de ayer moría por su rey sin preguntar. El ciudadano de hoy defiende a su presidente con el mismo automatismo, solo que con wifi. Cambia el escenario; el guión apenas se retoca… antes había que morir por el rey, luego por la patria, luego por la revolución… hoy nos hablan de seguridad, de amenazas, de "los nuestros". Qué expresión tan cómoda para dejar de ver personas y empezar a ver bandos…y aquí conviene ser honestos, pues muchas veces ni siquiera estamos a favor de “los nuestros" y no nos importan sus ideas… estamos en contra de “los otros” aunque  ni hemos leído sus argumentos, no conocemos sus razones, no nos hemos molestado en preguntar qué piensan ni por qué lo piensan. Simplemente nos han enseñado, desde niños, que hay que odiarlos, y nos hemos convertido en incondicionales de un bando sin haber examinado nunca sus ideas, sólo por oposición reflexiva a las del otro. No es lealtad: es odio heredado con forma de identidad. Y en cuanto el otro deja de ser persona, todo lo que le hagamos se vuelve, milagrosamente, justificable.

El fanatismo político no necesita catecismo, necesita palanca y pan. Extremistas radicales sin un solo día de formación reciben un arma (o un cargo político, que es otra forma de arma) y se convierten en férreos defensores de quienes les han dado esa pizca de autoridad y un poco más de comida (o dinero) que a los que someten. No defienden una idea… defienden su ración. Es la lealtad del perro agradecido, que muerde al que su amo le señale y lame la mano que le pega.

Pero hay otra variante, más sutil y quizá más triste: la de los que no reciben arma ni pan, sino solo eslogan. Esos siguen como fieles mascotas a sus presidentes, apoyándolos una y otra vez en las urnas, pase lo que pase, caiga quien caiga, mienta quien mienta. Como ha ocurrido en Israel, donde el aparato del Estado ha sido capaz de sostener un discurso de "defensa" mientras algunos de sus ministros dicen en voz alta lo que otros solo piensan: El 16 de agosto de 2026, Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Israel, defendía públicamente que su país debería realizar entre 30 y 40 asesinatos selectivos cada noche en Gaza, y que no debía limitarse únicamente a quienes representaran una amenaza inmediata. "Hay gente allí que no merece vivir", añadió; "ni siquiera son personas". Lo dijo en un podcast, sin rubor, como quien pide la cuenta en un bar. Y el mundo, ese mundo de organismos internacionales y tratados solemnes, lo escuchó, frunció el ceño y siguió mirando para otro lado.

¿Acaso no somos capaces de reaccionar? ¿Acaso la democracia no debía ser el poder del pueblo, nuestro poder? Parece que hay controversia al respecto, y que al final es el poder de unos pocos el que consigue que el mundo se adapte a sus gustos, omitiendo las necesidades reales de una mayoría que, sin embargo, sigue defendiendo a sus líderes a pesar de todo. La democracia se ha convertido, con el tiempo, en una liturgia, un ritual cada cuatro años donde el creyente marca su papeleta como quien enciende una vela, y sale del templo convencido de que esta vez el milagro será distinto. No lo es. Nunca lo ha sido.

Platón, dijo algo así como “la justicia no es otra cosa que el interés de quien sustenta el poder”...  y ahí están todos los organismos internacionales, todos los tratados, todas las leyes... todo es un papel guardado en un armario mientras los poderosos juegan sus cartas apostando, la mayoría de las veces, no con su poder, si no con los derechos del  pueblo llano, porque esa es la gran estafa del fanatismo político, que el fanático rara vez es el que manda… es el que obedece, el que cree, el que idolatra, el que mata o el que vota convencido de servir a una causa noble, cuando solo está sirviendo la mesa de unos pocos que brindan con vino ajeno. El fanatismo religioso exige fe; el político, algo peor: exige conformidad y la disfraza de virtud cívica.

El honor sagrado, el deber de patria, la libertad, la seguridad, la prosperidad: siempre las mismas palabras, siempre al servicio de los mismos bolsillos. Hasta que el pueblo entienda que el fanatismo más peligroso no es el que grita "Dios es grande", sino el que murmura "es por tu bien", seguiremos poniendo los cuerpos que ellos no quieren poner. Y, mientras tanto, los armarios de la justicia seguirán llenos de papeles que nadie se molesta en leer, custodiados por los mismos que nunca piensan obedecerlos.

Hemos llegado a la Luna, hemos descifrado el código de la vida, hemos construido máquinas que piensan por nosotros (a veces literalmente) y sin embargo seguimos sin aprender lo único elemental… dejar de matarnos en cuanto alguien nos convence de que el otro se lo merece. Cambiamos de reyes, de dioses, de banderas, de presidentes… cambiamos las palabras. Pero seguimos necesitando obedecer a alguien y seguimos encontrando motivos para creer que, esta vez sí, será distinto.

Quizá la libertad no consista solo en elegir quién nos gobierna, sino en conservar la capacidad de decirle que no, de preguntarle por qué, de no dejar que nadie nos convenza de que una vida vale menos que otra, porque si somos capaces de obedecer, creer y matar solo porque alguien nos lo pide con la corbata puesta... ¿de qué nos sirve llamarnos la especie superior?




miércoles, 5 de agosto de 2026

Ayudas


El bien y el mal comparten el mismo límite.

La empatía no suele pedir permiso. Aparece de repente, casi como un reflejo, cuando alguien tropieza en la calle y cae al suelo. Entonces nadie pregunta, nadie calcula, nadie examina al otro... simplemente se acerca, tiende la mano y ayuda. Durante unos segundos, desaparecen las diferencias de credos, razas, sexos...  y solo queda lo esencial, el reconocimiento de otro ser humano en apuros. Es una verdad sencilla, casi instintiva, que parece recordarnos quiénes somos en lo más profundo.

Sin embargo, cuando ese mismo gesto se traslada del individuo a la multitud, algo cambia... la cercanía se convierte en distancia, la urgencia en sospecha y la ayuda en discusión. De pronto aparecen palabras como "límite", "control" o "capacidad", que no son en sí mismas injustas, pero que a veces se utilizan como muros antes que como herramientas. Lugares como Ceuta se convierten entonces en escenarios donde no solo llegan personas, sino también miedos, discursos y silencios incómodos.

Es cierto que ningún lugar puede acoger sin medida. Las ciudades, los recursos y las estructuras tienen un alcance finito, y negarlo sería ingenuo. Ceuta no puede acoger, no solo a los más de 70.000 individuos que entraron en la ciudad, sino, para ser realmente justos, a los cientos de miles que no cruzaron y cuyas necesidades son las mismas que las de quienes si lo hicieron. La bondad no puede ser infinita cuando no se tienen los recursos para llevarla a cabo.

Y ahí está la contradicción: se pide generosidad a quien no tiene capacidad, mientras otros, con medios de sobra, se quedan impasible mientras discuten en despachos y comentan en discursos... es curioso cómo, de repente, la responsabilidad se vuelve difusa, se delega, se traspasa como si fuese algo que pueda comprarse, y se reparte esa obligación entre las distintas ONGs que hacen lo que pueden con lo que tienen. Mientras tanto, desde los despachos, se firma, se declara, se aplaude la propia humanidad, y se espera el siguiente titular para decidir si toca ser compasivo o firme, según convenga al calendario electoral.

Quizás el reto no sea elegir entre abrir o cerrar, sino no olvidar ese gesto inicial, el de la mano que se tiende sin condiciones ni etiquetas. Porque si esa reacción espontánea nos define como individuos, lo que decidimos hacer después (como sociedad) define algo aún más importante: hasta qué punto estamos dispuestos a parecernos a esa mejor versión de nosotros mismos, y hasta qué punto estamos dispuestos a exigir que otros también lo hagan, incluidos aquellos que, desde la seguridad de su puesto, hablan de acogida como quien habla del tiempo: con la certeza de que no les va a llover encima.



jueves, 23 de julio de 2026

Metamorfosis



La semilla de la cicuta, porta la vida y lleva la muerte…

En los últimos meses, he pasado varias veces por el centro de mi ciudad. No sé exactamente cuándo comenzó, pero cada vez que camino por sus calles tengo la sensación de estar visitando un lugar que conozco y, al mismo tiempo, ya no reconozco. Quizá sea porque cada vez hay más edificios en obras, ocultando la hermosa arquitectura que les daba su particular personalidad tras grandes lonas sujetas a los andamios; lonas que, la mayoría de las veces, se empeñan en convencernos de todo aquello que necesitamos comprar, visitar o consumir. Detrás de ellas, las fachadas se restauran, se limpian y recuperan su esplendor. Y, sin embargo, algo parece perderse en el proceso, porque no siempre restaurar un edificio significa conservar una ciudad.

Aquellas viviendas que ocuparon los vecinos durante décadas, algunas durante varias generaciones, se transforman poco a poco. Las casas donde nacieron niños, donde se celebraron cumpleaños, donde se velaron a los muertos y donde muchas personas envejecieron mirando por sus ventanas las mismas calles con su mismo ritmo de vida, se convierten ahora en hoteles, alojamientos para quienes llegan durante unos días y se marchan antes de haber tenido tiempo de conocer verdaderamente el lugar, o en centros comerciales donde las ventanas se convierten en escaparates sin remordimiento de lo que allí hubo no hace tanto tiempo. Los edificios permanecen, pero lentamente y sin descanso, sus habitantes desaparecen.

Tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de expulsión: no derribar los edificios, sino volver imposible la vida en ellos. Poco a poco, las viviendas del centro dejan de pasar de una generación a otra, porque mantenerlas resulta cada vez más costoso y, en muchos casos, no hay relevo generacional que las sostenga. Así, los herederos se ven empujados a vender, y los pisos que durante décadas pertenecieron a una misma familia terminan transformándose en otra cosa. No es que esas familias se marchen por voluntad propia; es que el auge del turismo, la presión del mercado y el encarecimiento de la vida acaban por expulsarlas de un lugar que antes era suyo.

Poco a poco, los barrios pierden a quienes les daban continuidad. No se pierde solo una familia: se pierde el niño que bajaba a jugar a la plaza, la mujer que saludaba desde el balcón, el hombre que compraba el periódico todas las mañanas, la anciana que conocía a todos los vecinos y a todos les dedicaba unos minutos de charla, el tendero que sabía qué compraba cada cliente. Se marcha, con ellos, una pequeña parte de la memoria del barrio.

Después comienzan a desaparecer los comercios que daban sentido a la vida cotidiana. La ferretería de toda la vida se transforma en un bar de comida rápida. La papelería deja su espacio a una tienda de recuerdos y souvenirs. El bar donde se servían las mejores tapas del barrio ahora ofrece tostas de salmón y aguacate con ingredientes exóticos y precios elevados. La mercería de doña Enriqueta, que durante décadas vistió, remendó y atendió a varias generaciones de vecinos, ahora vende ropa deportiva de una conocida marca, acompañada en los escaparates por las caras sonrientes de famosos deportistas. Y la librería donde se compraban libros más que usados y se intercambiaban novelas y tebeos ha desaparecido para dejar paso a una especie de supermercado abierto prácticamente todo el día.

No es que los nuevos negocios sean malos, ni que una ciudad deba permanecer congelada en el tiempo. Las ciudades siempre han cambiado, y deben hacerlo. Pero existe una diferencia entre una ciudad que cambia porque sus habitantes cambian y una ciudad que cambia para dejar de pertenecer a sus habitantes. Y esa diferencia es, quizá, la que más tristeza produce. Porque el problema no es que aparezca un restaurante nuevo; el problema es cuando ya no queda ningún lugar donde comprar aquello que necesita un vecino, cuando ya no hay una tienda donde te conozcan por tu nombre, cuando el bar deja de ser el lugar donde se reúnen los habitantes del barrio y se convierte en un espacio diseñado para que alguien se siente, fotografíe la comida y se marche.

Cuando las tiendas ya no venden cosas que la gente necesita, sino recuerdos de un lugar que, paradójicamente, ya no conserva la vida que esos recuerdos pretenden representar, el centro de la ciudad comienza entonces a parecerse a un escenario. Un escenario hermoso, quizá. Un escenario restaurado, iluminado y cuidadosamente preparado. Pero un escenario, al fin y al cabo.

Las calles se llenan de turistas, taxis, autobuses, vehículos de reparto y camionetas que abastecen a todos los negocios que viven de ese flujo constante de visitantes. Las aceras se llenan de maletas con ruedas. Las terrazas ocupan cada vez más espacio. Las calles se convierten en lugares de tránsito y, en medio de todo ello, los vecinos parecen convertirse poco a poco en una presencia extraña, exótica a veces, incómoda otras, como si quienes vivieron allí durante décadas tuvieran que pedir permiso para seguir haciéndolo.

Quizá algún día alguien abandone su barrio por última vez sin saber que está haciéndolo. Cerrará la puerta de su casa, mirará una última vez la escalera, bajará por unas calles que conoce desde niño, pasará frente al comercio donde compró durante años, saludará al último vecino que todavía reconoce y se marchará. No porque quiera, sino porque ya no puede quedarse. Aquel barrio ya no es el suyo. Y cuando lo haga, tal vez no haya ningún titular en los periódicos, no habrá cámaras de televisión, no se hablará de ello en las noticias. Nadie dirá que una parte de la ciudad acaba de perder a uno de sus habitantes. Simplemente, un piso quedará vacío y, casi sin tiempo, será reformado; y en poco tiempo alguien llegará con una maleta y, durante unos días, quizá, ocupará la casa de quien tuvo que marcharse.

Es extraño pensar que una ciudad puede llenarse de personas y, al mismo tiempo, quedarse cada vez más vacía, porque el turismo llena las calles, pero no necesariamente llena una ciudad. Una ciudad no es simplemente la cantidad de personas que caminan por ella; es también la cantidad de personas que permanecen, las que regresan cada noche a su hogar, las que conocen sus estaciones, las que recuerdan cómo era una plaza antes de que la reformaran, las que saben que en la tienda de Julia antes atendía su padre y antes de este su abuelo, las que han visto crecer a sus hijos y envejecer a sus padres en las mismas calles.

Una ciudad es también la memoria de quienes la habitan, y cuando sus habitantes son expulsados, o mejor dicho, desplazados a otros lugares, la ciudad puede conservar sus edificios y perder, sin embargo, su alma. Porque, curiosamente, los centros históricos de muchas ciudades están empezando a parecerse demasiado entre sí, hasta el punto de que a veces da igual estar aquí o allá. Se conservan las fachadas, se restauran los monumentos, se iluminan las calles, se multiplican los restaurantes, los hoteles, las tiendas de recuerdos y las grandes marcas, pero desaparece lentamente aquello que hacía que una ciudad fuera diferente de otra: sus pequeños comercios donde te fiaban sin problema, sus bares de siempre donde conocías a los camareros, las conversaciones de quienes se encuentran por la calle y hablan del tiempo, del fútbol o del gobierno, sus olores, como el de la panadería cuando hornea o el de los detergentes con los que se limpian las aceras, sus sonidos, que casi son los que marcan el ritmo cuando empieza el día, cuando los colegios tienen recreo, cuando es la hora de comer. Toda esa mezcla de elementos aparentemente insignificantes que, juntos, construían algo imposible de comprar: la personalidad de un lugar.

Hemos conseguido algo extraño: conservar el escenario y cambiar a los actores. Conservar las casas y expulsar a quienes las hicieron hogar. Conservar las calles y perder a quienes caminaron por ellas. Conservar la apariencia de la ciudad y olvidar la vida que le daba sentido.

Y quizá lo más triste sea que todo esto suele presentarse como progreso, como modernización, como revitalización, como una oportunidad de desarrollo. Antes, las ciudades no eran un producto que se consume, sino un lugar donde sus habitantes encontraban refugio, trabajo, futuro, amor, risas y donde asentaban su vida y la de los suyos. Quizá por eso ahora nos gusta el mundo rural, que conserva esa esencia de barrio, donde todo nos parece pintoresco, mientras dejamos que eso que llamamos desarrollo siga expulsándonos de nuestra historia, de nuestra ciudad y del lugar donde los nuestros crearon, con esfuerzo y tesón, sus vidas.