jueves, 23 de julio de 2026



La semilla de la cicuta, porta la vida y lleva la muerte…

En los últimos meses, he pasado varias veces por el centro de mi ciudad. No sé exactamente cuándo comenzó, pero cada vez que camino por sus calles tengo la sensación de estar visitando un lugar que conozco y, al mismo tiempo, ya no reconozco. Quizá sea porque cada vez hay más edificios en obras, ocultando la hermosa arquitectura que les daba su particular personalidad tras grandes lonas sujetas a los andamios; lonas que, la mayoría de las veces, se empeñan en convencernos de todo aquello que necesitamos comprar, visitar o consumir. Detrás de ellas, las fachadas se restauran, se limpian y recuperan su esplendor. Y, sin embargo, algo parece perderse en el proceso, porque no siempre restaurar un edificio significa conservar una ciudad.

Aquellas viviendas que ocuparon los vecinos durante décadas, algunas durante varias generaciones, se transforman poco a poco. Las casas donde nacieron niños, donde se celebraron cumpleaños, donde se velaron a los muertos y donde muchas personas envejecieron mirando por sus ventanas las mismas calles con su mismo ritmo de vida, se convierten ahora en hoteles, alojamientos para quienes llegan durante unos días y se marchan antes de haber tenido tiempo de conocer verdaderamente el lugar, o en centros comerciales donde las ventanas se convierten en escaparates sin remordimiento de lo que allí hubo no hace tanto tiempo. Los edificios permanecen, pero lentamente y sin descanso, sus habitantes desaparecen.

Tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de expulsión: no derribar los edificios, sino volver imposible la vida en ellos. Poco a poco, las viviendas del centro dejan de pasar de una generación a otra, porque mantenerlas resulta cada vez más costoso y, en muchos casos, no hay relevo generacional que las sostenga. Así, los herederos se ven empujados a vender, y los pisos que durante décadas pertenecieron a una misma familia terminan transformándose en otra cosa. No es que esas familias se marchen por voluntad propia; es que el auge del turismo, la presión del mercado y el encarecimiento de la vida acaban por expulsarlas de un lugar que antes era suyo.

Poco a poco, los barrios pierden a quienes les daban continuidad. No se pierde solo una familia: se pierde el niño que bajaba a jugar a la plaza, la mujer que saludaba desde el balcón, el hombre que compraba el periódico todas las mañanas, la anciana que conocía a todos los vecinos y a todos les dedicaba unos minutos de charla, el tendero que sabía qué compraba cada cliente. Se marcha, con ellos, una pequeña parte de la memoria del barrio.

Después comienzan a desaparecer los comercios que daban sentido a la vida cotidiana. La ferretería de toda la vida se transforma en un bar de comida rápida. La papelería deja su espacio a una tienda de recuerdos y souvenirs. El bar donde se servían las mejores tapas del barrio ahora ofrece tostas de salmón y aguacate con ingredientes exóticos y precios elevados. La mercería de doña Enriqueta, que durante décadas vistió, remendó y atendió a varias generaciones de vecinos, ahora vende ropa deportiva de una conocida marca, acompañada en los escaparates por las caras sonrientes de famosos deportistas. Y la librería donde se compraban libros más que usados y se intercambiaban novelas y tebeos ha desaparecido para dejar paso a una especie de supermercado abierto prácticamente todo el día.

No es que los nuevos negocios sean malos, ni que una ciudad deba permanecer congelada en el tiempo. Las ciudades siempre han cambiado, y deben hacerlo. Pero existe una diferencia entre una ciudad que cambia porque sus habitantes cambian y una ciudad que cambia para dejar de pertenecer a sus habitantes. Y esa diferencia es, quizá, la que más tristeza produce. Porque el problema no es que aparezca un restaurante nuevo; el problema es cuando ya no queda ningún lugar donde comprar aquello que necesita un vecino, cuando ya no hay una tienda donde te conozcan por tu nombre, cuando el bar deja de ser el lugar donde se reúnen los habitantes del barrio y se convierte en un espacio diseñado para que alguien se siente, fotografíe la comida y se marche.

Cuando las tiendas ya no venden cosas que la gente necesita, sino recuerdos de un lugar que, paradójicamente, ya no conserva la vida que esos recuerdos pretenden representar, el centro de la ciudad comienza entonces a parecerse a un escenario. Un escenario hermoso, quizá. Un escenario restaurado, iluminado y cuidadosamente preparado. Pero un escenario, al fin y al cabo.

Las calles se llenan de turistas, taxis, autobuses, vehículos de reparto y camionetas que abastecen a todos los negocios que viven de ese flujo constante de visitantes. Las aceras se llenan de maletas con ruedas. Las terrazas ocupan cada vez más espacio. Las calles se convierten en lugares de tránsito y, en medio de todo ello, los vecinos parecen convertirse poco a poco en una presencia extraña, exótica a veces, incómoda otras, como si quienes vivieron allí durante décadas tuvieran que pedir permiso para seguir haciéndolo.

Quizá algún día alguien abandone su barrio por última vez sin saber que está haciéndolo. Cerrará la puerta de su casa, mirará una última vez la escalera, bajará por unas calles que conoce desde niño, pasará frente al comercio donde compró durante años, saludará al último vecino que todavía reconoce y se marchará. No porque quiera, sino porque ya no puede quedarse. Aquel barrio ya no es el suyo. Y cuando lo haga, tal vez no haya ningún titular en los periódicos, no habrá cámaras de televisión, no se hablará de ello en las noticias. Nadie dirá que una parte de la ciudad acaba de perder a uno de sus habitantes. Simplemente, un piso quedará vacío y, casi sin tiempo, será reformado; y en poco tiempo alguien llegará con una maleta y, durante unos días, quizá, ocupará la casa de quien tuvo que marcharse.

Es extraño pensar que una ciudad puede llenarse de personas y, al mismo tiempo, quedarse cada vez más vacía, porque el turismo llena las calles, pero no necesariamente llena una ciudad. Una ciudad no es simplemente la cantidad de personas que caminan por ella; es también la cantidad de personas que permanecen, las que regresan cada noche a su hogar, las que conocen sus estaciones, las que recuerdan cómo era una plaza antes de que la reformaran, las que saben que en la tienda de Julia antes atendía su padre y antes de este su abuelo, las que han visto crecer a sus hijos y envejecer a sus padres en las mismas calles.

Una ciudad es también la memoria de quienes la habitan, y cuando sus habitantes son expulsados, o mejor dicho, desplazados a otros lugares, la ciudad puede conservar sus edificios y perder, sin embargo, su alma. Porque, curiosamente, los centros históricos de muchas ciudades están empezando a parecerse demasiado entre sí, hasta el punto de que a veces da igual estar aquí o allá. Se conservan las fachadas, se restauran los monumentos, se iluminan las calles, se multiplican los restaurantes, los hoteles, las tiendas de recuerdos y las grandes marcas, pero desaparece lentamente aquello que hacía que una ciudad fuera diferente de otra: sus pequeños comercios donde te fiaban sin problema, sus bares de siempre donde conocías a los camareros, las conversaciones de quienes se encuentran por la calle y hablan del tiempo, del fútbol o del gobierno, sus olores, como el de la panadería cuando hornea o el de los detergentes con los que se limpian las aceras, sus sonidos, que casi son los que marcan el ritmo cuando empieza el día, cuando los colegios tienen recreo, cuando es la hora de comer. Toda esa mezcla de elementos aparentemente insignificantes que, juntos, construían algo imposible de comprar: la personalidad de un lugar.

Hemos conseguido algo extraño: conservar el escenario y cambiar a los actores. Conservar las casas y expulsar a quienes las hicieron hogar. Conservar las calles y perder a quienes caminaron por ellas. Conservar la apariencia de la ciudad y olvidar la vida que le daba sentido.

Y quizá lo más triste sea que todo esto suele presentarse como progreso, como modernización, como revitalización, como una oportunidad de desarrollo. Antes, las ciudades no eran un producto que se consume, sino un lugar donde sus habitantes encontraban refugio, trabajo, futuro, amor, risas y donde asentaban su vida y la de los suyos. Quizá por eso ahora nos gusta el mundo rural, que conserva esa esencia de barrio, donde todo nos parece pintoresco, mientras dejamos que eso que llamamos desarrollo siga expulsándonos de nuestra historia, de nuestra ciudad y del lugar donde los nuestros crearon, con esfuerzo y tesón, sus vidas.



jueves, 28 de agosto de 2025

Cariño

     




Mañana, hoy será ayer

Estar atrapado en un amor que se ha marchitado es una de las prisiones emocionales más dolorosas. Imagina la escena: por un lado, alguien que se aferra a los restos de un cariño que ya no quema, sino que apenas humea. Es una mezcla de afecto residual, la pesada capa de la obligación impuesta por el tiempo y el miedo, y una punzante pena y al tiempo dolor, ante la idea de la ruptura. Cada gesto, cada palabra, se siente como una cuerda que, lejos de unir, solo aprieta más, recordando el peso de un vínculo que debería ser liviano. No hay pasión, sólo la inercia de la costumbre y la culpa que susurra: "No puedes irte, ¿qué será de él/ella?". La lealtad se ha transformado en una carga, y el amor, en un sacrificio silencioso.

Mientras tanto, al otro lado de este abismo emocional, se encuentra la persona que habita un mundo propio, ajeno a las corrientes que arrastran a su pareja. Vive en su burbuja, quizás también ensimismado en sus rutinas, sus ambiciones o sus placeres, sin percatarse de cómo la marea del progreso social y personal está erosionando los cimientos de lo que una vez fue su relación. Las expectativas han cambiado, la sociedad avanza, las conexiones humanas evolucionan, pero para esta persona, el tiempo parece haberse detenido en ese idílico pasado que solo existe en su memoria. No hay una confrontación directa, no hay grandes dramas, solo una lenta y silenciosa desintegración, una erosión diaria que convierte lo que fue un sólido pilar en una fina capa de polvo. La realidad se va desmoronando casi de forma imperceptible pero tenaz, sin que nadie se dé cuenta de que lo que otrora fue una torre de marfil se está cayendo a pedazos, ladrillo a ladrillo, con cada día que pasa. y que la mayoría de las veces, no queremos reconocer.

Es una tragedia de dos mitades: la de quien sufre por quedarse, y la de quien se desvanece sin saberlo, atrapados ambos en la inercia de un amor que, lamentablemente, ya no tiene futuro pero que se alimenta constantemente de unos recuerdos que el tiempo se ha ocupado de transformar en idílicos cuando, quizás, fueron tan cotidianos que la falta de ellos ahora, los haga parecer grandiosos.

Es posible que la culpa y el miedo sean ahora la unión que más fuertemente une a esas parejas que se dejan llevar por una relación de inercia y rutina a la que se unen esas otras personas tan necesarias como deseadas, sean familias o amigos, pero que con su presencia, con sus palabras, con sus sonrisas, son capaces de sustituir las miradas, los besos y las caricias de aquellos tiempos pretéritos… quizás, como dijo alguien, el amor es un fuego al que hay que alimentar todos los días, y para ello hemos de tener el suficiente combustible, ya que de no hacerlo así, morirá sin remedio…

    

sábado, 7 de junio de 2025

Todo

Me da miedo la soledad que siento cuando estoy rodeado de personas… 

El siguiente texto, no está basado en análisis científicos ni en pruebas de ningún tipo. No hay nada que se pueda demostrar de manera irrefutable, ni creo que de ninguna otra manera. Tan sólo he recogido una serie de pensamientos y reflexiones que me gustaría compartir con todos aquellos que se acerquen a leer esto. Es mi opinión personal y no hay nada más detrás de todo esto.

La hipoteśis de la vida: Una casualidad cósmica y sus implicaciones

La existencia de la vida es, sin duda, uno de los misterios más profundos y fascinantes que el universo nos presenta. Desde la compleja maquinaria biológica de una célula hasta la intrincada red ecológica que sustenta nuestro planeta, la vida siempre se ha manifestado en una miríada de formas. Sin embargo, quizás al examinarla a través de una lente más técnica, puramente científica y probabilística, surge una hipótesis que, aunque quizás poco reconfortante para algunos, se alinea de manera más coherente con mi actual comprensión actual del cosmos: la vida en la Tierra es el resultado de un simple accidente cósmico, una improbable concatenación de eventos que desafía las expectativas y que simplemente surgió por que estaba en el momento adecuado en el lugar adecuado.

La chispa accidental: Cuando la química se hizo vida

La noción de que la vida surgió en nuestro planeta por un "accidente" no minimiza su complejidad ni su maravilla. Más bien, sugiere que no hubo una intención o un plan preexistente. En los albores de nuestro planeta, hace miles de millones de años, la Tierra era un crisol de elementos químicos. Las condiciones eran extremas: erupciones volcánicas, tormentas eléctricas incesantes, radiación ultravioleta intensa y una atmósfera muy diferente a la actual. Recordemos que el el universo nace de una gran explosión donde todo es caos, energía, y un incontable flujo de elementos físicos de todo tipo que se desplazan sin orden ni control hasta que poco a poco las leyes físicas van tomando el protagonismo. No obstante, en este entorno caótico, hubo un momento donde se dieron las circunstancias adecuadas para que las moléculas orgánicas simples se formaran y, con el tiempo, se auto-organizaran en estructuras más complejas.

La investigación científica, desde los primeros experimentos de épocas pasadas, hasta los estudios más recientes sobre las fuentes hidrotermales en el fondo oceánico, sugiere que la combinación de energía (proveniente del calor geotérmico, la radiación solar o las descargas eléctricas) y los elementos básicos presentes en la Tierra primitiva (carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre) pudo haber llevado a la formación de aminoácidos, nucleótidos y otras moléculas fundamentales para la vida. El siguiente paso, la polimerización de estas moléculas en proteínas y ácidos nucleicos, y su posterior encapsulamiento en membranas rudimentarias para formar protocélulas, fue un salto gigantesco, un evento de bajísima probabilidad que, sin embargo, ocurrió.

La hipótesis del "accidente" implica que este proceso no fue inevitable. Pequeñas variaciones en las condiciones iniciales de la Tierra o en la secuencia de eventos químicos podrían haber impedido por completo la aparición de la vida. La vida es, entonces, una excepción a la regla, una anomalía afortunada en un universo que, en su mayor parte, parece ser un vasto y silencioso desierto.

La lucha constante: La energía como motor de la supervivencia

Una vez que la vida surgió, se encontró con una realidad ineludible: la energía es un recurso finito pues estamos en un planeta con recursos limitados. Para mantenerse, crecer y reproducirse, los organismos necesitan energía. Esta necesidad fundamental es la fuerza impulsora detrás de la evolución y de la intrincada red trófica que observamos. En un entorno donde la energía solar es la fuente primordial, pero no exclusiva, y tampoco está disponible para todos los organismos de la misma manera, la competencia por los recursos se vuelve feroz. La lucha por sobrevivir, está comenzando

Los organismos fotosintéticos, como las plantas y algunas bacterias, capturan directamente la energía del sol. Sin embargo, la mayoría de los seres vivos deben obtener su energía adicional robando energía de donde la pudiesen encontrar… en los escasos nutrientes que existen en un entorno hostil, o bien consumiendo a otros seres vivos. Así, la cadena alimenticia, una jerarquía de depredadores y presas, es una consecuencia directa de esta limitación energética. Desde el pasto que es comido por una vaca, hasta el león que caza a la gacela, la transferencia de energía de un organismo a otro es un ciclo incesante.

Esta dinámica de alimentación y ser alimentado no es una elección; es una necesidad impuesta por las leyes de la termodinámica. La energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, pero se degrada con cada transferencia, lo que significa que el flujo de energía a través de un ecosistema es ineficiente y que, en última instancia, siempre se disipa como calor. Esta ineficiencia es una de las razones por las que las pirámides tróficas tienen menos individuos en los niveles superiores: se necesita una gran cantidad de energía en la base para sostener a unos pocos depredadores en la cima. La vida, por lo tanto, no es solo un fenómeno de existencia, sino un constante acto de ingeniería energética, donde cada especie ha evolucionado estrategias para adquirir y utilizar la energía de la manera más eficiente posible dentro de las limitaciones de su entorno, entendiendo su necesidad de alimentarse o evitar ser alimento, y en ambos casos el mismo propósito: sobrevivir. Pero como los recursos siguen siendo limitados, la vida individual caduca pronto para dar paso a la evolución de la especie, en la mejora y perfección de su desarrollo… la vida debe morir para que sus nutrientes de esos cadáveres sirvan de alimento a las nuevas generaciones, quizás de otras especies, y ese ciclo vital es necesario pues todos los seres vivos necesitan alimentarse.

La soledad cósmica: Un universo vasto y probablemente vacío

El tamaño del universo es inconmensurable. Contiene millones de galaxias, cada una con miles de millones de estrellas. Es natural pensar que, dada esta inmensidad, la vida debe ser abundante en otros planetas. Sin embargo, la perspectiva que aquí planteo no es exactamente esa, aunque la probabilidad de que haya vida en algún otro planeta no sea cero, la probabilidad de que no la haya en la mayoría de ellos es abrumadoramente mayor.


La paradoja de Fermi ilustra esta cuestión: si la vida inteligente es común, ¿por qué no hemos detectado ninguna señal? Las condiciones para la vida tal como la conocemos son extremadamente específicas. Un planeta necesita estar en la zona habitable de su estrella (donde el agua líquida puede existir), tener una atmósfera protectora, un campo magnético que lo defienda de la radiación estelar, una masa y composición adecuadas, y una estrella estable que no sea propensa a eventos catastróficos frecuentes. Además, el surgimiento de la vida multicelular y, más tarde, de la vida inteligente, implica una serie de "filtros" evolutivos que cada vez reducen más las probabilidades.

Cada uno de estos "filtros" representa un cuello de botella con una probabilidad extremadamente baja de ser superado. Si la aparición de la vida en la Tierra fue un accidente tan improbable, ¿por qué hemos de suponer que sí es probable que se repita en otro lugar? Y si se repite, ¿qué tan probable es que esa vida evolucione hasta convertirse en vida inteligente? Y, si es inteligente, ¿qué tan probable es que esa civilización sobreviva el tiempo suficiente para desarrollar la tecnología para comunicarse o viajar interestelarmente? (que siguiendo mi hipótesis de vida limitada, se necesitaría una larga vida, quizás varios miles de años y energía para mantenerse vivos todo ese tiempo) 

La realidad podría ser que la vida, incluso la vida microbiana, sea una rareza cósmica, y que la vida compleja y especialmente la inteligente sean eventos extraordinariamente únicos, quizás hasta ahora, exclusivos de nuestro propio planeta. El universo, aunque vasto y lleno de estrellas, podría ser un lugar sorprendentemente estéril en lo que respecta a la vida, 

Los límites inmutables: Cuando la inteligencia choca con la supervivencia 

Pero incluso si existiera vida en otros planetas, no hay garantía de que sea inteligente. La evolución no siempre tiende hacia la inteligencia; solo lo hace si la inteligencia confiere una ventaja de supervivencia significativa en un entorno particular. La vida bacteriana, por ejemplo, ha prosperado durante miles de millones de años sin ninguna necesidad aparente de inteligencia.

Pero, suponiendo que la vida inteligente exista en otro lugar, esta hipótesis sostiene que debería tener los mismos límites de supervivencia que nosotros. Los principios de la termodinámica y la conservación de la energía son universales. Cualquier forma de vida, sin importar cuán avanzada sea, necesitará energía para mantenerse. Esta necesidad impone restricciones fundamentales a su existencia y expansión.

Los viajes interplanetarios o los interestelares, son empresas colosales que requerirían cantidades inimaginables de energía y recursos. La distancia entre estrellas es tan vasta que incluso viajar a una fracción significativa de la velocidad de la luz implicaría tiempos de viaje de décadas o siglos. Una civilización que desee emprender tales viajes se enfrentaría a desafíos energéticos insuperables, la necesidad de mantener sistemas de soporte vital durante períodos extremadamente prolongados, y la probabilidad de encontrarse con radiación cósmica letal. Estas limitaciones sugieren que, incluso para una civilización muy avanzada, los viajes interestelares a gran escala son realmente improbables o simplemente inviables. La energía requerida para mover una nave espacial masiva a velocidades relativistas es tan enorme que prácticamente excedería la capacidad de cualquier planeta o incluso un sistema solar para proporcionarla de manera sostenible. Es mucho más plausible que cualquier civilización avanzada, incluso si existe, esté confinada a su sistema estelar natal, lidiando con los mismos desafíos de supervivencia y la misma finitud de recursos que enfrentamos nosotros.

El trono accidental: ¿Somos la cúspide de la inteligencia cósmica? 

Esta perspectiva, aunque quizás suene arrogante, plantea una pregunta fundamental: ¿Hay algo que impida que nosotros seamos la especie más inteligente del universo? En la inmensidad del cosmos, donde la vida parece ser una rareza y la inteligencia un accidente aún más improbable, la posibilidad de que la humanidad sea, hasta ahora, el pináculo de la evolución inteligente no puede ser descartada, (aunque nos empeñemos en seguir buscando vida inteligente, quizás, en esta ocasión, los más listos seamos los humanos, aunque a veces parece todo lo contrario)

Esta idea no implica superioridad moral, sino una realidad estadística. Si la vida inteligente es tan rara, y si los "filtros" para su surgimiento son tan severos, entonces es concebible que hayamos sido los "ganadores de la lotería cósmica". Esto no significa que no pueda surgir vida inteligente en otros lugares en el futuro distante, o que no haya existido en el pasado remoto y ya haya desaparecido. Simplemente sugiere que, en el momento presente, y dada la improbabilidad inherente de estos eventos, la humanidad podría ser, de hecho, el único faro de conciencia compleja en nuestro vasto vecindario cósmico.

Esta idea también tiene implicaciones profundas para nuestra responsabilidad. Si somos únicos, al menos por ahora, entonces la preservación de la vida en la Tierra y la continuidad de nuestra especie adquieren un significado aún mayor. No hay un plan de respaldo, no hay otras civilizaciones esperando rescatarnos si fallamos. Nuestra existencia y nuestro futuro dependen enteramente de nosotros mismos.

El gran ciclo: La inevitabilidad de la aniquilación cósmica

Finalmente, si la existencia del universo se debe a una gran explosión (el Big Bang), la idea de que la vida estuviese "prevista" o predeterminada desde ese momento parece extraordinariamente improbable. El Big Bang fue un evento de inmensa energía y expansión, un proceso físico que sentó las bases para la formación de galaxias, estrellas y planetas, pero no hay evidencia de que incluyera un "diseño" inherente para la vida. La vida, como he mencionado, muy posiblemente es un subproducto accidental de las leyes de la física y la química en un entorno específico.

Y si el universo mantiene esa constante de creación y destrucción, un ciclo que observamos a todas las escalas (desde el nacimiento y muerte de las estrellas hasta la formación y disolución de galaxias), entonces toda vida, tarde o temprano, será eliminada. Las estrellas se agotan y se convierten en enanas blancas, estrellas de neutrones o agujeros negros. Las galaxias colisionan y se fusionan. El universo mismo está en constante expansión, y se prevé que eventualmente se enfriará hasta un estado de "muerte térmica" donde no podrá sostener ninguna forma de vida.

Este panorama, aunque sombrío, es una realidad fundamental de la existencia cósmica. Las civilizaciones, sin importar cuán avanzadas sean, no pueden escapar a las leyes universales. Enfrentarán, en última instancia, el agotamiento de sus recursos estelares, la amenaza de eventos cósmicos catastróficos, o el destino final del universo mismo. La vida, por lo tanto, es un fenómeno transitorio, un breve destello de complejidad y conciencia en una historia cósmica que se extiende por miles de millones de años.

Conclusión: Un llamado a la trascendencia en la contingencia 

La hipótesis de que la vida en la Tierra es un accidente, que lucha por la energía en un entorno limitado, que es probablemente única en el universo observable, que está sujeta a los mismos límites de supervivencia que cualquier otra forma de vida, y que inevitablemente enfrentará la aniquilación cósmica, ofrece una perspectiva sobria pero liberadora. Nos libera de la noción de un destino predeterminado o de una intervención divina, y nos coloca firmemente en el asiento del conductor de nuestro propio futuro.

Si somos el único faro de inteligencia en el universo, entonces nuestra responsabilidad es inmensa. Nuestra breve existencia en este "planeta azul" es extraordinariamente preciosa. Esta hipótesis nos invita a valorar la vida que tenemos, a cuidar nuestro planeta y a enfrentar los desafíos de la existencia con una mayor conciencia de nuestra propia contingencia. Nos impulsa a trascender nuestras limitaciones actuales no para escapar del universo, sino para florecer dentro de él, apreciando la improbable danza de la vida que se ha desplegado ante nuestros ojos, y sin embargo, parece que nos cuesta mantener esa posición de comunidad dirigida hacia el futuro para seguir luchando como si fuese necesario exterminarnos cuanto antes… quizás la inteligencia del ser humano aún no haya alcanzado su grado de maduración necesario para afrontar lo que ha de venir 

Somos los Robinson Crusoe en nuestra peculiar isla, con casi nulas posibilidades de que algún buque venga a rescatarnos.



miércoles, 4 de octubre de 2017

Cataluña

Vida y muerte caminan de la mano. La vida da el primer paso, la muerte el último

Hasta hace poco tiempo, no lograba imaginar como aquellos grupos terroristas, fanáticos de creencias religiosas, podían convencer a jóvenes, o no tanto, para inmolarse en nombre de un dios a quien nunca vieron y que seguramente, jamás verán.

Pero ahora, viendo como en Cataluña, una región a la quiero y en la que tengo buenos amigos, ha crecido tal odio contra aquellos que piensan distinto, creo que la manipulación es muy sencilla. Y sí, digo manipulación y no digo educación… creo que si se hubiese existido una objetividad en la educación, no se habrían creado enemigos donde hasta ayer mismo había amigos… Recuerdo que hace poco más de un año, había manifestaciones a favor de la acogida de los exiliados de guerras y miserias, donde todos gritaban al unísono que no había extranjeros, que todas las personas tienen los mismos derechos… Hace pocas semanas, España y el mundo se rompía de dolor por que en Cataluña se había cometido un terrible atentado que costó varias vidas y en el que nadie (o mejor dicho, casi nadie) hizo distinción de si las víctimas eran de aquí o de allá… todos éramos iguales en ese momento.

Y de repente, Cataluña se ha fraccionado, se ha roto, se ha separado en dos bandos opuestos y confío que no siga albergando más odios ni rencores… la lucha por la independencia es lícita pero lamentablemente la independencia sólo se consigue con dos opciones: la legalidad, dando los pasos necesarios para ser reconocidos internacionalmente, o por medio de la sublevación y creo que se está buscando este último punto.

No sé si el gobierno de Cataluña es consciente de lo que está haciendo… esa idea romántica de la libertad, de la independencia no es tan hermosa como sucede en los cuentos… Hoy, cuando estamos inmersos en la globalización, todo nos va a pasar factura. Se quiere la independencia de España, pero se pretende, al mismo tiempo, seguir sometido a las normas de Europa… contradicción a mi modo de entender, ya que Europa es la que marca los pasos más importantes de cada país, encaminados a la convivencia y la solidaridad entre los estados miembros.

España nos roba llegué a oír. Tal vez para lo que unos sea robar, para otros sea necesidad. Hace muchos años, muchas personas tuvieron que emigrar de sus ciudades de origen hacia aquellos lugares donde la prosperidad parece que brillaba con más fuerza… con trabajo, esfuerzo y muchas más ganas que fruto, consiguieron cumplir a medias parte del sueño español, que exento de un plan Marshall, se tuvieron que conformar con un 600, un piso de dos habitaciones y el poder viajar al pueblo en el verano. Esas personas, hoy catalanas de adopción, son las que con esa parte de sus impuestos que van al resto de España, contribuyen a que sus regiones de origen, que aún siguen empobrecidas y algo atrasadas, puedan contar con vías de comunicación, con colegios, universidades, hospitales, algo de industria… sin ser, evidentemente, ese motor que ruge y empuja al resto como puede ser hoy Cataluña.

No soy independentista ni mucho menos, y no creo que la acción del gobierno haya sido la adecuada, pero si ha de haber un juego, que tenga las mismas reglas para ambos… No se puede enfrentar a un equipo de baloncesto con sus reglas, con otro de futbol con las suyas…  No sé si muy bien Cataluña desea que el gobierno la intervenga a su gobierno y de esta forma, este poder evitar una debacle aún mayor siendo proclamado por el pueblo como un héroe (es difícil que esto no suceda) o si realmente creen que la independencia resolverá los males que la sociedad catalana tiene… 

El gobierno de España, los gobiernos de España, han contribuido y acaso fomentado con su inacción ante sucesos graves, que la corrupción fuese algo tan usual entre los políticos que ya dejó de ser noticias… prácticamente ningún gobierno central ni autonómico se ha visto libre de aquellos que tenían la mano demasiado larga… millones y millones de euros despilfarrados en infraestructuras inútiles cuyo único propósito claro era que alguien se llevase una buena comisión con dinero público, dinero que siempre fue de todos… y mientras unos se culpaban a otros, en el fondo todos se protegían entre sí y el pueblo, seguía (y sigue) pagando las facturas de sus desmanes y de su incapacidad manifiesta al crear infinitas comisiones que no conducen a ningún sitio y que sólo se preocupan de tapar todo lo posible…  Quizás sea esa la causa por la que el pueblo catalán, ya cansado de un 3% aplicado casi por decreto, haya visto en la independencia un escape de todo eso… quien sabe

Lo único que sé, a ciencia cierta, es que el odio hoy recorre las calles de Cataluña, que se señala a quien no piensa como tú, a quien no habla como tú, a quien no se manifiesta como tú… No me importa quién sea culpable de todo esto ya que aunque tengo mis ideas, tampoco estoy seguro de estar acertado en ellas, pero si me preocupa que aquellos que otrora fueron mis amigos, me recriminan el que no les apoye en su “lucha”, que aquellos con los que antes tomaba un café y compartíamos nuestra vida, se hayan alejado y me miren con recelo y desconfianza… me preocupa y me entristece pensar en todos aquellos catalanes que sintiéndose españoles se encuentran encerrados en una Cataluña que parece que sólo aceptará a quienes se sientan catalanes al 100%, y también me preocupa y me entristece pensar en todos aquellos catalanes que sintiéndose catalanes, hayan tenido que hacer su vida fuera de su tierra (como tantos emigrantes de antaño), y que deban sentirse hoy extranjeros en su tierra y, por qué negarlo, también sintiéndose acosados por los que antes eran sus vecinos y amigos…


No quiero dar esa educación a mis hijos… y espero que lo que hoy se está manifestando como un brote de violencia, de esa rara xenofobia, de odio a un supuesto invasor, desaparezca para que volvamos a abrazarnos y seguir gritando que todas las personas son iguales, que todas tienen derechos y que seguimos siendo un país (o dos) de acogida y de gente abierta donde aceptamos a todos. 

lunes, 4 de abril de 2016

Odiseas

A veces estudiamos tanto nuestro pasado, que nos olvidamos planificar el futuro

Creo que todos somos conscientes de la evolución tecnológica que estamos realizando durante los últimos tiempos. A poco que podamos hacer un breve análisis, veremos que existe lo que podríamos definir como progresión geométrica de descubrimientos, y cada día la ciencia y la tecnología nos sorprende con nuevos y entusiastas descubrimientos encaminados intentar hacer la vida más sencilla a las personas.

Desde la producción de cualquier elemento, por sencillo o complejo que pueda parecer, realizado por eficientes y rápidos robots, hasta entregas de paquetería por drones (en un estudio muy avanzado ya), prácticamente todo puede ser automatizado

Imaginemos, por poner un sencillo ejemplo, que deseamos comprar un artilugio tecnológico más o menos complejo… ¿qué tal un pequeño televisor???  Pues allá vamos… Hoy, se puede acceder a varias páginas web donde, sin salir de casa, accedemos a la información que necesitamos sobre los televisores que deseamos ver y comparar. Accedemos a toda la información que necesitemos y la que no nos interesa, y apenas unos minutos, podemos proceder a la compra del mismo.

Suponiendo, (para intentar avanzar un poquito en la evolución) que la entrega se realice forma automática, con un dron para ser totalmente modernos, el proceso podría ser más o menos así:

Desde nuestro terminal, seleccionamos el aparato que deseemos y procedemos a su pago mediante nuestra tarjeta de crédito. Y de una forma u otra, ahí comienza todo un proceso de mecanización dirigido por ordenadores y robots... El fabricante no almacena para ahorrar costes de producción y almacenaje, así que en el momento que lanzamos nuestro pedido, en algún lugar llega la orden de comenzar el proceso y cientos de robots comienzan a crear transistores, resistencias, diodos, chips de todo tipo, y otros elementos necesarios, tales como placas o procesadores varios. Una vez que el proceso de fabricación de todo esto se ha concluido, todo el material comienza a ensamblarse con precisión matemática y con una rapidez envidiable. De esta manera, en poco tiempo, apenas unas pocas horas, nuestro televisor, ha sido creado casi de la nada, por robots que incluso se han asegurado de que la calidad del resultado final cumpla con los estándares de calidad exigidos en su propio proceso. Una vez que el televisor ya es tal, el proceso de embalado tampoco tarda mucho en finalizar. Protectores plásticos son creados en segundos desde moldes realizados para su ajuste milimétrico y finalmente, el cartón lo aislará y protegerá de posibles agresiones exteriores. Una vez que nuestro televisor sale del centro de embalaje, convenientemente identificado, marcado, numerado y etiquetado, el sistema de reparto automático sólo tiene que leer el código al que debe enviarlo (que ya incluimos en nuestro pedido) y un rápido dron volador se encargará de dejarlo en nuestra casa a la hora acordada...

Seguramente, a muy pocos de nosotros esto les parecerá imposible, pero creo que todo este proceso no duraría más de 24 horas. Naturalmente hoy en día todavía no resulta tan sencillo pero estoy convencido de que en breve, será mucho más factible y si se me permite decirlo, incluso rápido.

En cualquier caso, podemos comprobar como la mecanización está desbancando al trabajo humano, mucho más costoso y lento... si todo este proceso hubiera tenido que ser realizado por personas, seguro que todos somos conscientes de que sería casi imposible alcanzar esos tiempos y costes

Así pues, bienvenida sea la tecnología que nos permite abaratar costes y acelerar e incrementar la producción de casi cualquier artículo de consumo... pero un momento... consumo??? y quien va a consumir todo esto??? si cambiamos a los ofinicistas por ordenadores, cambiamos a los mecánicos por robots, cambiamos a los transportistas por drones, cambiamos a los vendedores por páginas de internet... ¿quien va a trabajar??? ¿quien va a tener dinero para consumir todo esto???

Puede que en los comienzos todo sea parabienes y las empresas que desarrollen estos sistemas obtengan grandes beneficios, pero tal vez en unos años, todo ese proceso, como si de una mala película de ciencia ficción se tratase, esté simplemente abandonado, cubierto de polvo y oxidado... nadie podrá usarlo por que nadie podrá consumirlo al no existir trabajo y por lo tanto, los ingresos necesarios para adquirirlos...

En fin, esto es lo que pienso al día de hoy... tal vez mañana ya pueda dictar al ordenador una idea para que él la desarrolle por mí... o las máquinas terminarán realmente dominando la vida del hombre, primero bajo las órdenes de otros hombres, y luego bajo su propia dirección para que ni eso tengamos que hacer... Recuerdo a Kubrick y su 2001 A Space Odyssey

miércoles, 30 de marzo de 2016

Delincuentes

Aun no he visto al hombre invisible.

Hoy recordé, sin saber por qué, una escena de una película de esas que difícilmente ganarán algún premio. La trama era muy sencilla: un grupo de amigos estaban apostados en un aparcamiento y cuando veían un vehículo de alta gama, lo envestían con el suyo que, como es lógico, quedaba casi destrozado.

El truco estaba en que a pesar de lo que el auténtico perjudicado (el vehículo de alta gama) pudiese decir lo que fuese, el grupo de amigos se hacían pasar por desconocidos, pero todos eran testigos y al final, o bien el hombre pagaba una cantidad de dinero, o iban a un juicio que ya se sabía sentenciado de antemano.

Un grupo de testigos falsos conseguían que una persona inocente fuese declarada culpable y una persona culpable, no sólo fuese declarada inocente, si no que fuese considerada víctima.

En la película, finalmente encuentran a un hombre que dispuesto a no dejarse amedrentar, afronta todo aquello con honestidad y todo eso, y claro, al final se descubre todo y ganan los buenos en perjuicio de los malos.

Pero dudo mucho si en la vida real todo eso funciona así. Hoy, lamentablemente parece que hay que demostrar más la inocencia que la culpabilidad. Supongo que el ejercicio de legislar y el de aplicar las leyes, está tan lleno de lagunas que la justicia es un mero instrumento para muchas cosas, pero su imperfección no puede subsanarse sino con la intención de honradez de los ciudadanos y me temo que eso cada día está más lejos de cumplirse.

Cuando vemos que grandes estafadores, defraudadores, timadores, embaucadores, delincuentes de toda índole se blindan ante la justicia que carente de pruebas queda impotente para poder hacer su cometido. Que complicado habrá de ser enjuiciar al jefe de una banda cuando sus secuaces están dispuestos a atestiguar lo que haga falta, bien por miedo a posibles represalias, bien por ese mal entendido sentido del deber...

La justicia, corta de medios y lenta de proceso, ha de rendirse una y otra vez a las leyes que se crearon para prevenir los delitos, que a su vez se adaptan constantemente para sortear las leyes y por lo tanto, si hablásemos de una carrera, siempre gana el delincuente ya que irá siempre por delante...

Atrás quedó la honradez del hombre sencillo al que por ingenuo le volverán a timar ese grupo de holgazanes a los que hacía mención al principio... Tal vez por eso, es posible que cada día más y más gente opte por tomarse la justicia por su mano... ojo por ojo... diente por diente... y así se empiece a confundir justicia con venganza... o lo que es peor, la justicia deja de ser algo de todos para pasar a ser propiedad del poderoso...


martes, 22 de marzo de 2016

Crueldad

No es difícil comenzar, no es fácil terminar

Durante estos últimos días donde la barbarie y la tragedia está apoderándose de todos los noticiarios, no he podido evitar el recuerdo que de los niños, especialmente los míos, tengo cuando ellos son pequeños.

Esa carga de inocencia, donde taparse los ojos equivale a estar escondido, donde el tocar el dedo de su madre o su padre equivale a sentirse protegido, donde el decir una palabra diferente provoca risas y eso equivale a repetirla una y otra vez, donde todo es tan natural y sencillo que parece que no debería terminar nunca, ya que parece que el mundo de los mayores es cada día más inhumano y difícil.

Pero curiosamente es ahí, en esa etapa infantil, donde todos hemos comenzado a ser lo que somos... es esa etapa donde una simple mentira infantil, intenta poner un parapeto entre el castigo y la absolución, y donde la picaresca comienza a desarrollarse de forma rápida e imparable... es justo en esa etapa donde los adultos ya empezamos a corregir esos pequeños gestos innatos en los niños, donde el egoísmo es algo tan elemental en ellos que no logran entender por que han de esperar su turno en el columpio, por que han de compartir sus juguetes, o por que se les niega un caramelo cuando les apetece.

No recuerdo la cita exacta ni su autor, pero venía a decir que el hombre es un animal violento en origen y sólo la educación (no sólo la cultura) le va convirtiendo en tolerante y respetuoso para con los demás y para con lo demás.

No, no renuncio a esos mágicos momentos donde un niño hace esa gracia inesperada y sobre todo sincera... no renuncio a esos momentos donde su asombro ante los descubrimientos nos hacen plantearnos algunas cosas que, asumiendo que son obvias, en el fondo desconocemos... ni tan siquiera renuncio a ese descubrir del mundo infantil en el que cuesta introducirse para compartir con ellos esos momentos mágicos donde de nuevo y sin previo aviso, incluso reencontramos esa parte infantil nuestra que nunca termina de abandonarnos.

Pero todo lo anterior no nos exime de la responsabilidad de educar a nuestros hijos. La sociedad y la familia tratan (¿tratamos?) de hacerlo de la mejor manera posible, pero la sociedad y la familia no son entes inmóviles y constantes, si no que continuamente están en evolución y cambios.

Me es difícil responder a ciertas cuestiones en estos días sobre el comportamiento humano... y lamentablemente no sé cual es mi grado de responsabilidad en todo esto, pero me cuesta tanto creer que el ser humano pueda llegar a cambiar tanto... me cuesta tanto asimilar que el niño de hoy, pueda transformarse en un monstruo el día de mañana... me cuesta tanto aceptar que el dolor ajeno sólo duele cuando está reflejado en los medios de comunicación...

Tal vez nos hayamos acostumbrado a asimilar la violencia que el cine nos muestra como algo tan natural como el individuo... una violencia donde los "buenos" siempre ganan y al final todo parece que no ha sido nada... La vida real es muy distinta, excepto por la misma violencia... guerras, hambrunas, éxodos, miseria... Los que hemos tenido la fortuna de nacer en un entorno más o menos privilegiado, vemos todo eso como lejano, casi ajeno a nuestra propia existencia. No, posiblemente ya no sea cuestión de educación, si no de egoísmo y simplemente no deseamos compartir lo mucho o poco que tenemos por que, en definitiva, es nuestro y nos ha costado mucho conseguirlo...

Mientras, esos gestos infantiles e inocentes, se suceden por todo el planeta, ajenos a un futuro tan incierto como la misma vida, donde la subsistencia quedará marcada por el capricho de quienes empuñan las armas erigiéndose en líderes de algo que a la larga va a beneficiar a unos cuantos, a costa, como casi siempre, de la gran mayoría... y si no son las armas, será la política... y si no es la política, serán las empresas... y si no son las empresas, será la religión... y si no el medio ambiente, y si no... siempre habrá algo, mejor siempre habrá alguien...

No sé en que parte soy responsable de todo ello, pero sé que soy responsable de la educación que intenté transmitir a los míos... sé que creo que ellos son buenas personas... pero también sé que seguro que en algún sitio, alguien pensará que no es así... Mientras, permitid que siga disfrutando de la compañía de los niños... que en su inocencia se tapan los ojos para desaparecer y sólo necesitan el contacto de una mano amiga para sentirse seguros... tal vez no deberían cambiar nunca.