Amarte es llevar en el pecho la nostalgia de un mañana que la muerte convirtió en miedo y dolor.
No sé realmente cuando nació, pero está claro que la historia de España no es una, sino dos, ya que desde finales del siglo XIX ya existían dos Españas, ya existía una fractura en en esta nación… una fractura que no nació en 1936, sino mucho antes, en las tensiones sociales, económicas y políticas que se fueron acumulando durante el siglo XIX y principios del XX.
Mientras Europa se industrializaba y modernizaba, España avanzaba a trompicones, atrapada entre viejas estructuras de poder, profundas desigualdades y un sistema político con dificultades para estabilizarse en el que la Restauración intentó traer orden mediante el llamado turno pacífico, pero que no sirvió sino para extender una enfermedad latente.
España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial, pero vivió su propia crisis silenciosa: huelgas, dificultades económicas, tensiones territoriales, un ejército descontento y una sociedad cada vez más polarizada... llegó la Segunda República, en 1931, con esperanza, pero también con desafíos enormes: reformas profundas, resistencias intensas y una sociedad dividida entre visiones muy distintas del país, hasta que en en julio de 1936, aquella tensión acumulada estalló con el golpe militar que dio origen a la Guerra Civil.
No fue solo un conflicto político. Fue una tragedia humana. Padres contra hijos… hermanos contra hermanos… vecinos contra vecinos… amigos contra amigos… y, en muchos casos, la gente no eligió bando por ideología, sino por supervivencia, por miedo, por lealtades familiares o por la simple geografía del lugar donde vivía. En ambos bandos hubo atrocidades, injusticias y abusos. La guerra no la ganó nadie: todos perdieron algo esencial.
La posguerra fue larga y dura. El franquismo consolidó su poder mediante la represión, la censura y el control social. Hubo venganzas, ajustes de cuentas y confiscaciones. No todos los vencedores actuaron igual, pero hubo quienes aprovecharon el nuevo orden para señalar a vecinos, familiares o conocidos, quedarse con sus bienes o eliminar a quienes consideraban enemigos, con pobreza, aislamiento internacional y mucho miedo.
Pero un día llegó es que parece que nadie quiere recordar… La Transición. Fue un momento extraordinario. Partidos de derechas e izquierdas (muchos con historias de enfrentamiento directo) decidieron buscar acuerdos… ceder ideas… ceder posiciones… ceder orgullo. Lo hicieron porque entendieron que España no podía permitirse otra ruptura.
La Constitución de 1978, aprobada en referéndum el 6 de diciembre de aquel año, fue un pacto. Imperfecto, sí, pero profundamente valioso: estableció una monarquía parlamentaria, reconoció derechos y libertades fundamentales y abrió el camino al Estado de las autonomías y supuestamente a una libertad que todos habíamos deseados y muy pocos habían tenido. Durante un tiempo, la sociedad se escuchó. Se podía discutir, incluso enfadarse, pero existía un objetivo común: construir una España para todos.
Hoy, sin embargo, ese espíritu se ha erosionado.
Poco a poco, el Parlamento se ha vuelto a dividir. Con demasiada frecuencia, Gobierno y oposición parecen más interesados en enfrentarse que en entenderse. Cada problema se convierte en un arma arrojadiza, y si mañana nos amenazase un meteorito con caer sobre España, estoy seguro que se echarían la culpa unos a otros… Por cierto, me pregunto ahora si cayese ese supuesto meteorito y tuviesen que salvar sólo a 1.000 españoles, ¿a quienes escogerían? ¿a los más capacitados o a los amiguetes que siempre les han acompañado? Prefiero no pensar la respuesta, que seguramente no me guste, ya que en la actualidad la primera reacción ante cualquier problema es buscar un culpable político en lugar de una solución… algo se ha roto.
Y eso duele, porque España es mi país.
Lo más doloroso es el contraste. Fuera de los pasillos y de las cámaras, la mayoría de la sociedad vive con calma y serenidad. La gente trabaja, cuida a sus familias, ayuda a sus vecinos, sufre sus problemas y sigue adelante. En el bar, en la calle, en el trabajo o en el pueblo, casi nadie pasa el día insultando al de enfrente aunque sepan que piensan distinto… pero basta con que intervengan los políticos para que todo cambie. Entonces aparecen los gritos, los insultos, las amenazas, los reproches y las acusaciones. El problema deja de ser la sequía, la sanidad, la vivienda, la educación o la seguridad, y se convierte en una batalla por ver quién humilla antes al adversario. Ya no se discute para encontrar soluciones, se discute para destruir al contrario y no me refiero solo a un partido… me da igual si hablamos del Gobierno o de la oposición… cuando la responsabilidad se sustituye por la vanidad y el país por el poder, todos pierden.
Hay una escena de Django Unchained que resume muy bien esta mentalidad. Un personaje se indigna porque otro, siendo negro, va montado a caballo. El amo le pregunta si él quiere uno. El personaje responde que no: lo que quiere es que el otro no lo tenga.
Esa frase, tan simple y tan brutal, refleja algo que también existe en España… no siempre nos esforzamos por que queremos mejorar, a veces parece que solo queremos que el otro no tenga nada, aunque eso implique que nosotros también lo perdamos. No es solo envidia… es envidia destructiva… es venganza simbólica… es odio político convertido en herramienta. Como en un cubo de Rubik, cada movimiento de un bando no busca ordenar el cubo, sino desordenar la cara del contrario… imposible de cuadrar… cuando una cara parece encajar, giras el cubo y descubres que la otra está completamente descolocada.
Prometen lo que saben que no cumplirán por que esos cantos de sirena satisfacen a sus fieles seguidores, y curiosamente, la mayoría de las veces no es por que puedand, sino porque no saben cómo hacerlo. Se olvidan de la gente, de los problemas reales y de la obligación moral de servir al país antes que a sí mismos.
Y así avanzamos hacia una especie de “dictadura democrática”: ¿se vota? sí… ¿existen instituciones? sí… pero se imponen ideas sin escuchar… se utiliza el poder para castigar al adversario y cada giro político deshace lo anterior.
No es esa la España que soñé y por la que luché.
No es esa la España que deseo para mis hijos y mis nietos.
No es esa la España de la que pueda sentirme orgulloso.
Incluso, no es esa la España donde pueda expresarme con total libertad. A veces parece que ha vuelto la dictadura… hay que tener cuidado con lo que se dice y con el lugar donde se dice, porque siempre puede aparecer algún exaltado que siga creyendo que “los del otro lado” son enemigos. Personas que no conocen al otro, que no han hablado con él, que no saben nada de su vida, pero que ya lo han convertido en diferente, en sospechoso, en adversario.
Eso no es libertad. Eso es miedo con otro nombre.
Esa es la España que me preocupa.
Esa es la España que me duele.




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