miércoles, 2 de septiembre de 2026

Publicidad

 



Quien espera que otro abra su puerta, ya ha elegido su prisión.

La publicidad nos vende cualquier cosa (y regala fama a cualquiera)... no importa si el producto es bueno, si el cuadro merece estar en el Louvre o si la canción tiene algo que decir... lo único que importa es que alguien, en algún despacho, decida que le ha llegado el turno de brillar, y nosotros, dóciles, aplaudimos... porque si algo hemos demostrado como especie es que somos bastante fáciles de convencer (un poco borregos, para qué engañarnos)... nos ponen un cartel bonito delante y vamos todos en fila hacia donde nos señalan… rebajaws, ofertas, liquidación… no, no nos podemos resistir.

La Gioconda era un cuadro más hasta que la robaron en 1911... antes de eso, ni siquiera era la pieza más admirada del Louvre (había otras consideradas superiores). El robo la puso en todos los periódicos del mundo, y esa publicidad (involuntaria, pero publicidad al fin y al cabo) hizo el resto... hoy millones de turistas hacen largas colas para fotografiar, durante tres segundos y desde quince metros de distancia, un cuadro pequeño y oscuro que la mayoría no sabría explicar por qué es una obra maestra (porque en realidad no lo saben... simplemente les han dicho que lo es, y con eso basta).

Una canción pasa desapercibida hasta que alguien decide que ha de sonar en todas las radios, en todos los anuncios y en todos los vídeos de quince segundos... entonces, por pura repetición, empieza a gustarnos… realmente la confundimos con el gusto propio, cuando lo que ocurre es puro desgaste... como una piedra en el zapato que deja de molestar de tanto llevarla). Un libro es escrito, casi en silencio, y la publicidad lo convierte en best seller, y de ahí, a la película, a la serie, a la taza y a la camiseta... hay obras maestras absolutas que jamás vendieron nada, y mediocridades notables que llenaron estanterías... la diferencia casi nunca fue el talento, sino quién apretó el botón de difundirlo.

Y si hace falta una prueba de lo dóciles que somos, ahí está el tabaco... durante décadas, fumar era sinónimo de ser un hombre (el vaquero de Marlboro, el galán de cine con el cigarro colgando, el tipo duro que no necesitaba explicar nada). Generaciones enteras encendieron su primer cigarro no por gusto, sino por encajar en ese cartel. Hoy, con la misma facilidad con la que tragamos aquello, tragamos lo contrario: fumar es de sucios, de faltos de voluntad, de gente que no se cuida... el producto es el mismo, el cuerpo que se enferma es el mismo, lo único que ha cambiado es el guion que nos han entregado… y ahí seguimos, cambiando de opinión al ritmo que nos marcan, convencidos cada vez de que esta vez sí pensamos por nosotros mismos.

Hoy el cartel se ha puesto verde... basta con escribir "eco", "bio" o "sostenible" en una etiqueta para que el producto suba de precio y de prestigio... nos venden la palabra, no la cualidad... el tomate "ecológico" apenas se diferencia del de siempre salvo en el envoltorio y en el ticket de caja, pero compramos la etiqueta con la misma fe con la que antes comprábamos el cigarro que nos hacía hombres... porque la palabra tranquiliza la conciencia mucho más rápido de lo que cualquier análisis nutricional podría hacerlo.

Y no acaba ahí... Un político mediocre gana elecciones porque ha pagado mejores anuncios que el rival. Un producto inútil se agota porque un influencer lo enseñó treinta segundos. Un restaurante malo tiene lista de espera porque salió en Instagram. Directa o indirectamente, la publicidad condiciona nuestra vida entera... nos dice qué comprar, a quién votar, qué ver, qué escuchar, qué leer, qué fumar o dejar de fumar... y, sospecho, también qué esperar de a quién amamos.

¿También en el amor?...

Aquí, más que publicidad, lo que nos venden es expectativa (que quizás sea la publicidad más eficaz de todas, porque no anuncia un producto, sino un deseo). Llevamos décadas dejando que el cine, las series, las canciones y ahora las redes sociales nos muestren el amor como algo maravilloso, sin fisuras, filmado siempre en el mejor momento del día... Y nosotros, borregos también en esto, nos lo creemos. Pero la vida real no tiene guion ni banda sonora: tiene hipotecas, niños que no duermen, cuñados en las comidas familiares y horarios de trabajo que no encajan ni con el mejor de los amores.

Y ahí está, creo, la trampa de fondo: la expectativa no es solo que el amor sea perfecto, es que la pareja nos complemente a nosotros (eso lo deseamos todos, sin excepción)... pero pocas veces estamos igual de dispuestos a complementar a la pareja, a ceder “lo nuestro”. Queremos que nos entiendan sin explicarnos, que nos sostengan sin pedirnos sostener, que rellenen nuestros huecos sin que se note el esfuerzo que a nosotros nos cuesta rellenar los suyos. Y cuando esa cuenta no cuadra, que casi nunca cuadra, comienzan las decepciones… llegan los conflictos, y en vez de pensar "esto es lo normal, hay que trabajarlo", pensamos "esto no es lo que me prometieron"... con el tiempo, eso nos lleva al cansancio y al abandono.

Y los números, la verdad, no desmienten esta teoría... En España, en 2024, se celebraron más de 175.000 matrimonios y se registraron más de 86.000 rupturas , o dicho de otro modo, por cada dos bodas hubo prácticamente una ruptura ese mismo año... justo el momento en que la rutina, la crianza y los deseos personales sin cumplir chocan con más fuerzay nace la famosa "crisis de los 40", que quizás no sea más que el instante exacto en que la expectativa y la realidad, por fin, se miran a la cara.

Antiguamente la mayoría de la gente se casaba por interés o por costumbre, buscando sobre todo que el otro fuese buena persona (una aventura tan incierta como la de ahora), sin peliculas, ni canciones de amor en cada esquina, sin ninguna instrucción o referencia de lo debería ser el amor... no había publicidad de cómo han de ser las parejas, ni el ideal de llegar a casa y disfrutar de la vida ese instante, cuando el cansancio del trabajo les derrotaba irrenediablemente.Quizas aquello no buscaba el romanticismo si no tan solo sobrevivir en pareja, acompañarse y hacerse uno, aunque la mayoría de las veces, uno mandaba y el otro obedecía… pero ahora, buscamos aquello que pensamos que es (y quizás lo sea) y comparamos como si estuviesemos mirando un escaparate, y ante el menor reproche nos escudamos en nuestra llamada libertad de elección.




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