sábado, 12 de septiembre de 2026

Colecciones

A veces el triunfo y el fracaso comparten la misma senda, y solo al final sabes en cuál de los dos estabas

Quizá el ser humano venga al mundo con una cierta inclinación al acaparamiento. No sé si será un defecto del alma, una enfermedad hereditaria o simplemente una manera bastante decorosa de llamar a nuestro miedo a perder las cosas… de niños nos bastaban las conchas recogidas en la playa… las piedras “curiosas”... las hojas de formas imposibles… y tambiérn esos pequeños tesoros que guardamos en viejas cajas de zapatos y que probablemente jamás volveremos a abrir. Son colecciones tan insignificantes que nadie se molesta en llamarlas así, aunque ya lo sean. Sin saberlo, vamos aprendiendo el antiguo y peligroso arte de guardar… después llega el colegio, y con él los cromos. Entonces el asunto adquiere una gravedad casi religiosa… se intercambian los repetidos con una febrilidad propia de la bolsa de valores, se persiguen los que faltan y se contempla el álbum como quien contempla una obra inacabada cuya conclusión habrá de traernos, por fin, la gloria. Hay que completarlo antes que los demás, naturalmente. Como si en ello nos fuera la vida o, cuando menos, el recreo. Y después crecemos, y con la edad, nuestras colecciones se vuelven más sofisticadas (o más caras, que no siempre es lo mismo)... sellos, monedas, postales, vitolas de puros, soldaditos de plomo, coches en miniatura, botijos, cencerros… hay quien colecciona casi cualquier cosa, quizá porque la posesión tiene esa curiosa facultad de convertir lo inútil en imprescindible. Coleccionamos por el placer de tener, por la satisfacción de haber conseguido aquello que buscábamos y, sobre todo, por esa pequeña vanidad de poder mostrarlo a quien quiera, o quizás no quiera contemplarlo, porque si algo hemos aprendido de nuestra especie es que poseer resulta mucho más gratificante cuando hay testigos.

Pero existen colecciones reservadas a bolsillos más afortunados… relojes que cuestan lo que una casa y que, sin embargo, siguen teniendo la desagradable costumbre de marcar exactamente la misma hora que el reloj más sencillo del mercado… botellas de vino que jamás serán descorchadas, condenadas a envejecer solas... cuadros de pintores con apellidos ilustres… motos y automóviles de época que necesitan no solo una fortuna, sino un garaje del tamaño de una nave industrial para que puedan sentirse dignos de su dueño.

El lujo también tiene sus coleccionistas… hombres y mujeres que buscan lo mejor, lo más exclusivo, lo más raro y, a ser posible, lo más caro, y no siempre por amor a la belleza, naturalmente. A veces basta con que el vecino lo sepa, que el cuñado lo sospeche y que el consejo de administración tome buena nota de cuánto ha prosperado uno, aunque, de vez en cuando, ese apetito de posesión abandona los salones elegantes y se adentra en territorios bastante menos respetables.

Durante este año, en Francia y también en España (y supongo que en mas paises), hemos asistido a robos de obras de arte perfectamente identificables. Piezas que cualquiera reconocería con solo mirarlas y que, precisamente por ello, han de permanecer condenadas a la oscuridad de un sótano, una cámara secreta o cualquier otro escondrijo donde la belleza pueda ser contemplada únicamente por su ilegítimo propietario… es una forma particularmente absurda de coleccionar. Robar una obra de arte es robarle al mundo la posibilidad de contemplarla. Es arrancar una página de la Historia para guardarla bajo llave. Y todo por el placer, tan humano como insano, de poder decir “Esto es mío”... un “mi tesoooroo” a lo Gollum, sí, pero con marco dorado, alarma electrónica y estricto control para que ese “tesoooroo” siga siendo mío.

Sin embargo, sospecho que ese extraño coleccionismo clandestino no es patrimonio exclusivo de ricos, poderosos y gentes con sótanos inexpugnables. Creo que la mayoría de nosotros guardamos, mucho más cerca de lo que quisiéramos admitir, nuestra propia colección secreta. Una colección de fracasos, de frustraciones, de decepticons, de tristezas… pequeñas piezas de un museo particular que nadie visita y cuya existencia procuramos negar incluso a nosotros mismos… recuerdos que un día se nos clavaron en el alma como un puñal oxidado, de esos que no solo hieren, sino que además tienen la mala educación de infectar la memoria… y entonces intentamos apartarlos… los colocamos en el último estante de la memoria, detrás de otras cosas, allí donde suponemos que el polvo acabará por cubrirlos… no nos decimos que ya pasó, que no tiene importancia, que el tiempo lo cura todo... cualquiera de esas frases que la humanidad lleva siglos repitiendo porque, si no fuera por ellas, probablemente no sabríamos qué decirnos cuando llega la noche… pero la memoria la mayoría de las veces, es poco obediente y de una fidelidad bastante dudosa… tiene la costumbre de acercarnos esos recuerdos precisamente cuando creíamos que ya los habíamos enterrado… y sin pedir permiso, sin saber por qué, un día nuestra memoria vuelve a pasar por aquel pasillo oscuro… y una imagen se desprende de su estante... una voz.. un nombre… una canción… una fecha… una mirada que creíamos olvidada, y entonces nos topamos de cara que aquel recuerdo, y con él volvemos a sentir ese dolor… y vuelve la frustración de aquello que no pudimos conseguir porque mil razones se interpusieron en nuestro camino, pero, sobre todo, vuelve esa otra herida mucho más difícil de perdonar… aquello que pudimos hacer y no hicimos… aquella oportunidad que dejamos pasar… la palabra que callamos… el abrazo que no dimos… ese amor que dejamos marchar creyendo, con esa soberbia tan propia de la juventud, que habría otra ocasión.

Y desde entonces pasamos de vez en cuando por aquel corredor, fingiendo indiferencia, aunque sabemos perfectamente dónde están todas y cada una de esas piezas que a pesar de ser indeseadas, nos es imposible desprendernos de ellas… algunas ya son apenas un roce lejano... otras han quedado tan profundamente enterradas que quizá jamás vuelvan a salir, pero las que regresan no han perdido su filo. Nos rompen el corazón con una precisión quirurgica admirable, como si hubieran estado practicando durante años… y, por supuesto, escondemos esas lágrimas, porque también hemos aprendido a coleccionar apariencias.

Afortunadamente, no todo cuanto guardamos en los sótanos de la memoria pertenece al reino de la tristeza. Allí están también nuestros trofeos, aquellos que sí nos gusta sacar a relucir cuando se presenta la ocasión… el viaje del verano pasado que salió mucho mejor de lo esperado… aquel campeonato de mus que ganamos por tercer año consecutivo y que mencionamos con fingida modestia, como quien dice de pasada que ha recibido un pequeño premio Nobel… la graduación cum laude de un hijo, cuyo mérito celebramos con legítimo orgullo y del que, discretamente, nos atribuimos una minúscula parte… aquel embarazo anunciado entre fotografías, felicitaciones y una colección interminable de imágenes del futuro recién llegado, mientras nos asomamos a un mundo desconocido con las mejores intenciones y ninguna idea de lo que se nos viene encima… esas son nuestras medallas, nuestros triunfos y nos gusta presumir de ellos, son nuestros pequeños monumentos privados… esos recuerdos que visitamos con una sonrisa y una satisfacción difícil de disimular… “yo pude”, “yo pude y lo hice”, “yo lo hice”, porque, además de cosas, también coleccionamos pruebas de que fuimos capaces.

Pero existe una colección distinta, una colección diminuta, casi invisible, que para mí tiene más valor que todas las vitrinas del mundo. Una colección que, paradójicamente, escondemos como si se tratara de la obra de arte más valiosa y más buscada de la Historia, y quizá lo sea. Es la colección de aquel amor que no debió ser… aquel amor “prohibido” del que nunca quisimos salir, pero del que la vida terminó expulsándonos sin contemplaciones. Porque la vida, cuando se empeña en poner orden en nuestros asuntos, se comporta como una aduanera implacable… no se molesta en preguntar cuánto hemos amado, ni cuánto nos ha costado despedirnos… simplemente sella el pasaporte y nos manda seguir… y allí quedan las palabras… las promesas… las miradas… los besos… las caricias… las horas en que el mundo parecía haberse detenido solo para concedernos el privilegio de existir dentro de otro mundo mucho más hermoso. Ese amor que, después, alguien tuvo la bondad de calificar de inadecuado, pecaminoso, inmoral, cobarde o falto de ética. Qué facilidad tenemos los seres humanos para poner nombres a los sentimientos ajenos. Para juzgar amores que nunca vivimos y dictar sentencia sobre besos que jamás fueron nuestros. Para eso, al parecer, todos llevamos dentro un pequeño catedrático… pero los adjetivos pasan… la vida continúa… y el recuerdo permanece, allí inamovible, en el pasillo principal de la memoria, en un pequeño altar que nadie más puede ver y cuya lámpara, contra todo pronóstico, jamás termina de apagarse. Y algunas veces pasamos frente a él… nos detenemos… lo miramos… y sonreímos, porque durante unos segundos, robados al presente, volvemos a ser quienes fuimos. No quienes deberíamos haber sido, no quienes los demás esperaban que fuéramos, si no quienes fuimos realmente, por que a pesar de todo, eso fuimos nosotros.




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