Mañana, hoy será ayer
Estar atrapado en un amor que se ha marchitado es una de las prisiones emocionales más dolorosas. Imagina la escena: por un lado, alguien que se aferra a los restos de un cariño que ya no quema, sino que apenas humea. Es una mezcla de afecto residual, la pesada capa de la obligación impuesta por el tiempo y el miedo, y una punzante pena y al tiempo dolor, ante la idea de la ruptura. Cada gesto, cada palabra, se siente como una cuerda que, lejos de unir, solo aprieta más, recordando el peso de un vínculo que debería ser liviano. No hay pasión, sólo la inercia de la costumbre y la culpa que susurra: "No puedes irte, ¿qué será de él/ella?". La lealtad se ha transformado en una carga, y el amor, en un sacrificio silencioso.
Mientras tanto, al otro lado de este abismo emocional, se encuentra la persona que habita un mundo propio, ajeno a las corrientes que arrastran a su pareja. Vive en su burbuja, quizás también ensimismado en sus rutinas, sus ambiciones o sus placeres, sin percatarse de cómo la marea del progreso social y personal está erosionando los cimientos de lo que una vez fue su relación. Las expectativas han cambiado, la sociedad avanza, las conexiones humanas evolucionan, pero para esta persona, el tiempo parece haberse detenido en ese idílico pasado que solo existe en su memoria. No hay una confrontación directa, no hay grandes dramas, solo una lenta y silenciosa desintegración, una erosión diaria que convierte lo que fue un sólido pilar en una fina capa de polvo. La realidad se va desmoronando casi de forma imperceptible pero tenaz, sin que nadie se dé cuenta de que lo que otrora fue una torre de marfil se está cayendo a pedazos, ladrillo a ladrillo, con cada día que pasa. y que la mayoría de las veces, no queremos reconocer.
Es una tragedia de dos mitades: la de quien sufre por quedarse, y la de quien se desvanece sin saberlo, atrapados ambos en la inercia de un amor que, lamentablemente, ya no tiene futuro pero que se alimenta constantemente de unos recuerdos que el tiempo se ha ocupado de transformar en idílicos cuando, quizás, fueron tan cotidianos que la falta de ellos ahora, los haga parecer grandiosos.
Es posible que la culpa y el miedo sean ahora la unión que más fuertemente une a esas parejas que se dejan llevar por una relación de inercia y rutina a la que se unen esas otras personas tan necesarias como deseadas, sean familias o amigos, pero que con su presencia, con sus palabras, con sus sonrisas, son capaces de sustituir las miradas, los besos y las caricias de aquellos tiempos pretéritos… quizás, como dijo alguien, el amor es un fuego al que hay que alimentar todos los días, y para ello hemos de tener el suficiente combustible, ya que de no hacerlo así, morirá sin remedio…
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