La riqueza no consiste en poseer mucho, si no en disfrutar lo que se posee
El aroma del limonero aún desparrama su fragancia entre los rayos de sol que, a última hora de la tarde, juegan a colarse entre sus hojas frescas, y se proyectan como puntos de luz en el suelo de un suave jardín donde una pareja, en esa sombra entrevelada, descansa, habla y sueña con amapolas blancas y su inimitable aroma…
No solemos conseguir todo lo que queremos, pero sí queremos todo lo que conseguimos.
Llegaba con el tiempo justo a la estación de trenes… El viaje en tren, por muy modernos que estos fueran, siempre son especiales, pues siempre me traen a la memoria aquellos viajes de antaño, en la misma estación, donde la gente llegaba con maletas de cartón atadas con cuerdas y repletas más de ilusión y sueños que de de cualquier otra cosa… o cuando regresaban, con la misma maleta, prácticamente vacía y con algo de decepción y dolor… un punto de inflexión en la historia de tantas y tantas personas…
El viaje en tren, nunca ha dejado de ser mágico… horarios rígidos en la partida y no tanto en la llegada… paisajes que se mueven tras las ventanillas… horas de incomodidad en un asiento rígido… compañeros silenciosos e indiferentes… No, antes los compañeros no eran así… conversaban, compartían lo mucho o lo poco que guardaban en el equipaje… prácticamente todo… pero lo demás, casi no ha variado.
Compré el billete y recorrí los andenes buscando mi tren… la hora se acercaba y el tren, saldría, como siempre, puntual… busqué el andén… el tiempo de la partida estaba rozando ya el segundero… corrí…
El tren estaba montado y los motores provocaban un cierto temblar en toda la estructura del largo convoy… desde fuera, se podía ver a los pasajeros que se asomaban a las ventanillas como en un último intento de recordar dónde estaban… cómo si la despedida no fuese con las personas si no de mucho más….
Por fin encontré mi vagón… entré un tanto precipitadamente empujado por la prisa y comencé a mirar, al igual que el resto, por las ventanillas… todo lo que me era conocido, quedaría atrás…
Me senté en mi asiento y cerré los ojos para descansar… alguien me preguntó: “¿Dónde se dirige???”. No pude por menos que sonreír… “al mismo sitio que usted… a vivir”
Se habían amado con la intensidad de la juventud y con la calma de la experiencia… llevaban mucho tiempo juntos y cada vez era un auténtico descubrimiento
Sus cuerpos, cansados, sudorosos y satisfechos, yacían desnudos sobre las sábanas arrugadas que intentaban mantener el pudor de cubrir el colchón. Él se fijó una vez más en el tatuaje de ella que conocía en profundidad. Arrancaba desde su pecho izquierdo, rodeando con una suave línea el pezón que aún seguía erecto y orgulloso, aunque fuese pequeño. Subía ligeramente y bajaba entre los senos descubriendo serpenteantes giros por su estómago hasta desparecer por sus ingles, aunque sabía perfectamente que continuaba por la nalga derecha y dando extraños giros iba a terminar en una compleja espiral en el centro de su espalda.
El tatuaje era un conjunto de variopintas marcas, líneas, figuras que difícilmente podrían catalogarse de geométricas pese a la sincronía que manifestaban, otras que se asimilaban a ornamentos florales, elementos clásicos, tal vez basados en arte griego, y todo ello rematado con diminutas cabezas de animales fantásticos…
Hace tiempo le preguntó qué era todo aquel loco amasijo de figuras aparentemente colocadas sin sentido y que habían ido cogiendo forma en su piel… “mi vida” contestó ella… No insistió, pero le fascinaba pasar sus dedos por los contornos de aquel tatuaje. A él le excitaba recorrer una y otra vez la piel marcada con aquellos dibujos, símbolos y líneas que no comprendía… no era la sensación de acariciar su cuerpo, si no de acariciar “su vida” lo que le producía aquel extraño estado de euforia y excitación… a ella le gustaba sentir los dedos acariciar su piel, como si remarcara más aún esos dibujos… el placer que sentía cuando los dedos acariciaban de forma casi etérea su piel, o cuando apretaban como si quisiese que la tinta entrase más dentro aún… le satisfacía que él recorriera, sin preguntar, “su vida”
“Mañana iré al tatuador” “Entonces… ¿hemos terminado???” “Sí. Mi vida debe seguir, no quiero que se detenga”
En la base de la más alta montaña, siempre encontraremos un pequeño grano de arena.
La noche caía lentamente y el cielo nacarado se dejaba conquistar por la oscuridad. Ella llegó a casa cansada y con un fuerte dolor de cabeza. El día había sido duro y largo y el trabajo le había dejado un cansancio intenso, como pasaba casi a diario durante las últimas semanas. En su mente, sólo quedaban los restos de los últimos problemas que, a su pesar, aún se tenía que llevar a casa por que las horas del día se hacían cortas, y en sus sueños, llegar pronto, quitarse los zapatos, darse un tibio baño y dormir el máximo de horas que fuese posible.
Él la esperaba dentro… ya había acostado al niño y había preparado la cena, e incluso había adornado la mesa con flores y velas para que aquella velada fuese especial. Sabía del esfuerzo de ella en el trabajo y a pesar de que muchas veces era incapaz de entenderla, sabía que ella era sí… decidida, tenaz, impetuosa, responsable, dulce… y hermosa, muy hermosa…
Bajó la intensidad de la luz y puso algo de suave música de orquesta que anulase el lejano zumbido de la ciudad.
Ella, sorprendida por la presentación, le preguntó qué es lo que ocurría, si estaban celebrando algo especial y el, dándole un suave beso en los labios, le susurró al oído: “sí… que te quiero mucho”. Ambos se fundieron en un abrazo…
El héroe no lo es por que vence a los dragones, si no a su propio miedo.
Fue hace ya tiempo, en la época en que las sirenas aún visitaban las playas y los dragones no habían sucumbido a los caballeros.
El albatros se sentía seguro en las rocas del acantilado donde difícilmente llegarían sus depredadores. Desde allí le gustaba contemplar los atardeceres donde, ya con el apetito saciado y presto a descansar, se sentía feliz.
Una noche de luna llena, advirtió en una playa cercana algo que le llamó la atención y no pudiendo resistir la tentación, voló en la oscuridad hasta la playa, y allí descubrió, para su sorpresa, a una sirena llorando.
Intrigado, sorprendido y enternecido por sus lágrimas, le preguntó por qué lloraba, y ella le contestó que por que su condición de sirena, no se sentía libre, pues por mucho que lo intentase, no podía ver la todas las maravillas que había en la tierra… El albatros, incapaz de verla llorar, comenzó a describirle cada uno de los parajes que había ido sobrevolando todos los días, y mientras, la sirena le contaba cómo eran los rincones más bellos del fondo del mar y esas otras playas que ella conocía y que estaban llenas de tesoros que esos extraños humanos eran incapaces de valorar.
Cada noche, durante años, el albatros y la sirena se encontraban en la playa y se contaban lo que habían visto… y luego contaban las estrellas, o los granos de arena de la playa o las gotas de agua que hay en el mar… día tras día, hasta el amanecer que la sirena volvía a las profundidades y ambos se complementaban de tal forma que parecía que, pese a lo que hoy podemos pensar que es inimaginable, era como si ambos fuesen sólo uno que lo tenía todo de los dos.
Un día, el albatros acudió a la playa pero esta estaba desierta. Esperó y esperó hasta el amanecer, pero la sirena no acudió. Noche tras noche, el albatros volvía a la playa sin saber por que la sirena no llegaba… le preguntó a las estrellas, a los granos de arena de la playa, a las gotas de agua del mar, a los pececillos que dejaron de temerle, a las orgullosas gaviotas… hasta que una noche, la espuma de las olas le comentaron que la habían visto en otra playa, pero en la oscuridad, no sabían en cual.
Desde entonces, el albatros surca las orillas de los mares desde lo alto, mirando cada uno de los rincones de las playas esperando, sin conseguirlo, encontrar a la sirena… a su sirena.