
Aún tengo fresco en mi memoria el momento del despertar cuando era niño. Un intenso caudal de aromas desbordaba la casa mientras el fuego en el hogar, alma de la cocina y esta, corazón de la casa, crepitaba entre brasas incandescentes de la leña resecada al sol.
El olor del pan crujiente, se mezclaba con el aroma del café que inundaba todas las estancias... la fragancia de los dulces bollos, aliviaba el borboteo constante de los pucheros y las ollas que cuchicheaban entre hervores, el menú del día que, dicho sea de paso, no llegaba a sorprender a casi nadie.
Chorizos y patatas envueltos en papel se amontonaban bajo las cenizas mientras que por encima de estas, las brasas permitían asar unas castañas o terminar de cocer flanes en calmado condimento y todo esa mezcla de sensaciones llenaban la casa de algo mágico que duraría todo el día...
Lo que hemos perdido con el jodio microondas...


