Todos hemos oído hablar del 23-F. Ese día, del año 1992, Johnny y nosotros nos encontramos, y desde entonces hemos estado juntos.
Paseábamos por el Rastro madrileño, con la excusa de comprar algo para unos pájaros que por aquél entonces teníamos. Quien se haya criado junto a niños, sabrán que siempre quieren tener algún bicho cerca. Buscando entre la calle ascendente, cuyo nombre no recuerdo, y que se puede encontrar todo lo relacionado con los animales, lo encontramos.
De entre la multitud, surgió un hombre y como si de la escena de una mala película se tratase, se abrió la gabardina. Dentro de esta, en no sé cuantos bolsillos interiores, aparecieron otras tantas cabecillas de cachorros temblorosos. La reacción de mis hijos fue la deseada por aquel individuo y como si fuese un coro, surgió una cancioncilla… “queremos un perro… queremos un perro…”. Mi negativa fue más que evidente y me dirigí, tomándolos de la mano, fuera de aquel peligroso enclave, pero cuando sucedía, el astuto vendedor, ya había colocado a uno de aquellos animales en las manos de mi hija…
Fue en ese momento, cuando todo se tornó irracional, de locura, absurdo… y la vida de todos nosotros cambió. Una pareja de policía apareció entre la multitud y debido a que la venta de animales estaba sometida a control, sin saber muy bien cómo, el vendedor se fundió otra vez entre la multitud. Con ello, nos quedamos con un cachorro negro en las manos, mis hijos con una cara de felicidad inmensa y nosotros, su madre y yo, con una cara de no saber qué hacer, que para sí querría el mismísimo Mr. Bean.
Al final, sin otra opción aparente, volvimos a casa con aquel animal, a quien llevé dentro del bolsillo de mi abrigo, tal era su tamaño… Un cachorro de apenas unos días… un “chucho vulgaris”, sin pedigrí, sin raza conocida, sin nada especial… salvo un corazón que sólo ha sabido querernos a todos…
Desde entonces, hemos crecido juntos, y él siempre ha estado a nuestro lado en los momentos de risas y en los de las lágrimas… sus ojos brillantes y grandes eran siempre el recibimiento que nos encontrábamos cada vez que sorteábamos el umbral de la casa, y su constante compañía quien evitó muchas horas de soledad…
Él, siempre ha sido uno más de la familia, con su sitio de dormir, de estar, de comer, con sus triquiñuelas para hacerse acariciar y mimar… él ha sido desde entonces, uno de nosotros…
El paso del tiempo, lo dejó sordo y casi ciego, pero nada pudo arrebatarle el cariño que todos los días nos daba, no sólo a nosotros, si no a todo aquél que le conocía. Ahora que un tumor le inundó la cabeza, hemos tenido que ser nosotros quienes parásemos su corazón, por que él, nunca lo habría hecho para no dejar de querernos…